El silencio de la casa azul 43 Another girl
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Another girl

Nuria se sentía desbordada por todo lo ocurrido.

Necesitaba espacio para respirar y diluir la angustia acumulada.

Agarró la Leica y salió a la calle. El verano se agostaba, aunque Llanes seguía repleto de turistas.

Gente elegante ataviada con sombreros de paja y gafas de sol a lo Jackie Kennedy, que paseaba a niños expertos en comer helados de cucurucho sin mancharse los pantalones cortos.

Familias perfectas, siquiera en apariencia, pero aquellas fachadas modélicas fueron suficiente para incomodarla.

A veces, la felicidad de otros resultaba demasiado apabullante para poder soportarla.

Bajo el sol benévolo de finales del estío, Nuria reparó en que apenas había recorrido la villa desde su llegada.

Le quedaba mucho por conocer del lugar donde había nacido su abuelo y, sin duda, Llanes merecía el esfuerzo.

En realidad, ni siquiera conocía la casa donde sus bisabuelos formaron un hogar.

Esteban le había explicado que seguía en pie, presidiendo uno de los flancos de la playa del Sablón.

Frente a ella, una linde de roca y mar; esta última, inabarcable.

No le resultó difícil localizarla, pues respondía fielmente a la descripción del jardinero.

Se trataba de una vivienda más modesta que la Casa Azul, pero podía entender que Malena se hubiera sentido a gusto allí, y más, después de lo sucedido en el palacete.

Apoyó la Leica en un muro de piedra devorado por las hierbas salvajes; esas plantas que lograban sobrevivir donde ni siquiera había tierra, solo viento y sal.

Retrató la casa con el mar desenfocado al fondo.

Los colores —el azul del océano, el verde de la vegetación y el carbunclo de las paredes— brillaban con toda su intensidad, en exclusiva para ella.

Los guardó en la cámara para que no se perdieran en su memoria.

Encontró parte del sosiego que buscaba y reunió el valor necesario para visitar el viejo hogar de su bisabuela.

Rodeaba el jardín posterior cuando oyó que un perro ladraba desde el otro lado del murete de piedra.

Se asomó con cuidado y, justo enfrente, vio a un anciano que fumaba en pipa recostado sobre una hamaca de lona.

Ella se paró de pronto, como pillada en falta.

El hombre la saludó con la mano, se levantó de la hamaca sin ningún esfuerzo y se le acercó con un caminar pausado. Nuria trató de explicar quién era.

—¡Madre mía! ¿Eres la bisnieta de la mulata? —preguntó entre admirado y complacido—. Disculpa la confianza; lo digo desde el cariño. Tu bisabuela hizo mucho por Llanes, igual que su tutor…

—¿Se refiere a Mario Melgar?

—Sí, aunque a él no llegué a conocerlo. Creo que murió antes de que yo naciera.

—Ni siquiera sabía que mi bisabuela era mulata… —confesó en un arranque de sinceridad.

El anciano levantó las cejas extrañado. Luego se encogió de hombros, como si le restase importancia: a aquellas alturas de la vida podía entenderlo casi todo.

—Nunca tuve la impresión de que fuese motivo de vergüenza para los Melgar.

Puede que Mateo, tu abuelo, sufriese más de lo que dejaba ver.

No sé… Se fue de Llanes en cuanto tuvo oportunidad de hacerlo.

Solo regresaba en verano y, cuando murió su madre, dejó de venir de una vez por todas.

Conocí a tu padre de niño. Siempre estaba pegándole patadas a un balón con Luis Herrera, el abogado —de pronto tomó conciencia de que la conversación se alargaba y ni siquiera se había presentado—.

Disculpa, Nuria; soy un maleducado. Me llamo Víctor, Víctor Antuña.

Lo mínimo que puedo hacer es invitarte a pasar.

Te enseñaré la casa de tus bisabuelos mientras hablamos.

Nuria aceptó encantada: la hospitalidad de Víctor era mucho más de lo que hubiese podido esperar. El anciano la paseó por todo el inmueble, al tiempo que le contaba anécdotas de las dos familias.

—Malena y mi madre fueron buenas amigas. De mayores, ambas se quedaron viudas a un tiempo y se hacían compañía. Se sentaban en la galería con vistas al mar y…, bueno…, ellas se entretenían con sus cosas.

—¿Sus cosas? —cuestionó intrigada.

Víctor ignoró la pregunta y continuó caminando. Nuria insistió en la pregunta: estaba harta de silencios y evasivas.

—A ver, creo que no soy el más indicado para hablarte de los Melgar. Si acabamos de conocernos…

—Lo sé, y de veras que entiendo su prudencia, pero no tengo a nadie más que pueda hablarme de ellos. El resto están muertos.

Aquella verdad, tan dura y aplastante, fue lo que terminó de convencerle. Víctor sonrió de manera peculiar y su mirada se alejó del presente. A Nuria le pareció que viajaba en el tiempo y deseó poder acompañarlo en su viaje.

—Mi madre fue una mujer bastante peculiar para la época en que le tocó vivir.

No sé… Supongo que el pueblo se le quedaba pequeño, muy pequeño.

Pienso que por eso le gustaba tanto conocer otras gentes, otras culturas.

Malena vino de Cuba, del otro extremo del mundo, y trajo con ella sus costumbres, sus creencias, tan diferentes a las nuestras.

Nunca olvidó sus raíces, ¿sabes? Estaban destinadas a ser amigas —añadió con una sonrisa—.

Al caer la tarde, se sentaban en el corredor para contemplar la puesta de sol.

Encendían un montón de velas y se quedaban muy quietas, como si estuvieran rezando en silencio…

—Víctor trataba de atinar con las palabras—, y cuando alguna de las dos estaba intranquila, Malena echaba las conchas para ver el futuro…

—¡¿Qué?! ¿Mi bisabuela era vidente?

Antuña hizo un gesto para quitarle importancia.

—No sé lo que podía haber de cierto en ello.

Yo solo era un niño y siempre me ahuyentaban cuando quería fisgonear lo que hacían.

Lo que sí sé es que ellas formaban una especie de hermandad, una alianza en la que hallaban mutuo consuelo.

Su amistad las acompañó hasta el día de la muerte de Malena.

Mi madre nunca dejó de visitar su tumba en el cementerio…

—¿Y por eso acabó viviendo aquí?

—Lo de la casa fue idea de Julia, tu abuela. Cuando Mateo falleció, a ella ya no le quedaba nada en Llanes. Prácticamente quería regalarla, pero tenía que velar por el bienestar de su hijo y yo no quise lucrarme con su dolor. Jamás volvieron por aquí. Al menos que yo sepa…

—Mi padre nunca hablaba de Llanes, tampoco de la Casa Azul. Me parece increíble… Es un lugar difícil de olvidar.

—Apenas conocí a Mateo, pero, de joven, fui amigo de Candela, tu tía abuela.

Ella era un bellezón, divertida y más sociable que su hermano.

En una ocasión le pregunté por qué no vivían en la Casa Azul.

Verás, por aquel entonces, llevaba más de veinte años cerrada y nadie en el pueblo entendía por qué.

Hasta podría decirse que les molestaba el abandono en que había caído el inmueble.

Candela sonrió resignada, me acuerdo muy bien, supongo que se había acostumbrado a que le hicieran esa pregunta.

¿Y sabes qué me respondió? Me dijo que el palacete estaba maldito, que su madre lo había abandonado a sabiendas y que ella entendía de esas cosas.

No quiso contarme más —concluyó encogiéndose de hombros.

—Y ahora vivo allí… —musitó Nuria para sí misma.

—Lo sé. Aquí lo sabemos casi todo de todos —reconoció Antuña, a quien la edad no había privado del buen oído—. Espero que tu bisabuela estuviese equivocada, o que al menos el tiempo haya barrido todas las maldiciones de la dichosa Casa Azul. Han pasado muchos años…

Nuria asintió ensimismada. No quería dejarse impresionar por las palabras de Víctor.

Su realidad ya se había vuelto bastante dura sin necesidad de viejas supersticiones.

Pese a ello, un estremecimiento le sacudió el cuerpo al recordar la sombra con silueta de mujer que había visto a través del agua.