Diario de Amara
D IARIO DE A MARA
Bruno me ha pedido que me case con él. Lo sé, lo sé, parece una verdadera locura…
Y, sin embargo, acepté en cuanto él pronunció las palabras.
Ni una duda, ni una vacilación. Yo misma me sorprendí por la claridad de mi convicción.
Mi segundo pensamiento fue para Mario. Imaginé la decepción nublando su rostro.
Me pregunté si conseguiría doblegar sus emociones o nuestra familia de tres se rompería para siempre.
Bruno sonrió feliz, aliviado. Sus ojos resplandecieron de ilusión y ya no pude pensar en nada más.
Yo también sonreí feliz, más ligera: el amor por fin tenía sentido para mí.
Pero he corrido mucho para llegar hasta aquí.
Ahora quiero ir más despacio; merece la pena.
Bruno y yo nos enamoramos durante el viaje que hicimos para comprar los esquejes de caña de azúcar.
Dejamos a Mario al frente de la plantación y nos escapamos unos días.
Tomás, el propietario del Morronegro, había convencido a un agricultor de la zona para que nos vendiese las plantas.
Además de un precio cuantioso, el vendedor puso otra condición: debía curar a su hija.
Supongo que esto último fue culpa de Tomás y de su verborrea.
Viajamos a la finca y, antes de comprobar la calidad de los esquejes, visité a la niña, aquejada de unas fiebres de origen desconocido que la consumían poco a poco.
Era una chiquilla preciosa. Su rubia melena se extendía como un nimbo dorado en torno a la almohada.
Tenía el rostro macilento, ojeroso. De sus ojos azules se desprendía un brillo febril y no lograban detenerse en nada.
Ya lo había visto antes, en la Hacienda Alvarado.
Sabía lo que necesitaba y cómo curarla. Preparé el bebedizo para expulsar los parásitos que la devoraban por dentro.
La velé durante toda la noche, hasta que la fiebre fue bajando.
Al mediodía, pudo tomar un caldo de ave sin vomitar.
Poco a poco, su rostro se serenó y tres días después de nuestra llegada a la hacienda, la niña se puso en pie.
Su padre, agradecido, nos hizo una considerable rebaja en el precio de la caña de azúcar.
Yo les dejé un par de frascos del bebedizo por si las fiebres se repetían.
De regreso a la hacienda, agotada tras las noches en vela, me dormí sobre el hombro de Bruno.
Soñé que estaba embarazada y feliz. Las manos de un hombre se posaban sobre mi vientre abultado con una delicadeza rayana en la devoción.
Luego, una de ellas se movía hasta detenerse en mi rostro.
Sentí una paz inmensa, como si hubiera encontrado mi hogar.
Ese hombre y la niña que se gestaba en mi vientre representaban mi lugar en el mundo.
Lo supe como se saben las cosas en los sueños: con una certeza absoluta.
Un bache en el camino me despertó. Abandoné el hombro de Bruno y le miré a los ojos.
Tenía una mirada tímida, pero conmovedora y sincera.
Acercó una mano vacilante a mi cara y se atrevió a colocar un rizo rebelde detrás de mi oreja.
Sonreí emocionada: yo sabía algo y él no.
Sonreí porque Bruno Bastida era el hombre que aparecía en mi sueño.
Por eso no dudé y dije sí.