42 La hora de la verdad #2
Malena cruzó una mirada con Dimas. Le extrañó la intensidad que había en sus ojos.
Como en una revelación inspirada por sus Eggun, supo que las sorpresas no se terminaban ahí.
Frunció el ceño confusa. Iba a reclamarles más explicaciones, cuando el pasante regresó acompañado de un hombre de mediana edad y aspecto humilde.
Malena habría afirmado que se trataba de un completo desconocido, de no ser porque Dimas y él eran como dos gotas de agua.
—¿Simón…? —preguntó Alba dudosa.
—¡Alba Lorenzo! ¿Qué haces aquí…? —Al parecer esa era la pregunta que se hacían todos, pero el empleado apareció una vez más para acompañarlos al despacho del notario y los interrogantes quedaron en el aire.
Don Hipólito los recibió sin levantarse del sitio.
Malena no se lo reprochó: a la vista estaba que tenía la edad y las hechuras de un anciano.
El notario carraspeó con fuerza, como si necesitase desatascar las palabras de su garganta.
Luego le echó un vistazo a los pliegos que tenía ante sí: él guardaba todos los secretos del difunto.
—Las disposiciones testamentarias de don Mario Melgar no ofrecen mayor complejidad que la que conlleva explicar lo inesperado —dijo levantando la cabeza de los papeles para contemplarlos por encima de sus lentes—.
Don Mario, que en paz descanse, acudió a mi despacho hace días para modificar su testamento.
El anterior, según me comentó, lo había redactado en La Habana tras el fallecimiento de doña Concepción de Alvarado.
El caso es que durante su estancia en Llanes tuvo conocimiento de unos hechos que ignoraba…
Volvió a carraspear, pero esta vez solo para ocultar lo incómodo que se sentía.
»Bien, será mejor que vayamos al grano. En sus últimas voluntades, don Mario Melgar reconoce y asume la paternidad de don Dimas Castro Lorenzo, aquí presente, otorgándole el derecho a usar el apellido Melgar y demás privilegios inherentes a dicha condición paternofilial.
Asimismo, le cede en herencia la mitad de todas sus posesiones, de las que puede disponer libremente.
La otra mitad será dividida, a partes iguales, entre su hermano, don Simón Melgar y su ahijada, doña Malena Bastida de Alvarado.
Además, esta última recuperará el uso y disfrute de todos los bienes que forman parte de la herencia de sus padres…
Eso quiere decir que ya no estará sometida a tutela —le explicó el notario a Malena, mientras encogía la cara como si le diese una mala noticia.
Ella se limitó a asentir, incapaz de asimilar lo que escuchaba.
¡¿Dimas era hijo de Mario?! Pero…, ¿por qué no se lo habían dicho?
¿Acaso Dimas lo sabía y se lo ocultó a conciencia?
A juzgar por su expresión avergonzada, la respuesta tenía que ser un sí.
Se agarró con fuerza a los reposabrazos de la silla para no gritar y clavó las uñas en la superficie de madera hasta sentir que se astillaban.
El secreto de Mario y Dimas dolía demasiado.
—Al menos hizo algo decente antes de morir —concluyó Simón poniéndose en pie.
Luego se acercó a Dimas y le tendió la mano—.
Lo siento, sobrino; no sabía nada de ti.
Haz lo que quieras con tu apellido. Me temo que no hay ningún honor en ser un Melgar, por mucho que mi hermano creyera lo contrario.
Aunque puede que tú consigas cambiarlo… —Simón se fue sin añadir palabra.
Malena tenía cientos de preguntas para Dimas.
Ninguna de esas preguntas acudió a su boca. Las silenció a propósito, pues le asustaban las posibilidades que abrirían cada una de ellas.
Ojalá pudiese desvanecerse sin más, sin dar ni exigir explicaciones. Pero no sería tan sencillo: tarde o temprano llegaría el momento de tener que afrontar la verdad, pero no lo haría ahora. Ahora necesitaba tiempo para pensar.
—Tenemos que hablar —le dijo Dimas compungido.
Ella negó con la cabeza y se desprendió de la mano que le agarraba el brazo.
Fue un gesto brusco, doliente. Se sentía como una intrusa que hubiera perdido el último anclaje que la mantenía unida a una tierra extraña.
Estaba sola, abandonada y traicionada por todos.
Entonces comprendió que desaparecer solo dependía de ella. Por primera vez era libre para hacer lo que quisiera.
Podía irse, regresar a Cuba, y nada ni nadie la reclamaría de vuelta.
* * *
Arrugó la página del periódico, hizo una pelota con ella y la arrojó con rabia al otro extremo de la habitación.
La bola de papel rebotó contra el espejo, que seguía oculto bajo una sábana blanca, y fue a parar al suelo.
Librarse de ella había sido así de fácil.
Olvidarla sería mucho más complicado. El Oriente de Asturias informaba con todo lujo de detalles sobre la muerte de Mario Melgar, el avance de las investigaciones y el sorprendente contenido del testamento del indiano.
Todo ello formaba una amalgama de datos que, hábilmente orquestados por el periodista, señalaba en una sola dirección: la suya.
Malena comprendía que era el blanco más obvio: su apariencia y su conducta decían forastera a gritos; nadie la quería allí.
Esa certeza le contagió un miedo que fue creciendo, día a día, alimentado de soledad y tristeza.
Añoraba a Dimas, pero los secretos habían tejido una red de desconfianza entre ellos y ya no sabía qué podía esperar de él.
Tal vez todo, tal vez nada; solo el tiempo podría decirlo.
Había preparado una maleta pequeña por si tenía que abandonar el palacete de inmediato.
Jamás llegó a gustarle la Casa Azul, pero, si la obligaban a dejarla, no sabría dónde ir; ni siquiera si la acogerían en algún sitio.
Estaba agotada y le hacía falta dormir. Se tumbó en la cama, se estiró y trató de alejar su cabeza del presente.
Regresar a Cuba sin Dimas había sido su peor pesadilla.
Por culpa de esa idea, cuando no era más que eso, se había peleado con Mario y sus últimas palabras estuvieron colmadas de reproches amargos.
Sin embargo, después de todo lo ocurrido no le parecía tan grave.
Su cambio de opinión bebía del desconcierto y la pena.
Lo sabía, pero no le importó. A veces en la vida era preciso rendirse.
Cerró los ojos para volver a la playa y al mar, al sol radiante que lograba teñir de luz cada espacio.
Unos golpes insistentes sonaron en la puerta principal y el sueño se le escapó como la arena entre los dedos.
El miedo regresó de nuevo, alimentado de soledad y tristeza.