El silencio de la casa azul 42 La hora de la verdad
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42 La hora de la verdad

La hora de la verdad

—Tienes que dejar de verla —le dijo Alba cuando ambos regresaron del entierro de Melgar.

Tenía la mirada oscura, velada de ansiedad, y su cuerpo estaba hecho un manojo de nervios.

Dimas se preocupó: nunca la había visto tan alterada.

Alba siempre se comportaba como una roca firme en la que todos se apoyaban, pero desde la llegada del indiano algo había cambiado en ella.

—¿Por qué tendría que hacerlo? —preguntó en parte extrañado y en parte molesto.

Sabía que Alba no estaba a favor de su relación con Malena, pero esto era ir demasiado lejos. Necesitaba que le explicase sus razones para pedirle algo así.

—No me obligues a hablar… —respondió tan evasiva como siempre.

—Pues deberías hablar de una vez porque callar no ayuda —replicó enojado.

En esta ocasión no se rendiría con tanta facilidad; había demasiado en juego—.

Si no sacamos a la luz todos los secretos, nos asfixiarán con su peso —dijo sujetándole la mano—.

Y no hace falta que me sigas protegiendo. Ya no soy un niño…

Un espasmo violento sacudió el cuerpo de Alba, que tensó su brazo para separarse de Dimas, pero él la mantuvo agarrada con firmeza.

No permitiría que se le escapase de nuevo y menos sin responder a sus dudas.

Tiró con suavidad de ella y la miró a los ojos.

En la mirada del joven había una honestidad que la desarmó por completo: compartía el alma pura de su madre.

Dimas tenía razón: se había acabado el tiempo de los silencios, de los secretos. De las mentiras también.

—No sé si podrás perdonarme algún día… —dijo, y se percató de que estaba poniendo el vendaje para una herida que aún no había causado.

Guardó silencio y trató de reunir el valor que le faltaba para seguir.

Necesitaba mucho valor para confesar su secreto más oscuro—.

Yo no soy tu verdadera madre, Dimas. Soy tu tía.

Eres hijo de mi hermana Mina y de Mario Melgar…

Se lo soltó así, a bocajarro. Más tarde se dio cuenta de que no habría encontrado otra forma mejor de hacerlo: había que arrancar las vendas de cuajo con la esperanza de que así dolieran menos.

Dimas se dejó caer en la silla y su cuerpo se hundió, todo el lastre de las mentiras depositado sobre sus hombros.

Su pasado formaba un cúmulo de patrañas y eso debía ser difícil de aceptar.

Ni siquiera el amor de Alba podría aliviarlo.

Ella se sentó a su lado y se preparó para el dolor que le causaba recordar a Mina.

Los años no habían reducido ni un ápice de su intensidad.

Se preguntó si llegaría el día de enterrar para siempre esa historia, tal y como había hecho con Mario.

Seguramente no. Tan solo le pedía a Dios que remover el pasado no tuviera las mismas consecuencias para su querido Dimas.

Y le habló como nunca pensó que lo haría:

—Melgar emigró a Cuba y dejó a mi hermana embarazada y sola.

Él lo supo antes de partir, no vayas a pensar que no, pero no le importó.

Quería escapar de la pobreza y le daba igual lo que dejase atrás.

Mina vio que su vida se desmoronaba y que no podía hacer nada para evitarlo.

Solo contaba conmigo. Lo hablamos y tomamos una decisión.

No íbamos a permitir que nuestros padres, que la tenían en un pedestal, sufrieran el escarnio de un embarazo ilegítimo, así que nos fuimos juntas a trabajar a Oviedo.

Mina aguantó un tiempo, pero ni la barriga ni su estado de ánimo le permitieron seguir trabajando.

Tuvo a su hijo, a ti, a principios de junio.

»Te dejamos en el hospicio a finales de agosto.

No fue nada fácil. De hecho, fue muy difícil.

Los pobres no toman sus decisiones para hallar la felicidad, sino que hacen lo que hacen para sobrevivir.

Solo para eso. Y se supone que debemos conformarnos con ello.

Se nos rompió el corazón. No es una excusa, no; es una realidad que explica mucho de lo que sucedió después.

Regresamos a Llanes sin mirar atrás. Yo había renunciado a mi empleo en casa del doctor Argüelles y el buen hombre falleció durante nuestra estancia en Oviedo.

Tuve que volver a trabajar para el marqués de Posada.

Lo que voy a decirte jamás se lo he contado a nadie.

El marqués me violó. Fue un acto despiadado, brutal.

El maldito bastardo me destrozó y Mina no pudo soportar el dolor de verme así.

Hasta entonces, yo había sido el sostén de ambas.

Nos quedamos desnortadas, perdidas en un mundo demasiado cruel cuyas reglas no acabábamos de entender.

Supongo que la venció el peso de todas las desgracias: Mario la abandonó y con él se esfumó la ilusión del primer amor, tuvo que renunciar a su hijo y ver a su hermana romperse en dos.

Se arrojó desde uno de esos acantilados que nunca he vuelto a ver con los mismos ojos.

A veces le reprocho que no pensase en mí, en lo sola que me dejaba.

Otras veces creo que sí lo hizo y que solo quería liberarme de su carga.

De ser así, ¡qué equivocada estaba! ¿Por qué no habló conmigo… ?

Por primera vez en todo el relato, Alba se atrevió a levantar la cara y mirar a Dimas de frente.

El rostro de su sobrino había empalidecido y tenía la mirada vidriosa, emocionada.

No se acercó a consolarlo; no habría soportado su rechazo.

Hizo acopio de valor para continuar. Ahora que había empezado, tenía que seguir hasta el final:

—Cuando bajó la marea, unos pescadores encontraron el cadáver de Mina sobre las rocas.

Quise verla para despedirme de ella. Corrí hasta la playa y me abracé a su cuerpo.

No podían separarme de mi hermana. Soltarla era como perder para siempre la mitad de mí misma.

De no haber sido por mis padres, la habría seguido en su locura.

Durante un tiempo jugué con la idea de compartir su destino, pero no dejaba de pensar en el niño que abandonamos en la inclusa, lo único que me quedaba de ella.

Se lo conté a tus abuelos. Ellos estuvieron de acuerdo y fui a buscarte.

Ya no me importaban las habladurías, los infundios…

La vida se había cobrado un precio muy alto y todo lo demás perdió importancia; se volvió insignificante, ridículo.

Lo supe en cuanto te estreché entre mis brazos: eras el hijo de Mina, eras mi hijo.

No volvería a dejarte. Años más tarde, conocí a Colás.

Él era un hombre bueno, sencillo, incapaz de decir una mala palabra o cometer una mala acción.

Enseguida supe que era el padre ideal para ti y para los hijos que Dios me diera.

Colás, Nel, tú y yo formamos una familia, una verdadera familia…

El silencio los envolvió como un manto protector que atenuó su desasosiego.

Los reproches y los lamentos de Dimas quedaron atascados en su mente y no hallaron cauce en su garganta.

No se sentía preparado para asumir las repercusiones del discurso de Alba y el presente lo acuciaba mucho más que el pasado.

Haciendo una elipsis sobre todo lo narrado, optó por retomar el principio de la conversación:

—Te preocupa que Malena y yo seamos hermanos —afirmó sacando sus conclusiones—.

Puede que yo sea hijo de Melgar —aceptó a regañadientes—, pero Malena no lo es.

Su padre se llamaba Bruno Bastida y era el mejor amigo de Mario.

Bruno falleció en un naufragio y Mario se quedó con su vida: su negocio, su mujer y su hija.

Desde entonces, se consideraba responsable de ellas.

Lo que lo llevó a cuidar de Malena fue el amor y la culpa, no el parentesco.

No hay ninguna razón para que deba mantenerme alejado de ella.

Cuando acabó de hablar, Dimas se sentía exhausto, derrotado por la intensidad de sus emociones. Aun así, supo que estaba dispuesto a luchar por Malena, fuera cual fuese el precio que tuviese que pagar por ello.

* * *

Malena decidió presentarse sola en el despacho del notario.

En algún momento pensó en pedirle a Dimas que la acompañase, pero debía acostumbrarse a afrontar sus problemas en solitario.

Él tenía una vida feliz y ella no quería perjudicarlo con las vicisitudes de la suya.

Le costó reunir el coraje necesario —eso no iba a negarlo—, pero se preparó a fondo para afrontar las miradas de la gente y el menosprecio que se escondía en ellas.

Conocía el lugar donde se hallaba la notaría por haber acompañado a Mario en otra ocasión: un palacio con mampuestos de piedra caliza, escudo de armas erosionado por el paso del tiempo y macetas de geranios en los balcones.

Tras el entierro de Mario, don Hipólito se había acercado a la Casa Azul para comunicarle, con cierta solemnidad, que debía asistir a la lectura del testamento.

La citó para el día siguiente y, antes de irse, tuvo el detalle de darle el pésame y preguntarle si necesitaba alguna cosa de él.

Junto a Dimas y su madre, fue el único en mostrar un poco de consideración hacia ella.

En las dependencias de la notaría la recibió un joven taciturno, con un bigotillo ridículo.

El pasante la condujo a la sala de espera sin cruzar palabra.

Estaba a punto de encontrarse con una de las mayores sorpresas de su vida: Dimas y Alba, sentados muy tiesos, aguardaban en el interior de la estancia.

—¿Qué hacéis aquí? —preguntó extrañada al tiempo que Dimas se ponía en pie.

—Don Hipólito nos citó —dijo Alba, que también se puso en pie.