El silencio de la casa azul 41 Please, please me
64%

41 Please, please me

Please, please me

Cada vez le resultaba más difícil regresar a la Casa Azul, como si los espíritus de sus ancestros se apoderasen de su estado de ánimo y se empeñasen en alejarla de allí.

En realidad no era cosa del indiano o de su abuelo Mateo; no creía que sus sombras fueran tan alargadas, ni ella tan sugestionable.

Todo se debía a Julio y no quería engañarse al respecto.

Cuando ya no pudo prolongar su ausencia por más tiempo, aceptó que el palacete de los Melgar era su único hogar.

Lo realmente duro pasaba por asumir que el hogar no siempre podía considerarse un lugar seguro.

Julio la esperaba en el salón principal meciendo una copa de coñac en las manos. El brillo húmedo de su mirada demostraba que no había sido la primera y eso lo volvía mucho más peligroso.

—¿Dónde estabas? —preguntó a bocajarro, sin perder el tiempo en tonterías.

—Paseaba por la playa —respondió con vaguedad. Si tenía que mentir, no lograría sonar convincente.

—Ha debido de ser un paseo muy largo… —dijo Julio sin darle más importancia. Nuria soltó el suspiro que tenía atrapado y su tensión se rebajó un poco—. Mañana me voy de viaje. Estaré unos días fuera. Necesitamos algunos materiales para reformar la casa y quiero elegirlos en persona.

Nuria se limitó a asentir. Como le sucedía a Esteban, se sentía más protegida tras el silencio.

—Tengo hambre… —Las palabras de Julio la trajeron de vuelta a la realidad.

—Te prepararé algo de cenar —le ofreció por inercia.

Cuando iba a darle la espalda, Julio la sujetó de la muñeca.

Justo en el lugar donde Esteban había puesto su mano antes.

Notó un cosquilleo extraño, como si su piel pudiera recordar la caricia del jardinero.

Su marido tiró de ella, esta vez con suavidad, para que se agachase a su lado.

—Lamento lo que pasó… —dijo Julio con su hablar vacilante.

Nuria tuvo la sensación de que toda la sangre le huía de las venas para agolparse en su rostro.

No supo qué decir: las disculpas de Julio no solían ser sinceras y podían convertirse en un arma de doble filo.

En el fondo, su marido solo pretendía que se sintiese culpable.

Bajó la mirada mientras preparaba una respuesta que no terminaba de acudir a sus labios.

—No volverá a pasar…

Eso sí que era nuevo. Esta vez no había reproches ni exigencias, nada de cuanto hubiera podido estropear un perdón.

Levantó la cara y se encontró con los ojos de Julio.

Reconoció la lujuria en ellos y tuvo que reprimir la necesidad de alejarse, tan intensa que le provocó un estremecimiento.

Él la rodeó con su brazo y la atrajo hacia sí.

Le dio un beso húmedo, libidinoso. Julio tenía hambre, pero su necesidad era más primitiva, más visceral.

Nuria quiso huir, gritarle que no la tocase, que no la mancillase de nuevo, pero él tenía todos los derechos sobre ella.

Solo se concedió escapar de sí misma, de su piel. Tuvo que conformarse con eso.

Dejó que su alma volase muy alto mientras Julio se apropiaba de su cuerpo.

* * *

Se sumergió en la bañera y permitió que el agua arrastrase las lágrimas de impotencia y las barriese de su rostro.

Así se mezclaban y desaparecían diluidas unas en otras.

Lástima que el agua no pudiese llevarse la pena.

Siempre quiso tener descendencia. Había imaginado que sería una madre bien distinta de la suya: presente, consciente, capaz de entregarse al completo por la felicidad de sus hijos…

Ahora rezaba por que esos hijos no llegasen nunca.

No podía permitir que un niño formase parte de un matrimonio que era cualquier cosa menos una familia.

Para ello, se había esforzado en eludir la intimidad con Julio.

Le evitaba a conciencia, aunque sus esfuerzos resultaban inútiles: él decidía en exclusiva cómo, cuándo y dónde.

Así había sucedido la noche anterior. Indignada, agarró la esponja y frotó su piel y sus entrañas para eliminar todo rastro de Julio en su cuerpo.

Se dejó la epidermis enrojecida, pero había un rastro que no podía eliminar.

Le enfermaba pensar que en su útero, justo en ese preciso momento, podía estar gestándose una vida sobre la que Julio tendría todos los derechos.

La frustración y el miedo la hundieron a plomo, como si la hubieran fabricado con dicho material.

Se sumergió en la bañera de nuevo y aguantó la respiración mientras se preguntaba si podría quedarse allí, bajo el agua, y poner fin a su sufrimiento.

Entonces recordó a su madre, que se rindió y dejó tras de sí más dolor del que se llevó consigo.

¡Se había prometido tantas veces que no seguiría su ejemplo!

¡Qué fácil le parecía ahora romper su promesa!

Acuciada por las emociones, abrió los ojos y, a través del fluido, distinguió una sombra que se acercaba a ella y agitaba los brazos con aspavientos, como si pretendiese advertirle de algo.

Se asustó, se atragantó con una bocanada de agua y se incorporó tosiendo para no ahogarse.

Clavó las uñas en el borde de la bañera y miró alrededor, justo cuando el líquido desbordaba la tina en pequeñas oleadas provocadas por ella.

No había nadie allí. Estaba sola.

Hizo esfuerzos por calmarse, pero el cuerpo todavía le temblaba cuando consiguió ponerse en pie.

Sus piernas apenas la sostenían. Se apoyó en la pared y se cubrió con una toalla porque desnuda aún se sentía más expuesta.

Quiso pensar que la vista la había engañado y, sin embargo, la sombra con silueta de mujer quedó grabada para siempre en sus retinas.