Diario de Amara
D IARIO DE A MARA
Estoy contenta. Mucho. Mario y Bruno han demostrado estar a la altura.
Mario, que parece infatigable, trabaja codo a codo con los jornaleros y sigue mis instrucciones al pie de la letra, como un niño obediente, aunque no hay nada más alejado de su carácter.
Bruno se encarga del abastecimiento y las cuentas.
Es tan disciplinado y meticuloso en todo lo que hace, que sospecho que fue Mario quien lo arrastró hacia el caos.
Convivimos como una extraña familia. Al principio, con cierta reserva; escrupulosos en los modales y las palabras.
Creo que los dos esperaban que yo me ocupase de la casa, que fuera una especie de ama de llaves.
De ser así, se equivocaban: no volveré a ser la esclava de nadie.
Le encargué a Bruno una larga lista de reformas y busqué a una mujer adecuada para el puesto.
Mi misión es sacar adelante la hacienda, convertirla en un negocio rentable y ganar mucho dinero, el suficiente para que cada uno de nosotros tenga la mejor vida posible.
Mi plan, porque por supuesto que tengo un plan, consiste en comprar los mejores esquejes de caña de azúcar que podamos encontrar en la isla.
Alvarado siempre decía que «sin buenas plantas no hay azúcar» y él sabía cuanto hay que saber del negocio.
También debemos optimizar la extensión del cultivo.
No tiene sentido dejar tanto terreno baldío.
Para ejecutar mi plan necesitamos dinero y no basta con el que podemos reunir los tres.
Ni siquiera con el que dejé en manos de Lorna.
Bruno ha escrito a España para solicitar el apoyo económico de su padre.
Me contó que detesta la idea de pedirle ayuda, pero más aún fracasar en su aventura y verse obligado a regresar con los bolsillos vacíos y la vergüenza en la cara.
Me pregunto qué le llevó a huir de una vida acomodada en busca de su propia fortuna.
Tal vez algún día se anime a contármelo.
Entender a Mario resulta más sencillo. Él proviene de una humilde familia de pescadores que debía arriesgarse a diario para poder poner un plato de comida en la mesa.
Harto de penalidades y miserias, aprovechó un golpe de suerte para emigrar a Cuba.
Aun así, también es reticente a hablar del pasado, de la vida que dejó atrás.
A veces tengo la impresión de que algo le atormenta. Leo el remordimiento en su cara, pero ¿qué puedo decirle yo?
¿Quién está libre de agravios propios o ajenos?