40 Sospechas y prejuicios
Sospechas y prejuicios
Las letras se desdibujaban, perdían nitidez y se mezclaban unas con otras hasta volverse ilegibles.
El alférez Quintana apartó los informes a un lado y se frotó los ojos con fruición.
Estaban secos y tirantes como cuerdas de esparto.
No fue una de sus mejores ideas: al abrirlos de nuevo, los objetos que le rodeaban se habían contagiado de la misma borrosidad.
Se resignó a dejarlo por un rato. Tal vez había llegado la hora de reflexionar sobre todo lo averiguado hasta entonces.
Se levantó de la silla —incómoda como un maldito dolor de muelas— para estirar las piernas y abrir una ventana.
La noche cálida y estrellada invitaba a estar en cualquier lugar que no fuera el trabajo, pero le tocaba hacer guardia en el puesto y no iba a desperdiciarla.
Se asomó a la ventana e inspiró una bocanada de aire fresco.
Solo tenía que despejar la mente y ordenar sus ideas sobre el asesinato de Mario Melgar. Dudó si sería capaz de hacerlo.
Acebal y Lastra habían interrogado al servicio largo y tendido.
Quintana confiaba en ellos porque eran discretos y muy meticulosos.
Sus guardias descubrieron que, con la única excepción del ama de llaves, el personal de la Casa Azul no era enemigo del comadreo.
Les contaron que Malena Bastida había tenido una fuerte pelea con Melgar la noche antes de que apareciera muerto.
Los motivos de la discusión estaban por aclarar, pero una de las criadas afirmó que el indiano quería mandarla de regreso a Cuba.
La mulata se fue del palacete dando voces y maldiciendo la estampa de Melgar.
Por otra parte, la tercera ayudante de cocina les habló de la inquina de la cocinera hacia el amo.
La señora Lorenzo se negaba a verlo y a hablar con él.
Siempre se comunicaban a través de doña Trinidad, el ama de llaves.
También les contó que su jefa se había enfadado con ella cuando derramó sin querer unas hierbas un tanto extrañas que la cocinera había añadido al aderezo de las empanadas.
Luego les preguntó, muy oportunamente, si Melgar había muerto envenenado.
«Buena pregunta», pensó Quintana, que todavía esperaba las conclusiones del médico.
Todo indicaba que sí, pero dicha afirmación planteaba un sinfín de nuevas cuestiones que tendrían que resolver una a una.
Notó que la desazón se apoderaba de él como una plaga silenciosa.
Temía que el caso le quedase grande, y el temor y las dudas —lo sabía de sobra— nunca daban buenos consejos.
Lastra se encargó de interrogar a Alba Lorenzo, la cocinera principal de la Casa Azul.
La mujer se limitó a negar la mayor: no le guardaba ningún rencor a Melgar y las hierbas eran un condimento inocuo que ya había empleado multitud de veces antes.
Su opinión sobre la ayudante de cocina no la dejó en buen lugar.
Le había pedido a doña Trinidad que la despidiese, pero la inútil de Toya era una de las filantropías del indiano y en su hogar había otros diez hermanos que alimentar.
Fue el ama de llaves quien les reveló que Malena preparaba cada noche una tisana para Melgar.
La mujer no se atrevía a afirmar si llegó a hacerlo la noche de la discusión.
Ella sufría una migraña espantosa y se había retirado tras la cena.
La visita de Moreno y Calleja al alcalde de Llanes también reveló alguna sorpresa.
Don Lisardo y el cura de San Roque habían visitado la Casa Azul poco antes de la muerte de Melgar.
Al regidor le extrañó el interés del indiano en una vieja tragedia local: una joven que se había suicidado arrojándose desde el acantilado veinte años atrás.
El filántropo estaba empeñado en averiguar si la mujer había llegado a tener descendencia.
Ninguno de los dos le pudo ayudar, o eso les dijo el alcalde.
Quintana se preguntó cuántos secretos se habría llevado a la tumba el ilustre Mario Melgar, incluidos los motivos que provocaron su muerte.
Al repasar su reunión con Malena Bastida, llegó a la conclusión de que no había sido muy provechosa; tan solo le había servido para desvelar la naturaleza de su relación con el muerto.
El alférez se sonrojó al recordar algunas de las conjeturas difundidas por el pueblo.
Nada más lejos de la realidad: Malena solo era la pupila de Melgar, su protegida.
La joven no guardaba ningún parentesco con él y, mucho menos, una relación indecente.
Le sorprendió su capacidad de control: no derramó ni una sola lágrima en su presencia, aunque su pesar parecía sincero.
Tras sentarse de nuevo, más bien a desgana, abrió un cajón del escritorio y sacó la bolsita donde habían guardado las conchas que el difunto apretaba en su puño izquierdo.
Aflojó los nudos y las dejó caer en la mesa.
Pendás, el más joven de la dotación, había encontrado una especie de altar formado por estampas de santos y velas a medio consumir.
Frente a él, como una especie de ofrenda, una bolsa de yute que escondía en su interior una colección de conchas idénticas a las que habían aparecido en la mano del muerto. Tal vez formaban parte de un conjunto.
El alférez no quería ser perjuicioso. En la academia le habían explicado varias veces que un buen investigador no debería serlo jamás.
Lo fácil era culpar a la forastera, la mulata que venía de otro continente.
Pero tampoco podía dejarse llevar por la compasión que le inspiraba la muchacha.
Debía comportarse como si fuera una balanza que solo se inclinase por el peso de las pruebas.
A la vista de las declaraciones y los hallazgos del resto del equipo, tendría que interrogarla de nuevo.
* * *
No quiso asistir al funeral en la basílica.
El pueblo al completo se congregaría allí y Malena no les daría la satisfacción de verla sufrir.
Se quedó sola en la Casa Azul, recluida en la habitación que Mario había dispuesto con tanto mimo para ella.
Ignoraba por cuánto tiempo seguiría siendo suya, así que se preparó para despedirse.
Se agachó frente el altar de los santos, que tuvo que recomponer tras el registro de la Guardia Civil, prendió los cirios uno a uno y rezó por el difunto.
Invocó al espíritu de Amara. Si había alguien que pudiese velar por él, esa sería ella.
Su padre, su madre y Mario habían formado una verdadera familia; peculiar, sí, pero familia, al fin y al cabo.
El alférez Quintana le había contado que el cadáver de Mario tenía un puñadito de cauris enterrado en una de sus manos.
No eran de ella; no le pertenecían. Seguro que el investigador pensaba que sí, pero se equivocaba.
Malena estaba convencida de que los cauris eran de Amara.
Melgar nunca le comentó nada al respecto y, tras su muerte, ya no podría saber si habían sido un regalo de su madre antes de fallecer o un arrebato sentimental de Mario.
Terminó de orar por el alma del indiano y se preparó para despedirse de su cuerpo.
Sopló las velas. Se cambió de ropa y se puso un vestido blanco.
Sabía que la costumbre del lugar era vestir de negro, el color del luto, y que el blanco causaría estupor y rechazo.
No le importó. Debía aferrarse a su fe, a sus creencias, como a una tabla de salvación.
Los rituales del culto la ayudarían a conocer su orisha , su espíritu protector.
Y ahora que estaba tan sola, lo necesitaba más que nunca. Sin esa protección no tendría nada.
Consultó su reloj de pulsera. Se armó de valor —precisaba de una buena coraza— y salió al jardín trasero de la Casa Azul.
Paso a paso, avanzó por el camino de lajas grises que conducía al panteón.
En cuanto el edificio se perfiló ante ella, recordó la conversación que en su día mantuvo con Mario.
Melgar le había explicado que aquel panteón se construía para honrar a los muertos de su familia, pero al final solo iba a servir para recordarlo a él.
Tal vez no le parecía bastante con la enorme sombra que se cernía a su espalda para dejar su impronta en la memoria de todo el pueblo.
La vanidad siempre había sido su mayor defecto.
El cortejo fúnebre estaba formado por un grupo de ciudadanos selectos: el alcalde, el notario y algunas de las nuevas amistades que Mario había establecido desde su regreso a Llanes.
En segundo plano, vestidos con sus mejores galas y tan firmes como si el ama fuera a pasar revista, aguardaba el servicio del palacete al completo.
Malena se había empeñado en contar con su presencia y, entretanto se solucionaban las cuestiones relativas al testamento, era ella quien tomaba las decisiones sobre la casa y el personal.
Sintió las miradas de los asistentes sobre la piel.
El rechazo, las sospechas, incluso el desprecio, se acumulaban capa tras capa sobre su espalda y la oprimían hasta hacerla sentir cada vez más pequeña.
Le costaba mantenerse en pie y plantarles cara, aunque fuese desde la dignidad del silencio.
Solo la presencia de Dimas, al lado de Alba, la ayudó a seguir avanzando.
Le habría gustado estrechar su mano, abrazarlo, pero no iba a dar más pábulo a las habladurías.
Otra victoria de los miserables. Se colocó junto al féretro y cruzó una mirada aquiescente con el sacerdote para que diese inicio a la ceremonia.
Mientras el cura pronunciaba el responso, Malena buscó refugio en su interior.
Necesitaba escapar, alejarse de tanta incertidumbre.
Antes de morir, Mario la había amenazado con mandarla de regreso a Cuba.
Quizás solo fue un arrebato porque no quería aceptar su relación con Dimas, aunque ella no lograba entender el motivo.
Ignoraba quién decidiría sobre su destino de ahora en adelante.
Tampoco se atrevía a consultar su futuro en las conchas.
Desde la última vez que las arrojó, les había cogido miedo.
Se negó a creer en sus presagios. Prefirió pensar que todavía no estaba lista para interpretarlas.
La muerte se ocupó de demostrarle lo equivocada que estaba.
Conocer el futuro podía ser mucho peor que ignorarlo. Si su madre hubiese tenido tiempo, le habría advertido de ello.
El cura dejó de hablar y unos hombres rodearon el ataúd.
Malena se acercó un poco más y posó una mano sobre la madera pulida.
Su mente se saturó de preguntas: ¿quién había asesinado a Mario?
, ¿por qué razón?, ¿qué pecados fueron los que cometió veinte años atrás para merecer semejante venganza?
Las apartó a un lado. Ya tendría ocasión de averiguarlo.
Pese a sus diferencias, era lo mínimo que le debía a su segundo padre.
Pero ahora había llegado el momento de decirle adiós.
La muerte era la más definitiva de las despedidas.
Lo sabía porque ya se había despedido antes.
Un vacío desolador la anegó por dentro.
Levantó la mano muy despacio y le dio la espalda al féretro, al panteón y a toda aquella gente que jamás entendería lo que Mario había significado para ella.