El silencio de la casa azul 39 In spite of all the danger
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39 In spite of all the danger

In spite of all the danger

Esteban Carcedo vivía junto a su abuela en una casita de pescador situada al borde de un pequeño acantilado.

Unas escaleras labradas burdamente en la roca conducían hasta un embarcadero destartalado y huérfano de barcas, dando la impresión de que nadie se atrevía a descender por ellas.

La vivienda estaba recién encalada y los marcos de las ventanas pintados de añil.

Nuria la adoró desde la distancia, pero todavía más al comprobar que su honesta sencillez no le robaba ni un ápice de hermosura.

Lo mismo le sucedió con Flavia, la abuela de Esteban, una mujer de cabellos blancos y ojos azules que relucían de inteligencia.

Nada más cruzar la puerta de la cocina, la asaltó el aroma a café y a bizcocho de anís.

Su estómago protestó enojado para que ella supiera que seguía allí.

No recordaba cuándo había comido por última vez, aunque tampoco había reparado en ello hasta ese preciso momento.

Se sentaron en torno a una mesa camilla con mantel de cuadros y ribete de ganchillo a juego.

Flavia les sirvió el café y una generosa porción de bizcocho.

—Me resulta más fácil recordar lo que ocurrió cincuenta años atrás que lo que hice hace una semana —dijo Flavia, concentrada en remover el azúcar de la bebida con parsimonia, como si los recuerdos acudieran con cada giro de la cucharilla—.

Supongo que la memoria es selectiva y decide quedarse con lo que de verdad nos importa.

Yo era amiga de Candela Melgar. Déjame pensar un momento…

Soy muy mala con los parentescos, pero ella debía de ser tu tía abuela.

Tu abuelo paterno se llamaba Mateo, ¿verdad?

Nuria asintió levemente, sin demasiada convicción.

Apenas le habían hablado de su familia paterna.

Su querida abuela Julia siempre había sido viuda, o al menos esa impresión le había dado a ella.

No llegó a conocer otra cosa. Sintió una punzada de remordimiento porque parte de la culpa le pertenecía.

Vivir de espaldas al pasado parecía una elección de los Melgar que se propagaba como una plaga de generación en generación.

—Mateo era un niño… —Flavia se detuvo un instante.

Daba la impresión de que quería elegir las palabras con mucho cuidado.

Cruzó una mirada con Nuria y sonrió. Aquella sonrisa colmó su rostro de bondad—, digamos que un tanto peculiar.

Siempre estaba pegado a su padre. Tenía verdadera adoración por él.

Lo pasó mal en la escuela, ¿sabes? Candela también, pero ella tenía el carácter de su madre; podía con todo.

—¿Por qué lo pasaron mal? —preguntó Nuria interesada.

—¡Vaya! Vamos a ver… ¿Cómo te lo explico?

Ni siquiera hoy día hemos aprendido a aceptar lo diferente —dijo apretando la mano de su nieto—.

¡Imagina entonces! Los Melgar tenían mucho dinero, pero no podían cambiar el color de su piel…

De puertas adentro, gozaban de una vida privilegiada.

Lejos de la protección de sus padres, las cosas no eran tan fáciles para ellos.

A Mateo le pegaron más de una vez —confesó transformando su voz en un susurro.

—No entiendo nada —admitió Nuria confusa—. ¿El color de su piel? ¿Qué color era ese?

Flavia frunció el ceño extrañada y le lanzó una mirada fugaz a su nieto. De seguido, se puso en pie y partió otra porción de bizcocho, como si el dulce pudiera ayudar a aclarar las ideas. En realidad, solo se tomaba un tiempo para ordenar las suyas.

—Parece que sabes muy poco de tu familia —Nuria se removió algo molesta, pero Flavia le sujetó la mano para tranquilizarla—.

No te preocupes, querida; seguro que no es culpa tuya.

Los adultos solemos ocultar lo que nos duele.

Pensamos que así hacemos bien, que callando podremos evitar el sufrimiento de los nuestros.

No suele ser verdad. Has oído hablar de Malena Bastida, ¿verdad?

Nuria asintió de nuevo; esta vez con más vehemencia. Malena Bastida era la joven cubana acusada del asesinato de Mario Melgar, su tatarabuelo.

—¿Qué tiene que ver conmigo? —preguntó.

Flavia miró de nuevo a Esteban, que se encogió de hombros como si no quisiera saber nada de las viejas historias del pasado.

—Querida mía, siento ser yo quien te lo diga: Malena Bastida era tu bisabuela, la madre de Candela y Mateo.

* * *

No quiso contemplar las huellas que iba dejando al avanzar por la arena. Su familia le había enseñado, a fuerza de ignorarlo y nunca hablar de él, que el pasado debía quedar atrás, sepultado y casi olvidado por el transcurso del tiempo. Así dolía menos, o eso pensaban ellos.

Esteban caminaba a su lado. Su silencio —esta vez convertido en virtud— le permitía pensar, repasar en su mente los detalles del relato de Flavia.

Mateo Melgar, su desconocido abuelo paterno, fue un niño acomplejado por el color de su piel, una mezcla del color de sus padres.

Sin embargo, su hermana Candela honró la herencia materna y la defendió con orgullo.

La niña tuvo las agallas necesarias para enfrentarse con todos, pero solo consiguió empeorar la situación de su hermano.

A ojos del resto, Mateo era un cobarde. Se fue de Llanes y de Asturias en cuanto tuvo oportunidad de hacerlo.

Vivió unos años en La Habana, donde trató de hacer fortuna, como Mario Melgar.

Tampoco encontró su lugar en Cuba. A la vuelta recaló en Cádiz, conoció a la abuela Julia y su corazón maltratado por fin halló un hogar.

Regresó algunas veces a Llanes, sobre todo en verano, pero jamás pudo olvidar el daño que le habían hecho allí.

También le contó que la tía abuela Candela había muerto durante la guerra civil.

Un bombardero alemán había destruido el hospital donde ejercía de enfermera.

Nuria se preguntó si habría sido el dolor del abuelo, para entonces revestido de rencor, lo que motivó el distanciamiento de su padre con el pueblo y la Casa Azul.

—Espero que las historias de mi abuela te hayan servido de algo —dijo Esteban acompañando sus palabras de una sonrisa vacilante.

—Lo han hecho, por supuesto que sí, y, más que nada, me ha gustado escucharla. ¡Es una mujer fantástica!

—Lo sé. ¡Ella lo ha sido todo para mí! —exclamó emocionado—.

Mis padres murieron poco después de acabar la guerra.

Fusilaron a mi padre y mi madre falleció de tifus en la cárcel.

Mi abuela fue a buscarme. Estaba recogido en un hospicio de Oviedo y me reclamó.

De no ser por ella, habría acabado al cuidado de un matrimonio de fascistas que no pudiesen tener descendencia propia.

Gracias a Dios, mi abuela contaba con las influencias necesarias para llevarlo a cabo.

Había trabajado muchos años como cocinera del obispo y le abrieron todas las puertas.

Me trajo de vuelta a casa y con ella recuperé mi vida, o lo que me quedaba…

—¡Qué duro debió de ser perder a tus padres!

—Si te soy sincero, apenas los recuerdo. Yo era muy pequeño cuando sucedió, aunque mi abuela dice que tardé mucho tiempo en volver a hablar.

—Y sigues siendo muy callado —le dijo en son de burla.

Él se esforzó en sonreír, pese a que sus ojos reflejaban tristeza. Ella pensó que nunca había visto un hombre tan guapo y vulnerable.

—El asesinato de mis padres y el hospicio me mostraron el peor rostro del mundo: los rencores enconados, el afán de venganza, la crueldad sin límite ni mesura…

Me asomé al borde del precipicio y mi abuela me rescató antes de que cayera.

Aun así, jamás podré olvidar el profundo vacío que había al otro lado.

Lo siento…, no sé explicarlo mejor. El silencio es mi refugio; así me siento más cómodo.

—Entiendo tu dolor. Yo también perdí a mis padres —le explicó conmovida—. Solo puedo decirte que eres muy afortunado por tener a tu abuela. La verdadera soledad se descubre cuando ya no queda nadie que cuide de ti.

—Tú tienes a tu esposo…

Nuria creyó detectar una sombra de duda en las palabras de Esteban, como si estuviera formulando una pregunta en lugar de una afirmación.

Su dura realidad, de la que había conseguido distanciarse por un momento, la golpeó con fuerza.

¿Qué demonios hacía compartiendo su intimidad con un hombre al que apenas conocía? ¿En qué pensaba?

—Tengo que irme —su voz sonó desabrida, pero no le importó. Tenía que cortar de cuajo con aquel desatino.

—Lamento haberte molestado —se disculpó Esteban confuso. Nuria se marchaba y él la agarró del brazo. Necesitaba saber que todo iba bien, que no había dicho ni hecho nada inconveniente. El jardinero percibió un gesto de dolor en el rostro de la joven, pese a que apenas le había apretado el brazo.

—¿Qué ocurre, Nuria? No lo entiendo…

Las lágrimas acudieron a sus ojos, imposibles de contener. Ella se dio cuenta de que tenía miedo, mucho miedo. Sin embargo, no quería complicarle la vida a Esteban. Él ya había sufrido bastante. Su marido era un hombre sin escrúpulos, capaz de lo peor.

—Debo marcharme. Déjame ir, por favor —repitió obstinada, sorda a cualquier argumento.

En cuanto Esteban aflojó la mano, Nuria echó a correr para alejarse de él, como si todo su futuro dependiera de ello.