Diario de Amara
D IARIO DE A MARA
Bruno y Mario llevaban demasiado tiempo alejados de la plantación y, de pronto, la necesidad de regresar a sus obligaciones se planteó como algo apremiante.
Sus prisas desecharon mis últimas reticencias.
Sentí que mi futuro estaba ligado a esos hombres y, por una vez, no quise arrojar las conchas por si ellas contradecían mi intuición.
Esa ha sido la mejor prueba de dónde reside mi corazón.
Preparé un baúl donde había más bálsamos, remedios y elixires que ropa.
Guardé la mitad de mi dinero en una faltriquera que sujeté con un imperdible a mi ropa interior.
El resto lo dejé a buen recaudo en la caja fuerte de Lorna.
Confiaba más en ella que en mi propia familia.
Hasta entonces, Lorna no me había engañado nunca.
¡Ojalá pudiese decir lo mismo de mis padres!
Nos fuimos una luminosa mañana de septiembre.
La propiedad de Bruno y Mario apenas distaba medio día de viaje, algo más con el carro y las monturas tan repletas de trastos.
Como no les había gustado ninguna combinación de sus nombres y apellidos para la finca, le habían puesto Hacienda Buenaventura con el único afán de atraer la suerte hacia ellos.
Adoré ese nombre en cuanto lo conocí, pero los asturianos no debían engañarse: la buena suerte, por sí sola, no sería suficiente para sacar adelante la plantación.
Tendrían que deslomarse a trabajar y aprender algo del oficio si querían hacerse ricos antes de regresar a su tierra.
Mi primera visión de Buenaventura fue desde una loma a una milla de distancia.
La vivienda no alcanzaba el tamaño de una mansión señorial, pero me pareció lo bastante digna para un par de hacendados que buscaban hacerse un nombre en el negocio de la caña de azúcar.
Estaba pintada de blanco y lucía con orgullo cuatro pomposas columnas en el pórtico de entrada.
A su alrededor, se desplegaba una vasta extensión de terreno de la que solo se había cultivado una pequeña parte.
Al traspasar los lindes de la propiedad, descubrí que la distancia había sido muy generosa con la hacienda: la casa estaba en un estado de conservación lamentable y el examen de los cultivos me desveló que la caña de azúcar soportaba el mismo abandono que el resto de la plantación.
Al ver mi decepción, Mario y Bruno agacharon la cabeza avergonzados.
¿Cómo se atrevían a perder el tiempo bebiendo ron en La Habana?
Les reñí como habría hecho una madre con sus hijos.
Les amenacé con regresar a la capital si no se tomaban el negocio en serio.
Lo prometieron, pero no me convencieron sus palabras; lo que me convenció fue lo que vi en sus miradas: la ambición de Mario y el orgullo herido de Bruno. Decidí darles una oportunidad.
Tenemos todo un reto por delante.
¡Que los Eggun nos ayuden!