El silencio de la casa azul 38 Un adiós inesperado
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38 Un adiós inesperado

Un adiós inesperado

Elvira era la primera en entrar al salón cada mañana.

Su rutina se repetía de manera invariable, como las avemarías que rezaba para que Fermín se decidiera a casarse con ella.

Se emocionaba al recrear en su mente una vida de ama y señora de su propio hogar, sin tener que trabajar a diario como una esclava ni soportar los desplantes de doña Trinidad.

Pero hasta que eso ocurriese, debía conformarse con su empleo de sirvienta en la Casa Azul.

Se consolaba diciéndose que era el palacete más distinguido del pueblo.

Empujó las puertas del salón y se dispuso a abrir las contraventanas, que cada noche cerraba otro miembro del servicio.

La estancia contaba con una larga hilera de miradores que daban acceso al jardín, así que lo que podía parecer una tarea sencilla conllevaba una buena cantidad de tiempo y esfuerzo.

Siempre seguía el mismo orden: abría las contraventanas de derecha a izquierda y la luz de un nuevo día animaba las esquinas del salón disolviendo las sombras.

Iba justo por la mitad, cuando reparó en las rosas que en pocos días se habían transformado de capullos en flor.

Pensó en salir para deleitarse con su intensa fragancia.

Apenas sería un instante. Aquello suponía romper con sus hábitos, pero nadie podría censurarla por ello.

Al menos, nadie que hubiese olido las rosas de la Casa Azul.

Apreció el perfume antes de acercarse a ellas.

Extendían su efluvio por el jardín sofocando el aroma del resto de las plantas.

Se detuvo frente al arbusto y reprimió el deseo de acariciar los pétalos.

Las flores ofrecían su mejor cara, pero también simulaban una fragilidad engañosa.

O no. En cualquier caso, ella no quería ser la responsable de deshojar las rosas.

Inhaló una vez más y se resignó a volver al salón y a sus faenas.

Fue precisamente al entrar cuando lo vio: un cuerpo retorcido como una marioneta olvidada en el suelo.

El rostro azulado y la lengua abultada, grotesca, desterrada de la boca.

El grito acudió a su garganta y brotó con fuerza.

La propia Elvira se sorprendió de su potencia, como si su cuerpo quisiese evidenciar que, aun cuando tenía un cadáver ante sí, ella estaba viva, muy viva.

Recuperó parte de su aplomo —ya oía los pasos que se acercaban— y se agachó para observarlo mejor.

No había que desestimar el poder de la curiosidad.

Mario Melgar yacía muerto a sus pies. La mente de Elvira trazó un panegírico improvisado.

El amo y señor de la Casa Azul había sido el indiano más respetado de toda la comarca, uno de los hombres más ricos de Llanes y su benefactor más preciado.

Sin embargo, su reinado había resultado demasiado efímero.

Melgar había regresado de Cuba como un hijo pródigo al que todos recibieran con los brazos abiertos, pero, entre tanta adoración, alguien ocultaba el rencor suficiente como para convertirse en su asesino.

* * *

La dotación de la Guardia Civil adscrita a Llanes se presentó al completo: las tres parejas de guardias, el cabo y el alférez al mando.

Como si formaran parte de un conciliábulo, se agruparon en torno al cuerpo y lo examinaron con atención, incapaces de disimular su desconcierto.

El cadáver de Mario Melgar se había endurecido en pleno espasmo: los músculos tensos, las extremidades torcidas y las manos crispadas.

Su semblante amoratado se alejaba de la lividez que mostraban otros muertos.

El alférez Quintana chasqueó la lengua, que era la muestra más evidente de que no le gustaba lo que tenía ante sí: problemas y de los gordos.

—No parece que haya sido una muerte natural —dijo el cabo Llavona, poniendo voz a los pensamientos del resto.

Quintana elevó la vista al cielo; en este caso, al techo cubierto de artesonados del salón principal de la Casa Azul.

Ni siquiera su belleza lo consoló. «¡Qué va a ser de mí!

», pensó, anticipando lo que se le venía encima.

El indiano más influyente de toda la comarca yacía muerto a sus pies y tendría que ser él —¡sí, él!

— quien dirigiera la investigación, porque Llavona estaba en lo cierto: solo había que observar el cadáver de Melgar para concluir que aquello era un asesinato.

Comenzó a sudar en frío, pero se esforzó en fingir todo el aplomo que le faltaba.

—Habrá que avisar al alcalde —sugirió el cabo Llavona acercándose más al difunto.

«¡Maldita sea!», se reprochó Quintana reprimiendo el gesto de golpearse la frente.

Se había olvidado de don Lisardo, el alcalde de la villa, y ahora tendría que ponerle remedio.

La muerte de Melgar iba a convertirse en una tragedia local, no en vano se le consideraba un benefactor altruista y dadivoso.

Su fama era tal, que solo faltaba que le erigieran una estatua en una de las plazas del pueblo. Quizás lo hiciesen ahora.

—Parece que tiene algo en el puño, ¿no? —apuntó Llavona, que esa mañana parecía sembrado.

El alférez Quintana se agachó y agarró la mano de Melgar.

Dio un respingo involuntario por el contacto, tan frío que le traspasó la piel, y trató de disimularlo en loor de su buena fama.

Tuvo que hacer fuerza para abrir el puño a causa del rigor mortis que, para aquel entonces, era muy acusado ya.

En su interior, como la perla de una ostra, asomaron un puñadito de conchas blancas.

—¡Qué extraño! —murmuró Quintana.

—¡Extrañísimo! —exclamó el cabo, acompañando las palabras con un golpe en el brazo de su jefe. El alférez aplacó el impulso de devolvérselo. Tenía que salir de allí cuanto antes; se le estaban crispando los nervios.

—¡Bien! Pongámonos en marcha. Llavona, tú encárgate de recoger las conchas y no permitas que nadie se acerque al cadáver hasta que llegue el médico.

Acebal y Lastra, vosotros os ocuparéis de hablar con el servicio.

Hablad con todos, no solo con la criada que lo encontró.

Fanjul, Pendás, echad un vistazo a la casa y no os dejéis ni un rincón…

—Pues tienen para rato… —apostilló Llavona. Luego silbó por si no les había quedado claro lo que quería decir.

—No me interrumpa, cabo —a estas alturas ya estaba pensando en pedir la expulsión de Llavona por cansino.

O su suspensión durante un periodo indeterminado.

Se deleitó con la idea—. Montero, Calleja, vosotros dos os acercaréis a avisar al alcalde, pero mucho cuidado con lo que contáis…

—Elevó la palma de la mano—. No le deis ningún detalle.

—Quintana exhaló un suspiro y se sintió desfondado.

Tenía la impresión de que se le olvidaba algo. ¿Qué podía ser?

—¿No habría que hablar con la mulata, jefe?

El maldito Llavona otra vez, solo que en esta ocasión había dado en el clavo. ¿Dónde estaba la joven cubana que vivía con Melgar? ¿Tendría alguna implicación en lo ocurrido? Antes de seguir, decidió pararle los pies a su subordinado.

—Alférez, Llavona; mejor dígame alférez —respondió irritado—. A ver si respetamos los galones. Yo me ocuparé de la joven. ¿Alguien sabe cómo se llama?