El silencio de la casa azul 37 Got to get you into my life
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37 Got to get you into my life

Got to get you into my life

El sol salió por fin, brillante y rabioso, para reclamar su efímera hegemonía.

Nuria encontró una hamaca oxidada en un pequeño edificio apartado del palacete, que recordaba a una cochera.

Junto a ella, más trastos —viejos, pero no tanto— que demostraban que la Casa Azul tuvo algo de vida después de ser abandonada por los Melgar.

Se preguntó si alguno de esos enseres, olvidados por el tiempo y sus dueños, habría pertenecido a su padre.

Se prometió volver en otra ocasión para tratar de averiguarlo.

Por el momento, ya tenía suficientes misterios acumulados.

Limpió la hamaca con un trapo que competía en mugre con ella.

La colocó en un espacio del jardín recién segado, donde el sol dibujaba sombras chinescas sobre la hierba.

Huía de la casa, de los ruidos y, sobre todo, de Julio, en busca de una paz que le era esquiva.

Se quitó las gafas y se contempló en el reflejo de los cristales.

Allí estaban las primeras señales de los golpes, los cardenales delatores.

Acercó la mano a la cara. Sus dedos rozaron la piel sin atreverse a tocarla.

Se puso las gafas de nuevo. Parapetada tras ellas, tenía la equívoca impresión de que un muro la protegía del mundo o de que al menos la mantenía aislada.

Se reclinó en la tumbona y sacó la estampa de San Juan Bautista del bolsillo trasero del pantalón.

En su día debió de ser una pequeña joya.

Así lo atestiguaba la calidad del papel, los bordes dentados y el nimbo de pan de oro que orlaba la cabeza del santo.

¿Cuántos años llevaba perdido, extraviado en una esquina del cuarto?

¿Todavía atendía plegarias o pagaba con indiferencia su prolongado olvido? Tal vez debiera intentarlo…

¿Qué podía perder?

Se disponía a rezarle al santo cuando oyó el ruido de unas tijeras.

El jardinero podaba el seto que había a su espalda.

Se incorporó con excesiva premura y los golpes de Julio le dolieron.

El movimiento captó la atención del jardinero.

Sus miradas se cruzaron, se enredaron y el tiempo se le hizo eterno, como si los segundos le hubieran robado el peso a los minutos.

Sintió una descarga que hormigueó por todo su cuerpo.

Miró en derredor: ni rastro de Julio ni de ninguno de los peones.

Se puso en pie y se acercó para hablar con él.

Puede que el hombre supiera algo de Mario y Malena.

Solo era una excusa para entablar conversación con él, pero en el fondo le daba igual.

—¡Hola! El seto está quedando precioso —dijo en un derroche de originalidad—.

Buen trabajo… —Añadió sintiéndose un tanto ridícula.

No tenía claro cómo seguir, así que fue directa al grano—.

Ayer estuve curioseando en el torreón de la casa.

Creo que era la habitación de Malena Bastida, la mulata que vino de Cuba con mi tatarabuelo, Mario Melgar…

El jardinero se detuvo y frunció el ceño, probablemente extrañado por el curso que tomaba la conversación. Ella le estaba hablando de sus antepasados, de su familia, y ni siquiera sabía cuál era su nombre.

—Me llamo Nuria, Nuria Melgar. —Se presentó con la esperanza de que él hiciese lo mismo.

—Yo soy Esteban, Esteban Carcedo —dijo él repitiendo la fórmula. Nuria creyó detectar una chispa de ironía en sus ojos.

—Nos mudamos aquí desde Madrid. Mi padre falleció recientemente y yo heredé la casa —dijo haciendo un gesto en derredor—. Pertenece a los Melgar desde hace casi cien años y, aun así, tengo la sensación de que cualquier habitante de Llanes sabe de ella más que yo.

—No lo crea —afirmó Esteban lacónico, embebido de nuevo en su tarea.

—¿No? Lástima. Pensé que usted podría contarme algo de mi familia o del pasado de la Casa Azul. Mi padre siempre fue tan hermético…

—¿Quién? ¿Yo? No, no, no… —El jardinero alzó las manos y rechazó la posibilidad como si fuera un dislate.

—¡Vaya! Disculpe. No quería incomodarlo.

—No me incomoda —dijo Esteban sonriendo por primera vez—. Lo que ocurre es que yo no soy muy bueno con las palabras y tampoco con los secretos…

—¿Los secretos? —preguntó interesada.

Esteban guardó silencio antes de seguir. Podó un par de ramas del seto, como si el trabajo manual le ayudase a organizar sus ideas.

—La historia de la Casa Azul sigue siendo una de las favoritas del pueblo.

Tanto tiempo después, no resulta nada fácil saber qué parte es verdad y qué parte es leyenda.

Supongo que cuenta con todos los ingredientes para encandilar a la gente, pero me temo que nunca he mostrado mucho interés por los detalles —concluyó encogiendo los hombros.

—Lo entiendo…

—Siento defraudarla…

Las frases de ambos, pronunciadas a un tiempo, se mezclaron y, de algún modo, quedaron entrelazadas.

Nuria se sintió ligada al seto y al hombre situado al otro extremo del mismo.

Era una idea ridícula, absurda, pero tuvo que hacer un esfuerzo para moverse de allí.

Les dio la espalda y logró dar unos pasos que la alejaban de ambos.

—Mi abuela llegó a conocer a Malena Bastida. Era amiga de su hija…

Nuria se paró en seco.

—Ella podría contarte mucho más que yo.

Esa afirmación y el tuteo que la acompañó consiguió que se diera la vuelta.

—¿Tu abuela aún vive? —preguntó sorprendida, olvidando la delicadeza por un instante.

Otra sonrisa alumbró el rostro de Esteban.

—Al menos lo estaba hoy antes de que viniese a trabajar. La dejé en casa preparando un bizcocho.

Nuria asintió atolondrada: no sabía qué decir. Esteban la sacó del aprieto. No era tan torpe con las palabras como había insinuado antes.

—Estoy seguro de que le encantará conocerte.