Diario de Amara
D IARIO DE A MARA
Mario, Bruno y yo somos inseparables, una familia.
Cuando se atravesaron en mi camino, estaban perdidos.
Llevaban un par de años viviendo en la isla y habían trabajado en todo lo que podía reportarles un beneficio inmediato.
Aunque Bruno había aportado más dinero, con los ahorros de ambos compraron unos terrenos a las afueras de La Habana.
Allí plantaron caña de azúcar —como hacía media isla por aquel entonces—, pero explotar una plantación requería más conocimientos y más inversión de la que ellos podían permitirse.
Por si el reto no era lo bastante complejo, a Mario se le había metido entre ceja y ceja que una destilería de ron también sería una buena oportunidad de negocio.
Y fue probando el producto de la competencia como acabaron borrachos en el Morronegro.
Mario y Bruno no pueden ser más diferentes.
Mario es osado, listo y no conoce la vergüenza ni el miedo.
Bruno es serio, culto y reflexivo. Desde el principio, los dos trataron de ocultarme una parte de su personalidad, la más íntima y reveladora, pero eso lo descubrí más tarde.
Si hubiera tenido que elegir al poco de conocerlos, algo que les habría encantado a ambos, no hubiera podido hacerlo.
Ellos conforman las dos caras de una misma moneda y para mí no tiene sentido la una sin la otra.
A veces me pregunto si siempre será así.
Tras conocer mi pasado en la Hacienda Alvarado, me pidieron ayuda con el negocio.
No me resulta ajeno que solo pretenden que no me separe de ellos, que forme parte de sus vidas, y así han encontrado la excusa perfecta.
Ningún hombre, y menos tan joven, pensaría de verdad que una mujer puede sacarle las castañas del fuego.
¡Qué equivocados están! Las mujeres de esta isla hemos sobrevivido a la esclavitud y no hay nada peor que eso.
Aun así, les expliqué que soy curandera, sanadora, que mi futuro está enfocado al mundo espiritual y no a los negocios.
Mario se rio a carcajadas y me recordó las noches de fiesta y borrachera en el Morronegro.
Nada menos espiritual que eso. Bruno adoptó una expresión compungida y apenas se atrevió a mirarme a los ojos.
Si pretendía fingir que estaba sufriendo por mi negativa, lo hacía muy bien.
Mis respuestas a las sucesivas propuestas de los asturianos fueron: «Estáis locos», «No me vais a convencer», «No funcionará» y «Tengo que pensarlo».
Esta última representaba, a todas luces, un paso atrás.
Ellos lo celebraron como una aceptación y comenzaron a hacer planes para el viaje de vuelta.
No sé qué fue lo que acabó de convencerme del todo.
Quizás mi afán por quemar etapas, por seguir buscando aventuras que den sentido a mi existencia.
O tal vez las emociones que sacuden mi corazón y lo hacen aletear con fuerza, como si hubiese descubierto de pronto que estaba vivo.
Nada me vincula a La Habana salvo un puñado de amigos.
Además, tampoco me voy tan lejos.
Mario y Bruno fracasarán sin mí. Lo sé. Tendrán que regresar a España derrotados. Cuando los sueños te elevan por encima de las nubes, resulta demasiado doloroso asumir el fracaso.
Y yo no quiero eso para ellos.
Yo quiero verlos triunfar.