36 Un océano de distancia
Un océano de distancia
Algunas veces saber era mucho peor que seguir viviendo en la ignorancia.
Tal vez por eso, porque su instinto le advertía con un grito silencioso, evitó el desayuno y la comida.
También tenía intención de evitar la cena, sin embargo, al pasar frente al salón, el caminar errático de Mario la atrajo como el canto de las sirenas.
Se detuvo en la puerta y percibió la inquietud que lo consumía por dentro.
La curiosidad pudo más que la prudencia.
—¿Qué te ocurre? —preguntó a sabiendas de que no le gustarían las respuestas.
—¡Malena! No te he visto en todo el día. Necesito que hablemos. Estoy preocupado por ti…; no sé, puede que me equivoque…
—¿Qué dices? No te entiendo.
—Tu madre se empeñó en que te trajese conmigo a España… —arguyó un tanto errático; hasta él fue consciente de ello. Le costaba explicar sus razones sin exponer los secretos de otros.
—Sí, lo sé. Ella tenía la certeza de que mi destino estaba aquí —respondió Malena y, justo en ese instante, supo que era Dimas Sanjuán quien daba significado a los vaticinios de su madre. Por fin tenían sentido para ella.
—Eso solo son tonterías —dijo Mario con excesiva acritud. Le pesaban sus errores como redes repletas de peces y ese peso avivaba su irritación.
Malena enmudeció de asombro. Mario jamás había cuestionado los poderes de Amara. Su lealtad estaba por encima de todas las cosas. Esa certeza fue lo único que la sostuvo en los peores momentos. Uno de sus pilares se desmoronaba y sintió que el mundo se tambaleaba bajo sus pies.
—¿Cómo te atreves a dudar de mamá? Después de tanto tiempo…
—Te quiero como a una hija. Lo sabes, ¿verdad? Solo deseo lo mejor para ti. Debí dejarte en Cuba. Tendría que haberte apartado de mis pecados y mis secretos.
—Pero ¿de qué estás hablando ahora? ¡Si ya no me quedaba nadie en Cuba! —chilló la joven, que comenzaba a estar asustada por la deriva emocional de Mario.
—Te equivocas —declaró Melgar con una calma que presagiaba tormenta—. Todavía tienes a tus abuelos maternos: Sebastián y Leonor de Alvarado. Sebastián es dueño de una plantación próxima a Santiago de…
—¡¿Quééé?!
El grito de Malena reverberó en el salón. Su estupor iba en aumento. Aun así, pudo advertir el paso fugaz de un par de criadas que huían espantadas por la disputa. No le importó.
—Amara se enemistó con ellos al descubrir su origen.
Alvarado la dejó crecer como esclava, a pesar de que era su hija.
Se fue de la plantación para no volver… Al saber que se acercaba su final, arrojó las conchas y me pidió que te trajera conmigo a Llanes.
Y yo no podía negarle nada, ya lo sabes… —Reconoció abatido.
El resentimiento de Malena creció en su interior como una ola a punto de romper. No quiso ponerle un dique para contenerlo.
—¡Te detesto! ¿Cómo pudiste ocultarme algo así? ¡Todo este tiempo creyendo que estaba sola, que no tenía a nadie salvo a ti…! No podré perdonarte jamás.
—No te preocupes; le pondré remedio —afirmó con gesto contrito—. Ya les escribí una carta a tus abuelos. Si están conformes, volverás a Cuba con ellos.
Malena parpadeó perpleja. Su primer pensamiento fue para Dimas. No podría soportar que un océano de distancia los separase.
—No lo haré —fue lo único que consiguió decir. Era suficiente.
Melgar la contempló un instante con la mirada clavada en ella. En sus ojos había pena y parecía sincera, pero Malena vio también algo mucho peor: determinación.
—Soy tu tutor. Tendrás que hacer lo que te diga —concluyó tajante.
Ya no pudo resistirlo más. Cada palabra de Mario le resultaba más inasumible que la anterior, hasta formar un túmulo de infortunios que amenazaba con aplastarla.
Se marchó de la Casa Azul sin mirar atrás.
Solo sus gritos la acompañaron.
* * *
Corrió cegada por el llanto. Aunque su mente no lograba asimilar lo ocurrido, su corazón anticipaba el sufrimiento que estaba por venir.
Pesaba como una piedra que la empujaba hacia abajo y le quitaba hasta las ganas de vivir.
Necesitaba refugiarse en Dimas, amarrarse a su cuerpo para convencerse de que Mario no podría separarlos. Tan solo encontraría consuelo en él.
Golpeó la ventana de la habitación de Dimas. No se atrevió a molestar a Alba y al resto de la familia. El joven asomó el rostro, que se iluminó de alegría y sorpresa. Al percatarse del llanto de ella, su expresión mudó de inmediato. Apenas tardó un instante en salir.
La abrazó. Entre lloros e hipidos, Malena le contó los planes de Melgar. Dimas la cogió de la mano con fuerza, entrelazando sus dedos hasta confundirlos. Nadie podría romper el vínculo que tenían. No lo permitiría. Era una promesa.
—Te llevaré a un sitio —dijo animado por un propósito. Ella asintió.
Avanzaron por las calles desnudas de gente.
Caminaron en silencio hasta llegar al lugar elegido.
Se detuvieron frente a una puerta de arco apuntado y contemplaron la solitaria campana, muda a esas horas tan tardías.
Se adentraron en el templo y, de inmediato, se sintieron contagiados de la atmósfera milagrosa del lugar.
—Es la capilla de La Magdalena —explicó Dimas hablando casi en susurros—. Mi familia siempre ha sido muy devota de la santa. Para nosotros, este es un lugar sagrado.
Malena admiró la talla. La imagen de María Magdalena era hermosa hasta perder el aliento: el rostro agraciado, su larga melena y la túnica ocre que silueteaba las formas del cuerpo; todo ello ensalzado por los claveles púrpuras y reventones que le servían de peana.
—Nos uniremos aquí para siempre —musitó el joven emocionado. Elevando la voz, añadió—: Te prometo, ante todo lo que significa algo para mí, que no dejaré que nos separen.
Malena sonrió y se le endulzó la mirada. Quería creer en las palabras de Dimas. Necesitaba creer en las palabras de Dimas.
Se acercaron un poco más y leyeron la verdad que había en los ojos del otro. En esa verdad encontraron mutuo consuelo.
A los pies de la santa, la pareja selló su unión con un beso.
La Magdalena recibió su beso como una ofrenda.