El silencio de la casa azul 35 Ask me why
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35 Ask me why

Ask me why

Podía sentir las miradas de la gente sobre su piel, aunque nadie la estuviese mirando.

Su vergüenza, a sabiendas de que ella no era culpable de nada, encendía un fuego que la consumía por dentro.

Las emociones se estrellaban unas con otras y se rompían en esquirlas afiladas que le hacían más daño.

Abrumada, se detuvo a la orilla del río Carrocedo, justo antes de cruzar el puente.

Se apartó a un lado. Cerró los ojos, ocultos tras las gafas de sol, y apretó los puños con fuerza.

Aflojó la presión al notar las uñas clavándosele en la piel.

Su cuerpo se desinfló, perdió el equilibrio y se dejó caer sobre un banco.

Una gaviota, compañera de asiento, emprendió el vuelo enojada tras soltar un graznido.

Nuria agachó la cabeza para sofocar el desmayo y su pesar se diluyó en un mar de lágrimas que cayeron al suelo como si viajaran atraídas por el curso del agua.

Se concedió un tiempo para recobrarse: así no podía seguir.

Se recostó en el banco, dejó que la brisa le acariciase el rostro y que las vidas de otros la envolvieran y la apartasen de la suya.

El puerto de Llanes bullía de actividad: pequeños barcos pesqueros que zarpaban y atracaban; marineros que revisaban las nasas; mujeres que reparaban las redes; camareros que atendían las mesas de los bares cercanos, todos ellos entretenidos en sus afanes diarios.

Quiso contagiarse de su fortaleza, de sus esfuerzos, de esa apariencia de vidas corrientes y rutinarias que la mayoría de las veces resultaba tan falsa.

La gaviota regresó para reclamar su sitio.

Estiró el cuello y balanceó el pico. Desplegó las alas y las agitó en dirección a ella.

Su primer instinto fue recular, pero no iba a tener menos agallas que un pájaro para defender lo que era suyo.

La espantó chillando y moviendo los brazos. No le importó parecer una loca.

No se dejaría vencer sin oponer resistencia.

Desechó las lágrimas con el dorso de la mano y se puso en pie de nuevo.

* * *

Natividad la recibió en la redacción de El Oriente como a una vieja amiga.

Nuria se quitó las gafas de sol —lo contrario sería muy raro— y reunió el valor necesario para enfrentar su mirada.

La recepcionista le devolvió una sonrisa cariñosa, abierta y sincera.

A pesar de sus recelos, no se le notaba en la cara que era una mujer maltratada.

Suspiró aliviada. Hasta ella misma podría olvidarlo por unos minutos.

—¡Nuria, qué alegría verte de nuevo! ¿Vienes a consultar la hemeroteca? —Nuria asintió varias veces—. Bien, dame un minuto que aviso a Román.

Nati cogió el teléfono y marcó la extensión del periodista. Pocos minutos después, Cueto bajaba las escaleras para reunirse con ellas.

—Me gustaría consultar los diarios que siguen —explicó—. La última vez me fui con prisa, pero antes de irme descubrí algo… diría que muy sorprendente.

—¿Algo sorprendente sobre Melgar? —preguntó Román como buen periodista.

—Sí, sí, sobre Melgar. Al parecer, cuando Mario regresó a Llanes venía acompañado de una joven mulata. Se llamaba Malena Bastida. Nadie sabía quién era, ni qué tipo de relación mantenía con él, pero todo el mundo especulaba al respecto. Se convirtió en la comidilla del pueblo.

—Eso que dices resulta muy interesante…

—Sí, aunque me temo que no es más que el principio. Tiempo después, vuestro periódico publicó el obituario de Melgar.

—Creo recordar que tuvo una muerte violenta —dijo Román frunciendo el ceño.

—¡Exacto! —exclamó complacida—. Veo que estás bien informado. ¿Y sabes a quién detuvieron por el asesinato de mi tatarabuelo?

—¿¡A la mulata!? —La respuesta del periodista era mitad afirmación, mitad pregunta.

Nuria abrió unos ojos enormes y enmudeció de asombro hasta que Cueto la sacó de su error:

—Nooo, no lo sabía —le aclaró riendo—. Solo es una manía que tengo: sumar dos y dos. La mayoría de las veces me equivoco por hablar demasiado; esta es la excepción.

—Tengo que seguir buscando, Román.

—¡Claro que sí! —afirmó Cueto comprensivo—. Espera en la biblioteca; ya sabes dónde está. Te subiré los archivadores en un periquete.

El periodista regresó poco después con dos cajas de cartón repletas de diarios. Se disculpó con ella por no poder acompañarla en la búsqueda. Tenía que redactar un «apasionante» artículo sobre la recogida del ocle, dijo, el alga de moda y la última obsesión de su jefe.

Nuria consultó un periódico tras otro. El Oriente de Asturias continuaba siendo un registro minucioso de los sucesos de la comarca, loas a personajes célebres y anuncios de los negocios locales.

Buscó sin encontrar nada. Absolutamente nada.

Ni una sola referencia a los Melgar. Ni una sola palabra sobre Malena.

Volteó las páginas a un lado y al otro. Arrugó la frente extrañada.

El rastro de su antepasado no podía haber desaparecido así como así.

Comprobó las fechas de los periódicos: 1892 y 1893.

Cueto se había equivocado con los archivadores. Faltaban los diarios de 1891.

Inquieta por no poder avanzar en sus pesquisas, se puso en pie.

No quería molestar al periodista, pero cualquier referencia a la muerte de Melgar tenía que estar en la prensa de aquel año.

El resto era perder el tiempo. Tomó una decisión.

Quizás abusaba de la buena voluntad de los empleados de El Oriente de Asturias , pero en tal caso tendrían que ser ellos mismos quienes se lo dijeran.

Natividad no le puso ningún reparo y telefoneó a Román de nuevo. Cueto la acompañó de vuelta a la biblioteca y revisó la fecha de los documentos. Comprobó los archivadores: 1892 y 1893. Guardó silencio y negó con la cabeza varias veces.

—Lo lamento —dijo con expresión compungida—. No has tenido suerte. Nuestra hemeroteca tiene pocas lagunas, pero me temo que nos hemos topado con una de ellas.

—¿Qué quieres decir?

—Ni el periódico se publicó todos los años, ni conservamos todos los ejemplares —afirmó con cierto pundonor.

—Y falta todo 1891 —dijo Nuria sin dar crédito a lo que oía.

—No sé qué decirte… Sigue buscando —propuso—. Puede que, años más tarde, encuentres alguna referencia a lo ocurrido. Es lo único que se me ocurre.

Aceptó el consejo de Román sin demasiado entusiasmo.

Le latían las sienes y en algún lugar de su cabeza comenzaba a gestarse una migraña.

Pasaba las hojas sin prestar interés. Las palabras se desleían como en una sopa de letras.

Agarró un nuevo ejemplar de El Oriente de Asturias ; ese sería su último interno.

Revisaba la portada del diario cuando un titular en la esquina inferior derecha captó su atención:

« LOS HEREDEROS DE MELGAR CIERRAN LA CASA AZUL ».

La noticia, escueta, se desarrollaba en estos términos:

«La muerte violenta de don Mario Melgar, notorio benefactor de la villa, fue un acontecimiento dramático y luctuoso.

La apertura del testamento del indiano y el posterior juicio por asesinato causaron gran revuelo entre los habitantes de Llanes.

Desde entonces, ha transcurrido más de un año, pero los herederos no superan la pérdida de tan insigne ciudadano.

Don Dimas Melgar y su esposa han trasladado su residencia permanente a Villa Amara, un magnífico inmueble situado en las inmediaciones de la playa de Estacones».

Eso era todo. Maldijo la discreción del periodista, tan ajena a su profesión.

Lo releyó para descubrir que ofrecía más preguntas que respuestas. ¿Quién era Dimas Melgar? ¿Y su esposa? ¿Acaso la buena mujer no merecía un nombre y apellido? ¿Y la polémica del testamento? ¿Qué contenía para provocar tanto revuelo en Llanes?

Pero lo peor de todo era la sombra proyectada sobre el juicio por asesinato, ese pasar de soslayo sin proporcionar un nombre o alguna vaga explicación de lo ocurrido. Ni una sola mención sobre Malena Bastida y su aciago destino.

Se enfadó. Mucho. Tuvo que reprimir el impulso de arrugar la página y tirarla a la papelera. La angustia, dura como una pelota de goma, serpenteaba desde su estómago hasta presionarle en el pecho, en la garganta; dolía.

Quiso gritar, pero su grito era un lamento que iba mucho más allá de la frustración por no obtener respuestas. El silencio de la biblioteca la disuadió de hacerlo. Si se portaba como una desequilibrada, perdería el favor de Román y de Natividad.

Regresaba al punto de origen, a la casilla de salida. Se sentía perdida. ¿Quién podría responder a sus preguntas después de tantos años? Necesitaba darse un tiempo para reflexionar…

Una idea prendió en su mente. ¿Cómo era posible que no se le hubiera ocurrido antes?

Tenía la fuente primigenia en sus manos, a su disposición.

Tenía que buscar las respuestas a sus dudas en el interior de la Casa Azul.

* * *

Los ruidos la arrancaron del sueño. De golpe, como si hubieran surgido de la nada, la casa se llenó de albañiles, fontaneros, carpinteros y demás gremios de la construcción, todos trabajando a un tiempo y a pleno rendimiento.

Aquel concierto de percusión sin ritmo ni pausas resultaba insufrible.

Bajó las escaleras con sigilo —algo innecesario entre tanto jaleo— y vio a su marido repartiendo instrucciones a diestro y siniestro.

Se escabulló de él subiendo los escalones de nuevo.

Se llevó la mano a la cara en un gesto instintivo.

Su rostro seguía tumefacto y dolorido y, por si fuera poco, los hematomas violáceos habían aflorado a su piel para delatar lo ocurrido.

No se sentía preparada para enfrentarse a Julio.

De hecho, dudaba si llegaría a estarlo en algún momento y, aunque su cuerpo clamaba por un café, se resignó a esperar hasta que la calma reinase de nuevo.

Continuó escaleras arriba, hacia el torreón del palacete.

Por increíble que pudiese parecer, todavía no había visitado esa parte de la Casa Azul.

Julio le había echado un vistazo cuando revisó el estado del inmueble y descartó que tuviese algún interés.

Ahora, Nuria quería sacar sus propias conclusiones.

La puerta de la habitación permanecía entreabierta.

La empujó con cuidado y, pese a ello, los goznes rechinaron molestos, acostumbrados al largo reposo.

La exigua luz de la estancia, como efímeros latigazos a la oscuridad, se filtraba a través de unas contraventanas desvencijadas.

Las abrió con el vago temor de que se vinieran abajo y aplasta sen a algún obrero.

La claridad reveló una miríada de molas de polvo que se agitaron por la repentina irrupción en su feudo.

El cuarto tenía planta hexagonal, grandes ventanales y un pequeño balcón que invitaba a asomarse al mundo.

Los muebles estaban cubiertos con sábanas, como fantasmas del pasado que se negaban a desaparecer.

Retiró las telas despacio para no remover más el polvo y las dejó en el suelo.

Dio un paso atrás y contempló el efecto.

Visto así, era un lugar sin carácter, huérfano de efectos personales u otros enseres, más allá de los aparatosos muebles que ocupaban grandes espacios.

Se acercó a un escritorio que reposaba apoyado en la pared.

Abrió cada uno de sus cajones con la esperanza de encontrar respuestas en su interior.

Nada. Acarició la superficie con la yema de los dedos.

Un desnivel en el tacto rugoso le llamó la atención.

Se agachó para verlo de cerca y encontró un nombre de mujer grabado en la madera: Malena.

El pulso se le aceleró: estaba en la habitación de Malena Bastida. Aquel misterio absorbente había dirigido cada uno de sus pasos hasta llevarla allí. Contempló el cuarto de nuevo, aunque esta vez con una mirada diferente:

«Qué extraña debió sentirse en un lugar como este», pensó. Al fin y al cabo, la muchacha venía de Cuba, de la tierra de la arena y el sol, y Asturias era la antítesis de todo aquello.

Buscó con más empeño.

Armarios desnudos. Cómodas vacías. Un dosel ajado del que colgaban telas de araña cubiertas de polvo.

Abrió la mesita de noche, tan desierta como el resto.

Al agacharse, creyó ver una sombra en el suelo.

Se arrodilló a sabiendas de la huella que quedaría impregnada en sus vaqueros.

Atrapado entre la pata de la cama y la pared, encontró un trozo de papel con forma rectangular.

Tiró de él con miedo de romperlo. Lo frotó entre el índice y el pulgar hasta quitarle la suciedad acumulada.

Era la estampa de un santo cristiano: san Juan Bautista con el báculo rematado en cruz en una mano y la concha en la otra.

El paso del tiempo había desvaído la imagen y sembrado marcas de humedad sobre el papel perlado.

Nuria se preguntó si sería de Malena, si le habría pertenecido a ella.

En alguna parte había leído que los cubanos practicaban una especie de religión que llamaban santería.

Usaban el santoral católico para ocultar las deidades importadas desde África por sus ancestros.

De esa manera, trataban de evitar la persecución de la Iglesia.

¿Qué dios africano escondía el Bautista? Y lo que era más importante aún: ¿alguno de los dos atendió las plegarias de la joven Malena, o la abandonaron a su suerte?

Lo único que tuvo claro fue que allí no encontraría la respuesta.

Guardó la estampa en el bolsillo trasero del pantalón y dejó la habitación cerrando la puerta con cuidado.