Diario de Amara
D IARIO DE A MARA
¿Cómo saber dónde reside el amor?
Esta es una pregunta que no he tenido que hacerme hasta ahora, aunque creo que la respuesta no será más sencilla por el mero hecho de haberla pospuesto.
Mi ignorancia en lo que respecta al amor y sus efectos se equiparaba a mi incultura sobre temas políticos y sociales.
Lo malo es que lo relativo a los sentimientos no podía solventarlo acudiendo a tertulias y conferencias.
Escuchaba a las mujeres cuando hablaban de sus maridos y sus amantes.
Retenía en mi memoria las quejas, siempre las mismas, y las expresiones mordaces.
Las mujeres formaban una especie de hermandad en la que el varón parecía ser el enemigo y, sin embargo, no concebían una vida sin él.
No tenía sentido, pero no me atrevía a juzgar: solo sabía lo que me contaban.
Conocí a Mario y Bruno en el Morronegro.
No fue un buen comienzo, ni siquiera prometedor: el primero estaba borracho y el segundo inconsciente.
Tomás, el propietario del local, iba a echarlos a la calle, donde no tardarían en robarles el dinero y hasta los zapatos, si no oponían resistencia.
No sé por qué me apiadé de ellos. ¿Tal vez porque eran jóvenes y guapos a rabiar?
No diría que no. Le pedí a Tomás que me ayudase a llevarlos al almacén.
Protestó, pero lo hizo. Les preparé un tónico, otro de mis inventos, que había demostrado tener un efecto vigorizante.
Esperaba que tuviese la misma eficacia para disipar los efectos del alcohol.
Apreté la nariz del desmayado y, cuando abrió la boca para respirar, le introduje el líquido en la garganta.
Sin piedad. Tragó a duras penas y parte del brebaje se le escapó entre toses y estornudos.
Luego me ocupé del otro que, aunque me miraba muy fijo, tenía los ojos vidriosos y no paraba de agitar las manos ante sí, como si pretendiera espantar una mosca.
«Confía en mí», le dije con ternura y, curiosamente, se aplacó.
Se bebió el tónico con idéntica avidez que el ron del Morronegro.
Decidí que lo mejor sería dejarles descansar un rato en el almacén, donde estarían seguros, y volver más tarde para comprobar si habían superado la borrachera.
Antes de irme, el más sobrio de los dos me agarró de la mano y tiró de mí hasta dejarme a un palmo de su rostro.
«Eres preciosa», me dijo y sonrió tratando de resultar seductor.
El aliento le olía a alcohol, estaba desaliñado y sus rasgos distorsionados por culpa de la bebida.
Aun así, sentí que se me cortaba la respiración.
Algo se me removió por dentro y esa inquietud me llevó a liberar mi mano con presteza.
Él me soltó sin oponerse y, cuando ya me marchaba, me gritó a la espalda: «Vuelve pronto, por favor».
Regresé media hora después y el tónico había obrado su milagro.
Ambos permanecían sentados donde los había dejado, apoyados en una barrica de ron, pero se les veía más lúcidos y despejados.
Cuando repararon en mi presencia, los dos se pusieron en pie como impulsados por un resorte.
Tenían una altura y complexión física similar.
Se acercaron y se presentaron con modales de caballero.
No pareció importarles que fuera mulata, pero eso no resultaba tan raro en La Habana, donde la escasez de mujeres reducía los prejuicios de los varones.
En la isla se formaban parejas, incluso matrimonios, que habrían sido impensables en la madre patria.
«Me llamo Mario, Mario Melgar», dijo el más espabilado de los dos.
«Y yo soy Bruno Bastida», añadió el otro con una timidez encantadora.
Los amigos, que según me contaron se habían conocido en el barco que les trajo a Cuba, vivían en una hacienda cercana a La Habana.
Asumiendo mi papel de sanadora, les regañé por sus excesos, como haría una madre con sus hijos.
Bruno se mostró más arrepentido que Mario.
La mirada de este, entre picara y divertida, logró que me pusiera nerviosa.
Los saqué del almacén de Tomás y me despedí de manera precipitada.
Fui desabrida a conciencia y les reproché haber malgastado demasiado tiempo en ellos.
Pensé que no volvería a verlos nunca más.
De hecho, una parte de mí deseaba no volver a verlos.
Claro está que me engañaba.
La noche siguiente regresaron al Morronegro.