El silencio de la casa azul 34 La revancha del amor
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34 La revancha del amor

La revancha del amor

La visita del alcalde y el sacerdote le había dejado una sensación extraña e incómoda de la que ya no pudo librarse.

El pasado, relegado al olvido durante más de veinte años, cobraba de repente un protagonismo inesperado.

La incertidumbre sobre la existencia de un hijo desconocido o nonato iba camino de convertirse en obsesión.

Quizás le vendría bien dar un largo paseo por la costa; respirar aire fresco siempre le había funcionado para aclarar las ideas.

Cogió el canotier , el bastón y se marchó sin despedirse de nadie por la puerta de atrás.

Atravesó el camino de lajas grises y se detuvo frente al panteón.

Tan solo quedaba un pequeño andamio en pie que usaba el escultor para dar los últimos retoques a la efigie del ángel armado con una espada.

Alguien había retirado la tela que la cubría.

El realismo de la estatua lo perturbó y se sintió juzgado y condenado por su mirada acusadora.

Mario se preguntó si el juicio final sería así de intimidante.

No tenía respuesta. Apuró el paso, pero no pudo evitar que un escalofrío le sacudiera el cuerpo.

Se alejó por los caminos que rodeaban la parte posterior de la finca.

Los siguió en dirección al Paseo de San Pedro, una extensión de arbolado y hierba que lindaba con los acantilados y ofrecía unas sobrecogedoras vistas al Cantábrico.

La brisa olía a mar y el aire estaba cargado de gotitas repletas de agua y sal.

Impelido por sus viejos fantasmas, tuvo la tentación de acercarse a la cabaña de pescador donde había seducido a Mina Lorenzo.

Descendía por el sendero que llevaba a la cabaña, cuando vio a dos personas paseando de la mano por la playa.

Reconoció a Malena de inmediato: el color de su piel y los atavíos de criolla resultaban inconfundibles.

¿Quién era el joven que la acompañaba? Aguzó la mirada para verlo mejor.

Parpadeó confuso, extrañado. Tuvo la sensación de que el mundo se le caía encima.

Negó con la cabeza varias veces. Cerró los ojos y los apretó con fuerza.

Al abrirlos de nuevo, la realidad no había cambiado: el muchacho era igual que su hermano Simón veinte años atrás.

Ofuscado por el singular parecido, tardó unos segundos de más en darse cuenta de que la pareja dejaba la playa y se dirigía al camino.

Tomó una decisión osada y se colocó justo en medio, donde Malena pudiese verlo.

Esperó, aunque tuvo la impresión de que el tiempo se detenía para él. Casi deseó que fuera así.

—¡Mario…! —gritó Malena sorprendida—. ¿Qué estás haciendo aquí? —Ella apuró el paso para ser la primera en alcanzarlo. Su mirada estaba repleta de dudas, pero tendrían que aguardar un momento mejor, puesto que él se le adelantó.

—¿Quién es el joven que te acompaña? Ignoraba que tuvieses amigos aquí…

—Es el hijo de la cocinera —contestó; esa era la respuesta más fácil. No quería mentir y tampoco quería abrirle su corazón a Mario.

—¿De mi cocinera? —preguntó perplejo. Entretanto, su cerebro se afanaba en atar cabos.

Malena asintió.

—Sí, el hijo de Alba…

—¡¿Alba?! ¡Qué dices! ¿Su madre se llama Alba Lorenzo? —preguntó agarrándola del brazo.

—¿Qué pasa, Mario? Me estás asustando.

Melgar reaccionó justo a tiempo. Lo último que pretendía era asustar a Malena.

Ella no tenía nada que ver con sus errores del pasado.

Necesitaba tiempo para pensar. Necesitaba enfrentarse a la hermana de Mina para aclarar las cosas de una vez por todas.

No podía tomar ninguna decisión sin conocer la verdad.

—No pasa nada, querida. No te preocupes… —dijo antes de irse, pese a que fuera mentira.

Si estaba en lo cierto, su vida estaba a punto de dar otra vuelta de tuerca.

Nada volvería a ser como antes.

* * *

Mario Melgar solo había amado una vez. Había jugado con sus mejores cartas, apostado fuerte y, aun así, perdió.

Él, que había ganado tantas veces en los asuntos del corazón sin darle la menor importancia, tuvo que conocer la amargura de la derrota.

Fue un trago duro. Todavía notaba el resquemor en el fondo de la garganta.

Jamás podría olvidar a Amara Alvarado, la mujer más maravillosa que había conocido nunca.

Ni siquiera la muerte había logrado borrar su impronta.

Solo tenía que cerrar los ojos para volver a ver su rostro: el óvalo perfecto, la mirada ambarina, la piel sedosa…

Por no decir que tenía a Malena, casi una réplica de su madre, para recordársela cada día.

Abrió el cajón de su escritorio y sacó la bolsita de arpillera que, entre tanta riqueza, se había convertido en su posesión más valiosa.

Deshizo la lazada, la aflojó y volcó un puñado de cauris en la palma de la mano.

Las conchas eran un regalo de Amara. Ella sabía que él no tenía talento para ver el futuro, ni siquiera para intuirlo, pero al menos su magia lo ayudaba a pensar.

Lo habría dado todo por conseguir a Amara, pero también se sentía orgulloso del modo en que la había perdido.

Ella eligió a Bruno, su mejor amigo. Bruno Bastida había sido un hombre ejemplar: generoso con las personas, optimista con la vida y luchador hasta su último aliento.

La suerte le había sonreído cuando sus caminos se cruzaron a bordo del bergantín Habana.

Los dos se enriquecieron a golpe de entusiasmo y esfuerzo.

Fue mucho más que un hermano, un compañero de aventuras.

Nadie mejor que él para entender la elección de Amara.

Le costó asumirlo, sí. Durante un tiempo se apartó de ellos y sufrió el desengaño como un animal herido.

Pero aceptar la relación de sus amigos y seguir a su lado fue la cosa más honorable y menos egoísta que había hecho en toda su existencia, y lo único que le reconciliaba con el dolor que había causado antes.

Enfrentado a sus dilemas, se preguntó qué habría esperado Amara de él.

Ella siempre fue como un faro en la tormenta, su brújula moral.

Su ejemplo le servía de inspiración, le decía lo que tenía que hacer, cómo y cuándo.

Los hijos, quisieran o no, heredaban las vidas de sus padres, pero sería demasiado injusto que también tuviesen que pagar el precio de sus pecados.

Malena no tenía la culpa de nada y su único deber era protegerla. Se lo había prometido a su madre.

Melgar tomó una determinación y devolvió los cauris a su lugar: ya habían cumplido con su misión.

Esperaba no errar.

No quería causar más daño.