33 The fool on the hill
The fool on the hill
Nuria desconocía las circunstancias concretas que habían reunido a su marido y a Rafael Sancristóbal.
Ni siquiera quiso profundizar en ello. ¿Para qué?
Ambos habían forjado algo parecido a una amistad basada en intereses comunes.
La caza, por supuesto; la pesca también y, por encima de cualquier otra cosa, la afinidad al régimen de Franco y su ideario.
Mentar al general Orlando Vallejo abría puertas y torcía voluntades, tal era el poder y la influencia del padre de Julio.
Sancristóbal los invitó a cenar en su casa y Julio aceptó de inmediato, sin consultarle, cómo no, pues buscaba congraciarse con él. Rafael ostentaba el cargo de comandante de la Guardia Civil y su esposo sabía que socializar con el «cuerpo» solo le aportaría ventajas.
El comandante Rafael Sancristóbal vivía, junto al resto de su familia, en una vieja casita de pescador cercana al puerto.
Si se dejaba a un lado la humedad y el pestilente olor que emanaba de la ría durante las mareas bajas, se podía encontrar cierto encanto en la rusticidad y el apiñamiento de las viviendas.
Sus balcones y corredores habían sido colonizados por las macetas de geranios y la ropa tendida.
La pareja subió unas escaleras estrechas y empinadas, cuya única virtud consistía en que eran pocas.
La puerta de la casa estaba pintada de azul cerúleo y tenía por aldaba un puño de bronce.
La madera se veía abollada y la pintura algo descascarillada en el lugar donde descansaba el puño.
Julio lo golpeó con fuerza y, poco después, les abrió una mujer con una niñita en brazos.
—¡Hola, hola! Pasad, por favor. Rafael está terminando de cambiarse.
No le gusta cenar con el uniforme puesto.
Os acompaño al salón —dijo la mujer un tanto aturrullada.
La niña, que se agitaba con fuerza, se echó a llorar justo entonces.
Su berrido, in crescendo , les taladró los oídos y provocó la aparición del padre al final del pasillo.
—¡Carmen, deja a la chiquilla en la habitación! —gritó haciendo aspavientos con las manos.
Carmen se azoró y se quedó atascada en mitad del pasillo. Miraba a los invitados, miraba a su esposo, sin terminar de decidirse. Sancristóbal la agarró del brazo y la empujó de malas maneras. La perdieron de vista, pero aún se oía el llanto de la pequeña.
—¡Maldita sea mi estampa! —Blasfemó el comandante con los brazos en jarras. Luego observó a Julio, dibujó una sonrisa lobuna y se acercó negando repetidamente con la cabeza—. ¡Bienvenido a mi casa, amigo! —Añadió, y le estrechó la mano con fuerza.
—Esta es Nuria, mi mujer.
Nuria se estremeció levemente: aquel «mi» le había sonado más posesivo que nunca. Se esforzó en sonreír a pesar de la tensión del ambiente. El aspecto de Rafael —el prototipo de guardia civil con mostacho abundante y mirada inquisitiva, casi acusatoria— no la ayudaba a relajarse.
—Gracias por invitarnos a cenar —dijo, y sin olvidar sus buenos modales, agregó—, tenéis una casa muy bonita, muy pintoresca.
—Y era verdad: las vigas de madera del techo, las paredes de piedra y las baldosas del vestíbulo, con tanta solera como bien conservadas, conformaban un entorno hogareño y acogedor.
La presencia de Sancristóbal era lo único que diluía esa impresión.
—¡Para casa, la vuestra! —exclamó jocoso, palmeando la espalda de Julio.
—Tengo mucho trabajo por delante hasta que consiga dejarla como quiero…
Las palabras de su marido, pronunciadas con una naturalidad pasmosa, consiguieron incomodarla de nuevo.
La Casa Azul formaba parte de la herencia de su padre, pertenecía a los Melgar, su linaje, pero Julio se la había apropiado, como hacía con todo.
Un intenso malestar ascendió por su cuerpo y se le agolpó en la garganta hasta formar una bola densa y pesada.
Cerró la boca. Guardó silencio. Si hablaba, sería para escupir su amargor y eso solo le causaría problemas.
Callar daba mejor resultado, aunque con ello se envenenase por dentro.
La tensión se mantuvo durante toda la cena como una especie de efluvio que emanase de sus cuerpos e impregnara la estancia.
Carmen se esforzaba en agradar, pero la sopa estaba insípida y el pescado seco, pasado.
Los hombres se excedieron con la bebida, perdiendo el poco control que tenían, y Sancristóbal apartó el último plato con un gesto despótico cargado de desprecio.
Una copa de vino tinto se derramó sobre la mesa y Carmen sofocó un grito.
Se retiró a la cocina en busca de un paño.
—Disculpad a mi mujer…; no sé qué coño le enseñó su madre.
No sabe hacer nada bien, ni siquiera la cena —declaró sirviéndose más vino—.
Julio soltó una carcajada forzada y arrimó su copa.
Nuria, incómoda, se removió en la silla.
Detestaba cada segundo, cada minuto y cada hora de aquella cena impuesta por su marido.
Y no era por la comida, no —la bola de malestar crecía en su garganta y apenas podía tragar—, sino por la prepotencia de los dos hombres sentados a la mesa.
—¿Piensas que tú lo harías mejor? —preguntó impelida por la rabia y el hartazgo. Se arrepintió de inmediato.
Julio dio un golpe en la mesa y ella se asustó. La cristalería de los Sancristóbal también se agitó. Nuria mantuvo la mirada baja, detenida en la superficie del mantel y en la mancha escarlata, como una niña pillada en falta.
—Deberías disculparte con Rafael. —Julio sonaba tenso, lleno de aristas.
La rebeldía pujó por salir a la superficie, pero la doblegó. Aun así, le sorprendió su fuerza. Tragó bilis y, antes de hablar, sintió cómo se depositaba en el fondo de su estómago.
—Lo siento, Rafael. Ha sido un error…
—Cada error tiene su penitencia —afirmó su esposo con una amenaza latente en la voz.
El resto de la velada transcurrió entre silencios y alcohol.
El matrimonio regresó caminando, envuelto en una nube de hostilidad y sin decir ni una sola palabra.
Una vez que atravesaron la puerta de la Casa Azul, la furia de Julio estalló en cientos de astillas puntiagudas y Nuria supo que tendría que pagar un precio por su «error». Rezó para que no fuese muy alto.
—¡Que sea la última vez que me avergüenzas en público! Eres una maleducada. No puedes hablarle así a mi amigo —gritó sujetándola del brazo. Los dedos de Julio se le clavaron en la piel como tenazas calientes. El dolor avivó la llama del rencor y ya no pudo esconderlo.
—¿Amigo? ¿Qué amigo? Si acabas de conocerlo… Rafael es un tipo despreciable. ¡Le detesto! —En realidad le despreciaba por ser el vivo reflejo de Julio. Todo lo que odiaba de uno, lo encontraba en el otro. Pero eso no podía decírselo a su esposo.
—¿Cómo te atreves? ¡Serás zorra! —La bofetada vino de repente, dura y lacerante; aunque fue mucho peor la indignidad que trajo con ella.
La humillación le impulsó a devolvérsela.
Ni siquiera era consciente de lo que hacía.
Le arreó un golpe torpe y desmañado, pero suficiente para despertar a la bestia.
Y Julio la soltó— solo un instante —para deleitarse en lo que iba a hacer.
Saltó como un depredador sobre ella. Le pegó un puñetazo en el estómago.
Nuria se plegó sobre sí misma para superar el intenso dolor.
Julio, ciego de ira, no tuvo compasión. La agarró del pelo, tiró con fuerza y le arreó una patada en el pecho.
El mundo de Nuria explotó y su cuerpo también.
Quiso gritar, pero se había quedado sin aire.
Derramó lágrimas de aflicción, de rabia y de miedo frente a un futuro que no dejaba ningún resquicio a la esperanza.
—Es culpa tuya —le dijo su marido desde arriba. No había el menor remordimiento en sus palabras; más bien lo contrario—. No vuelvas a desafiarme, Nuria. Tienes todas las de perder.
* * *
¿Cómo enfrentarse a la vida después de algo así? ¿Cómo atreverse a abrir los ojos para descubrir que la pesadilla es real, que el sufrimiento es real y que abarca toda la aflicción del mundo?
A la mañana siguiente, apenas podía moverse.
Cada ademán, cada gesto, venía acompañado de una descarga de dolor y de recuerdos.
Permaneció acostada, quieta, con la cabeza cubierta por la sábana y el odio envenenando su sangre y expandiéndose por todo el cuerpo.
Aborrecía a su marido, pero a su padre también.
Abel la había empujado al matrimonio con Julio para morirse poco después y dejarla sola con su verdugo; su egoísmo no tenía perdón.
El resentimiento se extendió hasta su madre, aunque sabía que ese era un pensamiento injusto.
No le importó, en aquel instante no. Las ideas grandilocuentes, como la justicia, la equidad o la mesura, se habían esfumado bajo el peso de su viacrucis.
Pensó en Malena, la joven acusada del asesinato de Mario Melgar.
La imaginó recluida en una cárcel de finales del siglo pasado: la penumbra, la humedad y el frío devorando cada esquina de la celda y de su vida.
Ella había sufrido su propio calvario. Nuria se preguntó si los secretos de los Melgar tendrían su origen en aquel crimen tan antiguo.
Necesitaba saber cómo se había resuelto.
O quizás necesitaba una razón para levantarse de la cama y no rendirse para siempre.
Trató de incorporarse. El dolor ascendió en oleadas, cada cual más intensa que la anterior, hasta que consiguió ponerse en pie.
Fue su primera victoria. Se contempló en el espejo.
La bofetada de Julio le había dejado un rastro de humillación en la cara.
Se maquilló para ocultarlo, pese a que el poso del maltrato en la piel no desaparecía por arte de magia.
Bajó las escaleras como si tuviese cien años y se preparó un café en la cocina.
Le añadió un poquito de leche, azúcar y lo removió con la cucharilla.
Lo dejó sobre la encimera. Todo lo cotidiano, todo lo que haría cualquier día normal, le recordaba que su vida ya no lo sería nunca más.
Nunca sería normal. Sus manos temblaron y tuvo que entrelazarlas para controlar el temblor.
Las lágrimas acudieron a sus ojos dotadas de voluntad propia.
Un gemido, similar al de un animal herido, le brotó de las tripas y se le atascó en la garganta.
Lo reprimió. Como había aprendido a hacer con tantas cosas que se quedaban atrapadas en su interior.
Apretó los ojos con fuerza. Respiró. Se dejó acunar por el ritmo de su respiración, por el latido del corazón.
Cuando estuvo preparada, los abrió de nuevo.
El café humeante la esperaba. Agarró la taza y miró más allá de las ventanas, hacia el jardín.
El jardinero, de espaldas a ella, rastrillaba las hojas vencidas por el viento.
Se dio la vuelta y la vio. Nuria le saludó con la mano, como habría hecho una niña pequeña.
Él se quedó parado unos segundos, pero no le devolvió el saludo.
Ella se azoró y se retiró de la ventana.
Se tomó el café. Pese al calor y al azúcar de la bebida, su amargor se le hizo hiel en el estómago.
Abandonó la casa por la puerta principal.
Al salir, echó un vistazo al cielo: el azul intenso, tan esquivo en el norte, reinaba en solitario.
Ni una nube cuestionaba su hegemonía. Dio un paso sin mirar dónde pisaba, tropezó y se habría caído de bruces de no ser porque alguien la sujetó.
Los culpables: una manguera y el jardinero de nuevo.
Ella no supo disimular su sufrimiento: se extendía por todo su ser como olas indómitas.
—¿Se encuentra bien, señora? —le preguntó el hombre extrañado.
Guarecida bajo sus enormes gafas de sol, al más puro estilo Jackie Kennedy, creyó que iba a desmoronarse de nuevo. Se esforzó en contener las lágrimas. No debía confiar en un hombre contratado por Julio. Tarde o temprano habría de pagar esa debilidad y el precio sería muy alto.
—Estoy bien —contestó antes de desembarazarse del brazo del jardinero. Se irguió, encontrando fuerzas donde ya no le quedaban, y se alejó de él con paso doliente.