Diario de Amara
D IARIO DE A MARA
La Habana que me encontré era como un polvorín a punto de estallar.
Me entristece pensar que no fui consciente de la situación política de Cuba hasta que puse un pie en sus calles.
Mi vida se había reducido a lo que sucedía tras los lindes de la Hacienda Alvarado, pero aquel mundo, tan pequeño y limitado, dejaba demasiadas cosas afuera.
Empecé a verlo mientras recorría la isla y lo confirmé cuando llegué a una capital en plena ebullición.
La ciudad está dividida entre los partidarios de la independencia y los leales a España, la madre patria.
Dos bandos irreconciliables condenados a convivir, al menos de momento.
Las discusiones, las injurias, incluso las peleas físicas, forman parte del día a día.
Una mujer sola y, para más inri, mulata y liberada, debe moverse por la ciudad con todos los sentidos alerta.
Lo primero que hice al llegar, fue buscar un alojamiento digno de mí.
Las familias pudientes viven en las mansiones y los palacetes de La Habana vieja.
Los negros libres y los blancos pobres lo hacen en los barrios nuevos, construidos más allá de una muralla que, una vez derribada, solo existe en la mente de los hombres.
Después de mucho callejear, encontré acomodo en La Criolla, una pensión regentada por una estadounidense que solo admite a mujeres sin importarle la raza.
La propietaria me cobró una semana por adelantado y no hizo preguntas sobre mi origen.
Se limitó a soltarme una retahíla de normas que, como los diez mandamientos, se resumen en dos: cuidarás de la habitación como si fuera tu casa y no permitirás que ningún varón entre en ella.
Más adelante supe que Lorna —así se llama la americana— renegaba de los hombres a causa de un desengaño amoroso que le rompió el corazón.
Los metía a todos en el mismo saco y no era capaz de perdonar una traición que la había dejado marcada a fuego.
Animada por las corrientes políticas y sociales que agitan la ciudad, frecuenté los cafés, las tertulias y los teatros donde tenían lugar encendidos debates.
Llegaba tarde, cuando las discusiones ya habían comenzado, y me ocultaba en una esquina, en la penumbra, para evitar las atenciones de los hombres.
Absorbía cada frase y cada argumento que allí se exponía.
Descubrí muchas cosas, aprendí otras, pero no tardé en decepcionarme: las ideas de ambos bandos están teñidas de una violencia carente de sentido.
Yo vine a La Habana para instruirme, para sanar a la gente y construir un mundo mejor.
Ellos solo pretenden destruir al adversario; sin darse cuenta de que, en ese proceso, también se destruyen a sí mismos.
No existe ideal que pueda sostener la violencia.
Después de un tiempo, olvidé la política y regresé a mis orígenes.
He recorrido las calles, los mercados, las casas de cura y los hospitales.
He visitado a los curanderos, los medicastros, los sacamuelas y las parteras.
Aprendí de todos ellos, aprendí hasta de sus trampas.
También he hecho acopio de hierbas, polvos, ungüentos, bálsamos y sanalotodos.
Mi bolsa guarda tesoros más valiosos que las joyas.
Le curé a Lorna un sarpullido que tenía en los muslos que la estaba consumiendo con su comezón; salvé al niño de una vecina que se había intoxicado con carne en mal estado; ayudé a una anciana para que su tos crónica la dejase dormir por las noches.
Su hijo, que regenta la taberna más popular y concurrida de extramuros, se ocupó de divulgar mi fama de sanadora entre toda su clientela.
También me asignó una mesa fija en el Morronegro, su local, para que pudiera reunirme con todo aquel que reclamase mis servicios.
Apenas llevo seis meses viviendo en La Habana y ya he formado una pequeña familia a mi alrededor.
Me cuidan, como yo lo hago con ellos, y me siento agradecida.
Paso los días sanando y las noches bailando y tomando ron en el Morronegro.
No sé cuál será mi siguiente etapa, pero prolongar esta me parece la mejor de las ideas.
Por primera vez, me siento joven, libre y llena de vida.
No quiero perder esa sensación tan maravillosa.