32 El faro
El faro
Trinidad, el ama de llaves de la Casa Azul, le había comunicado el día anterior que el alcalde y el cura vendrían a merendar.
Melgar, que aspiraba a convertirse en adalid de la ciudad, ordenó que les preparasen una merienda sustanciosa, a la par que distinguida.
La glotonería de don Lisardo era un secreto a voces y, con la boca llena y ocupada en masticar, el edil tendría menos tiempo para pedir limosna.
En las cocinas, aprovecharon la mañana entera —el señor comía fuera— para elaborar las empanadas y los pastelitos que degustarían los invitados.
Alba pintaba la superficie de las empanadas con yema de huevo al tiempo que vigilaba que sus ayudantas no se despistasen con sus tareas.
En particular, debía vigilar a Toya, la última en llegar a las cocinas, que se movía entre los fogones como pollo sin cabeza.
Alba ignoraba dónde la había encontrado Trinidad, pero estaba segura de que en otra cocina no.
Si hubiese tenido que apostar, habría dicho que se trataba de otra de las «filantropías» de Melgar, empeñado en borrar sus pecados a golpe de buenas acciones.
No le sería tan fácil: ella sería su juez y su memoria.
Alba le ordenó a la nueva aprendiza que batiese la nata para decorar los pasteles. Solo obtuvo un líquido blanquecino repleto de grumos y nada apetitoso. Trató de reprimir la irritación que iba en aumento y le encomendó una tarea sencilla en la que no podía fallar:
—Limpia y recoge todo lo que no estemos usando —dijo haciendo un gesto hacia el batiburrillo de cuencos, botes y demás utensilios que sembraban las superficies de la cocina. Siempre había detestado el desorden.
Toya se acercó a su puesto y se puso a revolver entre los tarros de hierbas con los que Alba había aderezado el relleno de las empanadas.
Alba separó uno de ellos y la muchacha fue colocando el resto en la alacena.
Limpió los posos con un trapo y, al coger la saca de harina para guardarla, derribó el recipiente que su jefa había apartado.
El olor de las hierbas, acre y penetrante, ascendió hasta ellas.
La muchacha arrugó la nariz y se agachó para poner remedio al desaguisado —otro más—, pero Alba la aventó de muy malos modos.
Su paciencia tenía un límite y Toya lo había sobrepasado con creces.
—¡Sal de aquí! —le gritó con acritud—. ¡Y no regreses a mi cocina hasta que aprendas a hacer algo bien…! —Se mordió la lengua antes de decirle nada de lo que pudiera arrepentirse más tarde y le dio la espalda. Luego se apuró en retirar los restos de hierbas.
Mientras limpiaba, tuvo la extraña sensación de que alguien la vigilaba. Alzó la vista un instante y miró hacia atrás, pero solo alcanzó a ver una sombra que se desvanecía tras la puerta.
* * *
Ismael se remangó la sotana para no ensuciarse los bajos con los charcos de barro que se acumulaban en los bordes del camino.
Un aguacero se había derramado sobre Llanes con más saña de la habitual, recordándole la importancia de la visita planeada por el alcalde: había afanes mucho más perentorios que los suyos.
La tormenta cesó de repente —tan pronto como vino, se fue— y el sol salió de nuevo.
En la villa la habrían olvidado con igual rapidez, de no haber sido por los charcos y el poso de humedad que dejó sobre todas las superficies.
Don Lisardo le esperaba ante la cancela de la Casa Azul, como si no se atreviese a entrar sin compañía.
Probablemente fuera así. Ismael se había preguntado muchas veces qué razones podían impulsar a un hombre tan parsimonioso a ser alcalde de Llanes, y sospechaba para sí que la ambición de Brígida y su afán por figurar estaban detrás.
Don Lisardo sufría el purgatorio del matrimonio en vida; una lástima, porque era un buen hombre.
En el cielo lo recibirían con los brazos abiertos en cuanto llegase su hora.
—Supongo que vienes cargado de razones —dijo Ismael antes de cruzar la cancela.
—Me incomoda hacer de pedigüeño —reconoció el alcalde quejumbroso.
—Y por eso me has pedido que te acompañe, porque soy el cura y estoy acostumbrado a mendigar… —le espetó el sacerdote con sarcasmo. Lisardo se limitó a encogerse de hombros, pues sabía que, en el fondo, tenía razón.
Una sirvienta vestida de negro y cubierta de puntillas blancas los acompañó hasta el salón.
Ismael reparó en que el uniforme de la criada encajaba a la perfección con el tablero de ajedrez que reproducía el suelo del vestíbulo.
Melgar los recibió en pie. Primero saludó al alcalde, con quien mantenía una relación bastante cordial, y después le tendió la mano a él, acompañada de una sonrisa que parecía sincera.
El sacerdote se esforzó en ocultar su aversión, a pesar de que no le resultaba nada fácil.
Se obligó a recordar que no estaba allí por él, que había vidas en juego y que debía cumplir con los dictados de su conciencia.
Mientras les servían la merienda, aprovechó para observar a Mario con atención: el indiano mantenía el porte de antaño, pero sus facciones acusaban los veinte años transcurridos desde que emigró a Cuba.
«El tiempo pasa para todos —pensó Ismael—; para todos menos para Mina, que yace muerta extramuros desde hace dos décadas».
El rencor añejo se transformó en un reguero de bilis que le inundó el estómago.
Ya no sería capaz de probar bocado, por delicioso que estuviese.
—El faro se averió durante la última galerna que asoló la costa de Llanes y los expertos afirman que la reparación será costosa.
El ayuntamiento carece de recursos para sufragarlo.
Los pescadores no pueden faenar de noche y, si no le ponemos remedio, no tardará en ocurrir una tragedia —dijo el alcalde, que traía el discurso preparado de casa.
Mario asintió como el que oye llover. Ya le había donado al pueblo una pequeña fortuna: el colegio para niñas, la ampliación del hospital… Estaba comprando la gloria a precio de oro y nunca parecía ser bastante.
—Tú fuiste pescador antes de emigrar… —afirmó el sacerdote fijando sus ojos en él. Esa mirada, que lograba desnudar el alma, lo removió por dentro. Mario recordó la noche en que naufragó en las proximidades de la Roca del Diablo junto a su hermano Simón y lo cerca que llegaron a estar de la muerte.
—Y estuve a punto de hundirme en una noche huérfana de luna y estrellas —señaló más bien para sí mismo.
—Entonces, comprenderás la falta que hace reparar el faro y la de vidas que salvará tu buena obra —añadió Ismael, y tuvo que emplearse a fondo para evitar que se le atascasen las palabras.
—El pueblo siempre necesita dinero para algo —replicó Melgar, pese a que ya estaba convencido: su hermano era uno de esos pescadores que se beneficiaría de la reparación.
No obstante, se le ocurrió que podía cobrarse el favor.
¡Qué menos! Seguro que entre el alcalde y el sacerdote manejaban más información que el común de los mortales.
Se animó a preguntar; no perdía nada por intentarlo—.
Hace veinte años, antes de emigrar a Cuba, conocí a una joven que se llamaba Mina Lorenzo.
Mi hermano Simón me contó que, por desgracia, Mina falleció muy joven, pero me gustaría saber si tuvo algún descendiente y, de tenerlo, si vive en Llanes.
Don Lisardo abrió unos ojos enormes, fruto de la extrañeza, y se removió de lo más incómodo en la silla.
El padre Ismael no se inmutó: su rostro era una máscara carente de emoción.
Ambos guardaron silencio y Melgar lo entendió.
Mina se había arrojado por un acantilado y, en los lugares pequeños, tragedias como la suya pervivían a pesar del tiempo transcurrido.
Las heridas se mantenían abiertas y jamás llegaban a cicatrizar por completo.
Pero él necesitaba saber. Se sorprendió al percatarse de esa realidad: de lo mucho que necesitaba saber. Solo el alcalde se atrevió a responder:
—Fue una desgracia tremenda —narró con voz apagada—.
Todavía recuerdo el dolor de su hermana.
Por aquel entonces, yo era carabinero y estaba patrullando en la playa cuando encontraron el cuerpo.
Las olas lo condujeron hasta la orilla. Avisaron a la familia y su hermana llegó poco después.
No quería soltarla. No paraba de gritar: «¿Por qué me dejas tan sola? , ¿por qué…?».
Mario apretó los ojos para tratar de borrar la imagen que, fruto de la imaginación, cobraba forma en su mente.
Sin embargo, la culpa era una emoción muy poderosa y no bastaba con mirar hacia otro lado para vencerla.
Había llegado el momento de enfrentarse a los fantasmas del pasado y de saldar sus deudas con la vida.
—¿Tenía hijos? —preguntó, sintiendo que las palabras formaban una bola de esparto atascada en su garganta.
El padre Ismael abandonó su mutismo y negó con la cabeza. De repente parecía molesto, incluso enfadado, como si intuyese que Mario tenía alguna responsabilidad en la muerte de Mina. No era posible; no lo creía. ¡Qué podía saber un cura de pueblo de la vida de los hombres!
Al indiano se le olvidaba que los sacerdotes conocían mejor que nadie el lado oscuro de las personas.
Fue don Lisardo quien habló de nuevo:
—Creo recordar que estaba soltera, pero su hermana Alba tiene dos hijos…
Ella podría informarte mejor —el regidor miró a Ismael buscando su aprobación.
El cura frunció el ceño; un gesto que no le pasó desapercibido a Melgar.
De pronto, todas las piezas encajaron en su memoria: las hermanas Lorenzo bailando juntas en las fiestas de la Magdalena.
Mina y Alba, Alba y Mina. Lo difícil que le había resultado separar a la una de la otra; los reproches de Alba cuando supo que iba a emigrar a Cuba; la noticia del supuesto embarazo de Mina; su huida…
Pero no había ningún rastro del hijo de Mina, de su hijo… ¿Dónde estaba?
Una idea descabellada, una posibilidad incierta, penetró en su mente y ya no pudo liberarse de ella. Cruzó la mirada con el sacerdote y la apartó veloz temiendo que pudiese leer en él. Necesitaba tiempo para pensar.
—De acuerdo. Pagaré la reparación del faro —concluyó poniéndose en pie con inesperada agilidad. El alcalde tragó a duras penas el último pastelito de crema y le imitó. Antes de irse, y a modo de presente, le entregó al indiano una botella que contenía un líquido rojizo.
—Licor de guindas —explicó—. Es un manjar del cielo —bromeó señalando a Ismael. Melgar lo aceptó sin darles las gracias, dejó el recipiente sobre el escritorio y los acompañó a la puerta del salón. Al verlos partir, un nuevo interrogante acudió a su cabeza, aunque esta vez se lo guardó para sí:
«¿Por qué sabe el cura que fui pescador?».