El silencio de la casa azul 31 Let it be #3
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31 Let it be #3

—Pues sí. Se extienden por todo el oriente de Asturias: Llanes, Ribadesella, Colombres…

Son un auténtico placer para quien ama la arquitectura o para quienes, simplemente, aman la belleza —el periodista hizo una pausa y sonrió.

Sus ojillos, de un azul desvaído, brillaban de excitación—.

Podría pasarme horas hablando de los indianos y su legado, pero no creo que hayas venido a eso. Dime, Nuria, ¿qué puedo hacer por ti?

—Me avergüenza reconocer que apenas sé nada sobre el pasado de los Melgar.

Ni siquiera conocía la Casa Azul. Mi padre jamás me trajo a visitarla.

Es más, tampoco recuerdo que me hablase de ella —tragó saliva con esfuerzo; se le había formado un nudo en la garganta y no quería llorar—.

Su albacea me contó que había pasado algunos veranos aquí.

Necesito saber por qué mi familia le dio la espalda a la casa. Es difícil de entender…

Gueto permaneció en silencio unos instantes y Nuria comenzó a sentirse incómoda. Era consciente de que sus emociones estaban a flor de piel y se transparentaban en cada una de sus palabras. Las del periodista, sin embargo, consiguieron romper aquel compás de espera, tan absurdo como embarazoso.

—Nati ha estado muy acertada —afirmó haciéndole un guiño a la recepcionista—.

Discúlpame si resulto algo pedante por decirlo así, pero soy la persona que mejor conoce el pasado de Llanes.

Me he convertido en lo más parecido a un cronista que tiene la villa.

A ver qué puedo contarte de memoria… Sé que Melgar ordenó construir la Casa Azul en 1889 y que regresó a Llanes apenas un año después.

La ciudad se puso de gala y lo recibieron en la plaza Mayor como a un rey.

En cierto modo, lo era. Melgar les había donado una cantidad ingente de dinero y con ella pudieron ampliar el hospital, construir una escuela y reparar el faro…

Date cuenta de que Llanes siempre ha sido una villa marinera, de modo que sin el faro en uso habrían perecido centenares de hombres.

Pero ven, acompáñame a los archivos y podrás verlo con tus propios ojos.

Nuria lo siguió fascinada. Cueto, como buen periodista, tenía una maravillosa habilidad para contar historias y envolver con ellas a quien tuviera delante.

Descendieron las escaleras que conducían hasta el sótano y el hombre sacó un copioso manojo de llaves para abrir la puerta, encendió unas luces que titilaron varias veces hasta adquirir consistencia, y le cedió el paso al interior de una sala de gran tamaño.

El lugar estaba abarrotado de estanterías que rozaban el techo, repletas de cartapacios, legajos y archivadores de cartón.

Parecían a punto de caer una sobre otra, como las piezas de un dominó.

La sala olía a humedad y a papel polvoriento.

—No te asustes —recomendó Román con una sonrisa traviesa—; a la hemeroteca del Oriente solo le quedan quince años para ser centenaria y, desde el primero hasta el último, todos los diarios están almacenados aquí —se detuvo ante uno de los primeros armarios y se subió a una escalera de tres peldaños.

Tuvo que estirarse un poco para alcanzar el archivador que buscaba.

Lo sacó con esfuerzo, dado que habían aprovechado el espacio a conciencia—.

Creo que deberías empezar con 1889 y de ahí en adelante. ¿Qué te parece?

—Me parece estupendo —dijo cogiendo el archivador que le entregaba—. ¿Hay algún lugar donde poder consultarlo? —preguntó tras echar un vistazo alrededor.

—Aquí no, desde luego; estarías muy incómoda. Tenemos una especie de biblioteca en la planta de arriba. Quizás sea una obviedad decirlo, pero los diarios no deben salir de nuestras oficinas. Algunos serían imposibles de reponer.

—Por supuesto. No se me ocurriría…

—Lo sé, lo sé —dijo agitando la mano para restarle importancia—. El director nos obliga a decirlo —añadió en tono jocoso—. Te acompañaré arriba y podrás rebuscar a gusto en el pasado de tu familia.

Las publicaciones de El Oriente de Asturias se remontaban a un tiempo donde los avances tecnológicos solo formaban parte de las novelas de Julio Verne: carecía de imágenes y tanto el papel como la impresión revelaban su solera.

Buscó con avidez entre las páginas de un periódico que mostraba una evidente predilección por las aventuras y desventuras de los indianos que regresaban a Llanes con los bolsillos repletos y muchas ganas de vaciarlos.

No tardó en encontrar la huella de su tatarabuelo.

Parecía un buen comienzo. El titular, impreso en tinta negra como la noche, le saltó a la cara:

« EXPECTACIÓN POR LA LLEGADA A LLANES DE DON MARIO MELGAR Y SU ENIGMÁTICA ACOMPAÑANTE ».

—¿Enigmática acompañante? —murmuró intrigada. Nuria continuó leyendo para descubrir que su tatarabuelo se había apeado de la diligencia junto a una mulata, de nombre desconocido, que había despertado la curiosidad y las habladurías de todo el pueblo. El diario no explicaba nada más.

Consultó un ejemplar tras otro: esquelas, muchas esquelas; noticias sobre los indianos oriundos de Llanes, retornados o no; anuncios de todo tipo, pero ni rastro de Mario y la mulata.

Ni rastro hasta que descubrió el obituario de Mario Melgar.

Una página entera del periódico ensalzaba las virtudes y proezas de aquel ciudadano ejemplar.

Se sorprendió al comprobar la fecha: jamás habría imaginado que la presencia de su tatarabuelo en Llanes hubiera sido tan breve.

Su huella parecía estar por todas partes, dando una impresión equívoca.

Es más, no había ninguna referencia a su mujer e hijos.

Se sintió atrapada por las peculiaridades de la historia de sus antepasados y continuó investigando: una página más, otro ejemplar, un nuevo diario…

; y entonces se encontró con la auténtica sorpresa, lo impensable, una noticia en primera plana que, ochenta años después, resultaba igual de inconcebible: « LA POLICÍA DETIENE A MALENA BASTIDA, LA CUBANA SOSPECHOSA DEL ASESINATO DEL INDIANO MARIO MELGAR ».

Leyó el artículo con avidez, devorando cada una de sus palabras.

Malena Bastida, la mulata cuya identidad había sido la comidilla de todo el pueblo, era la principal sospechosa del asesinato de Mario Melgar.

Se hablaba de venenos, de herencias polémicas, de maldad y codicia desmedida.

La animadversión del periodista hacia la joven Malena se traslucía en la forma de redactar la noticia; tal vez por ser foránea, tal vez por el color de su piel.

Solo él podía saberlo y hacía mucho tiempo que estaba muerto.

Nuria quiso conocer el desenlace del suceso, pero se le agotó el material que le había facilitado Cueto.

El resto de la historia aguardaba acumulando polvo en el sótano.

Tuvo la tentación de buscar al periodista para pedirle más ejemplares de El Oriente de Asturias .

Consultó el reloj: se le hacía tarde y sus ojos protestaban martirizados por las letras del diario, que eran como hileras de hormigas.

Además, tenían un compromiso para cenar.

Julio estaba empeñado en codearse con lo mejor de la ciudad. Se frotó los ojos con fuerza.

El misterio de Melgar y Malena, como tantos otros, tendría que quedar pospuesto para un nuevo día.