31 Let it be #2
Nuria miró los papeles y contuvo un suspiro.
Su cabeza bullía repleta de dudas, de preguntas que exigían respuestas.
La necesidad de saber se tornó más pujante al verse alimentada por la obstrucción de Julio.
Su presencia en la reunión, aun cuando era inevitable, solo hizo que se sintiese insegura y coartada.
Odiaba que las mujeres no pudiesen resolver sus asuntos sin la tutela de un hombre.
—He oído decir que vais a reformar la Casa Azul. ¡Me parece una idea magnífica! —exclamó Herrera sonriente—. Esa maravilla merece una segunda oportunidad para ser vivida.
Nuria levantó la vista de los documentos, que para entonces formaban un borrón de letras, y le devolvió una sonrisa desganada.
La idea de rehabilitar la mansión era cosa de Julio.
Él, como dueño y señor de las vidas de ambos y de todo lo que formaba parte de ellas, había decidido que ese sería su próximo proyecto, y su mujer no tenía ningún derecho a cuestionarlo.
Cuando le preguntó qué iba a suceder con la barriada de Madrid —el que fuera su último plan antes de contraer matrimonio—, Julio aventó la mesa donde estaban sentados hasta dejarla atrapada contra la pared.
La vajilla de porcelana y la cristalería fina, regalo de sus suegros, se derramaron por el suelo y estallaron en pedazos.
Ella no se atrevió a moverse. Se quedó paralizada de miedo, como los animales indefensos ante el acecho de un depredador.
Guardó silencio y aprendió una nueva lección: no debía formular preguntas, a menos que conociera la respuesta.
* * *
Las evasivas de Herrera, motivadas en parte por el inoportuno arranque de Julio, no hicieron más que avivar el interés de Nuria.
Lo sucedido desde la muerte de su padre la empujaba a investigar sobre la Casa Azul y la historia de su familia.
Tanto hermetismo solo podía obedecer a una razón: el deseo de ocultar algo.
Pero ¿qué podía ser ese «algo»? Nunca se había preocupado del pasado de los Melgar, al menos, no del más remoto.
Apenas sabía nada de sus bisabuelos, de sus tatarabuelos…
El suicidio de su madre y la deriva emocional de su padre consiguieron absorber por completo su capacidad de obsesionarse, aunque ahora le parecía una cobardía seguir cerrando los ojos.
Puede que fuera la soledad la que impulsaba su necesidad de conocimiento en aquel entonces.
De ser así, no le importaba. Quizás hallase algún consuelo en los fantasmas del pasado, en los espíritus de los Melgar.
Al fin y al cabo, ellos representaban la única familia que le quedaba.
Sopesó la posibilidad por un tiempo, hasta que tuvo una idea para empezar a indagar: podía consultar los periódicos de la época en busca del rastro de los Melgar. Estaba convencida de que habría alguna hemeroteca en la ciudad.
Su marido se había reunido con el contratista que iba a ejecutar las obras y llevaba días dibujando croquis y bocetos a lápiz de la reforma que quería afrontar.
Julio tenía un brillo febril en la mirada, como si el palacete se hubiese convertido en su nueva obsesión, su absoluta prioridad.
Aquel capricho de su esposo la había relegado a un segundo plano, pero también le concedía unas horas de libertad para poder investigar a gusto, sin tener que dar explicaciones a nadie.
Antes de salir, se acordó de coger la Leica M3 de su madre y se la colgó del cuello.
Aún no había hecho ni una fotografía de Llanes.
Luego rodeó la casa para recorrer el jardín posterior.
Su primera visita la había decepcionado: una selva reseca y mustia repleta de matojos, maleza y ramas muertas.
Lo único salvable allí eran las palmeras que el indiano ordenara traer de Cuba.
Seguían en pie aunque, como el resto de la finca, acusaban el paso de los años y, sobre todo, el olvido.
Un camino de lajas grises, semienterrado por las malas hierbas, captó su atención.
Le resultaba vagamente familiar. Se detuvo ante él, justo al principio, y entonces le vino a la mente la pesadilla del panteón, la siniestra amenaza que se escondía en el interior del mausoleo de mármol.
Sus pies se negaron a avanzar y tampoco quiso mirar más allá.
Un movimiento a su derecha la asustó y, de pronto, recuperó la misma sensación de miedo que había tenido mientras soñaba.
A un par de metros de ella, un hombre arrancaba hierbajos ajeno a su presencia.
Vestía un mono de trabajo azul añil, similar a los que usaban los mineros.
Nuria reparó en la carretilla donde se amontonaban las plantas desechadas y su tensión se rebajó.
El tipo cogió un brazado de malas hierbas e iba a depositarlo en la carretilla, cuando la vio.
Se quedó parado durante unos segundos, pero su rostro apenas cambió de expresión.
Era un hombre joven —apenas habría cumplido los treinta—, alto y delgado, aunque su espalda y los antebrazos que asomaban bajo las mangas del mono estaban bien definidos.
—¿Quién eres? —le preguntó.
—Soy el jardinero, señora —respondió encogiendo los hombros, como si la respuesta fuera evidente. Y lo era; claro que sí. ¿Quién iba a ser, si no?
Nuria no pudo evitar un ramalazo de irritación.
—Mi marido no me advirtió de que hubiese contratado un jardinero —arguyó enojada con Julio.
La Casa Azul le pertenecía, el jardín también, pero su esposo tomaba todas las decisiones sobre la propiedad sin tenerla en cuenta. Es más, ni siquiera le había informado de esta. Se sintió impotente.
El jardinero la miró a los ojos y no los apartó de allí; los de él estaban tristes.
Nuria se quedó atrapada en aquella mirada melancólica y en la curiosidad que despertaba, aunque el lazo, demasiado frágil para resistir, se quebró en un instante y fue como si nunca hubiera existido.
Él prosiguió con su labor y posó los hierbajos sobre el montón apilado en la carretilla.
—Quizás debería hablar con su marido —le dijo en un tono muy bajo, esta vez sin mirarla.
Nuria se sintió tan pequeña, tan absurda, que no supo qué decir ni cómo despedirse. Se limitó a alejarse, agarrada a la Leica como a un salvavidas. Apuró el paso sin echar la vista atrás.
* * *
La redacción de El Oriente de Asturias se hallaba al otro extremo de la ría que cortaba la villa como un tajo. Apenas conocía Llanes, pero no tardó en advertir que todo se reducía a seguir los cursos del agua: el salvaje litoral custodiado por el mar y los márgenes del río Carrocedo.
La recepcionista del periódico, una mujer de mediana edad con gafas de pasta y un rostro agradable, mostró gran entusiasmo cuando le contó que era descendiente de Mario Melgar.
El indiano había dejado tal impronta en la ciudad, que a nadie le resultaba ajeno.
La mujer le confirmó que existía una hemeroteca que se remontaba nada menos que al año 1885.
El Oriente de Asturias había sido y seguía siendo la memoria de Llanes, le explicó con orgullo.
—Apenas sé nada del pasado de mi familia —reconoció Nuria un tanto avergonzada—. Ni siquiera se me ocurre por dónde podría empezar…
La mujer la observó por encima de los lentes. Su expresión recordaba a la de una madre atribulada por las dudas y los titubeos de su hija adolescente.
—Hummm… —musitó pensativa—. En eso a lo mejor podría ayudarte Román. Espera un momento, que ahora mismo lo llamo.
Antes de que Nuria tuviera tiempo de preguntarle quién era Román, la recepcionista ya estaba marcando un número en el teléfono de disco.
—¿Román? Soy Nati. ¿Puedes bajar a recepción? —…
—…
—Sííí, claro que quiero que bajes ahora; para eso te llamo —respondió la mujer levantando la mirada al cielo—.
Tenemos a una Melgar en El Oriente de Asturias —le guiñó un ojo a Nuria con complicidad—.
Vale, no tardes —dijo alargando mucho la «a» del vale.
Luego colgó—. Si no lo tenemos aquí en menos de un minuto, es que no entiendo nada de hombres… ni de periodistas.
—Disculpe mi ignorancia, pero ¿quién es Román?
—Es uno de nuestros periodistas de siempre. Lo que Román no sepa de Llanes, no lo sabe nadie. Él te dirá por dónde empezar a buscar.
Nuria le agradeció la ayuda. La mujer hizo un gesto con la mano para restarle importancia y atendió una llamada mientras esperaban al periodista.
Un hombre de unos sesenta años, cabello ralo y orejas de soplillo bajó las escaleras con agilidad y se acercó a ellas con una ceja enarcada y los ojos repletos de preguntas.
—Soy Román Cueto —dijo a la vez que le tendía la mano.
—Nuria Melgar…
—¿De los Melgar de la Casa Azul? —preguntó el periodista muy interesado.
—De los Melgar de la Casa Azul —reconoció ella, repitiendo sus palabras.
—¡Vaya, vaya! ¡Qué grata sorpresa! Ha estado abandonada tanto tiempo… que casi olvidamos que tenía dueño. ¿En qué puedo ayudarla, señorita?
—Señora —le aclaró—, pero llámeme Nuria, por favor.
Mi padre, Abel Melgar, falleció recientemente y, al abrir el testamento, descubrí que la Casa Azul formaba parte de la herencia.
Supongo que él fue su último dueño. Mi marido y yo viajamos a Llanes para verla en persona.
Julio es arquitecto y se enamoró del palacete en cuanto le puso el ojo encima, así que decidimos quedarnos aquí para reformarlo.
—No me extraña el romance de tu esposo con la Casa Azul —afirmó el periodista—. Y eso que ya la conoció en decadencia. Si conseguís devolverle parte de su esplendor, no tendrá parangón en toda la comarca. Y te estoy hablando de un entorno repleto de palacetes de indiano.
—¿Tantos hay? —preguntó curiosa.