El silencio de la casa azul 31 Let it be
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31 Let it be

Let it be

Viajaron por carreteras enroscadas, devoradas por la bruma y asediadas por una vegetación que parecía aguardar su paso para lanzarse a conquistar los caminos y borrarlos del mapa.

Era un derroche de naturaleza en estado puro; un verdor de todos los matices que provocaba una especie de síndrome de Sthendal, aunque la mano del hombre no hubiera intervenido en su creación.

Aun así, el paisaje también tenía algo de inquietante y empujaba a preguntarse qué se escondía tras el follaje.

Llegaron a su destino una tarde de principios de agosto.

Estacionaron el coche en las proximidades del puerto y, al bajar del vehículo, Nuria inspiró el aire de Llanes: olía a mar, a salitre y algas.

Volvió a inhalar, hasta llenarse las fosas nasales, para descubrir que la villa olía a algo más, a una singular mezcla de rusticidad y abolengo.

Le gustó de inmediato, como un amor a primera vista.

Pasearon por las calles del casco antiguo, plagado de capillas, casonas con blasón y mansiones solariegas; de continuo, con la sensación de estar inmersos en otra época suspendida en el tiempo.

Tuvieron que preguntar un par de veces a los lugareños, hasta dar con el palacete de los Melgar, situado en el paseo de Posada Herrera.

La reconocieron por el color que teñía sus paredes: la Casa Azul era un inmueble imponente.

Ambos se quedaron muy quietos, mudos de asombro y admiración, pese al aura de lugar olvidado del edificio.

La grandeza con que había sido concebido pervivía en sus muros.

Julio fue el primero en romper el silencio:

—Es el mejor regalo del mundo para un arquitecto —afirmó fascinado.

Nuria le miró sorprendida, incluso molesta.

La Casa Azul no era un regalo para Julio.

No lo era ni lo sería. «Es mía —pensó—, esta casa forma parte del legado de los Melgar, del linaje de mi padre, ese que tanto desprecias».

No se atrevió a decírselo a él. Su marido quería apropiarse de algo que había pertenecido a los Melgar desde hacía casi un siglo. No tenía ningún derecho. ¿O sí?

Habían viajado a Llanes con la idea de arreglar los papeles de la herencia y hasta de vender el palacete si conseguían un buen postor.

Ese era el plan original, pero a veces los planes se tuercen, se rompen.

Ninguno de los dos imaginó que Julio se encapricharía de la Casa Azul.

La previsión que llevaban cambió en el instante en que él decidió, sin consultarlo con ella, que se quedarían allí.

Atravesaron unos jardines frondosos, colonizados por la maleza y las plantas trepadoras.

Abrieron la puerta principal, que rechinó sobre los goznes oxidados, como si llevase cientos de años cerrada.

Se adentraron en la mansión, donde todo crujía y protestaba a su paso.

El polvo, aliado del tiempo, formaba una espesa capa grisácea que cubría cada superficie del lugar y la suciedad de las ventanas apenas dejaba pasar la luz al interior.

La sensación de que el día tocaba a su fin resultaba más perentoria entre las paredes de aquel edificio abandonado.

—Nos quedaremos unos días en el hotel. Entretanto, habilitaré una pequeña zona de la mansión y viviremos aquí mientras reformamos la casa —la determinación de Julio, tan repentina como firme, no dejaba resquicio a dudas y Nuria estaba demasiado cansada para plantear objeciones.

Se alejó de él y recorrió la planta baja del palacete tratando de ordenar sus ideas.

El desconcierto le nublaba la mente y le impedía pensar.

Su vida, o algo parecido a una vida, estaba en Madrid.

No tenía nada claro que quisiese mudarse a Llanes, ni siquiera de manera temporal.

Por otro lado, su curiosidad crecía alimentada con cada nuevo detalle que se revelaba ante ella.

«¿Por qué nunca me hablaron de esto? ¿Por qué tengo tantas lagunas sobre el pasado de mi familia? ¿Qué querían ocultar?».

Las preguntas se fueron amontonando en su mente hasta sentar las bases de un misterio:

¿Qué pudo suceder tras los muros de la Casa Azul para que los Melgar levantasen semejante pared de silencio?

* * *

El despacho del letrado formaba parte de una casona medieval de sillares de arenisca presidida por un escudo nobiliario.

En el blasón, desgastado por el paso del tiempo y de los elementos, figuraba un león rampante enfrentado a una cruz templaria.

Nuria lo observó con atención, pese a que no estaba familiarizada con los símbolos de la heráldica.

Más adelante supo que era el escudo de Llanes.

Se adentraron en el vestíbulo, decorado con un sinfín de macetas de geranios rojizos, y subieron unas escaleras de piedra hasta llegar a la primera planta.

La puerta del bufete, de madera vieja y labrada, aparentaba tener tantos años como el resto del edificio.

Alguien había cometido la aberración de atornillar sobre ella un letrero de latón que rezaba: Don Luis Herrera, Abogado .

El letrero se había herrumbrado por las esquinas, como si envidiase la vetustez del inmueble y pretendiese imitarla.

Pulsaron el timbre de plástico —también demasiado moderno para aquella atmósfera tan medieval— y tuvieron que esperar un buen rato hasta que una mujer de mediana edad les abrió la puerta del bufete.

Iba vestida de negro, llevaba un pañuelo de seda anudado al cuello con estilo y unos zapatos de salón repulidos.

Tenía el aspecto que se esperaba de una secretaria eficiente y discreta.

Primero detuvo su atención en Julio, al que miró varias veces de arriba abajo.

A Nuria, sin embargo, solo le echó un vistazo fugaz, desprovisto de verdadero interés.

La mujer se hizo a un lado y, con ademán indolente, los invitó a pasar al despacho.

—Tenemos una cita con don Luis Herrera a las cinco —explicó Nuria al entrar.

—Aguarden en la sala de espera, por favor. Don Luis los recibirá en breve —les explicó, señalando una habitación amueblada con varias sillas de madera y una mesita baja oculta bajo un montón de viejas revistas.

Apenas habían transcurrido unos minutos, cuando bajo el umbral de la sala apareció un hombre canoso ataviado con un traje formal y una corbata de llamativos colores. Saltaba a la vista que ya no era joven, pero su energía al moverse transmitía vitalidad por los cuatro costados.

—¿Nuria Melgar? —preguntó acercándose a ella con la mano tendida.

Nuria asintió y le estrechó la mano con fuerza.

Notó que la energía de Herrera le corría a través del brazo y le ascendía hasta el pecho.

Le gustó de inmediato—. Un placer conocerte.

Y este es tu marido, supongo. Seguidme los dos, por favor.

El abogado los acompañó a su despacho y se sentó en una silla que parecía sacada del mismísimo Quijote : madera oscura, labrada y robusta, a juego con el resto del mobiliario de la habitación.

Una alfombra granate, cuyo estampado dibujaba una filigrana de arabescos, tapizaba el suelo de roble.

Herrera los observó sin esconder su curiosidad mientras tomaban asiento.

—Querida Nuria, antes de empezar, déjame decirte que lamento la muerte de tu padre —declaró el letrado con gesto compungido y sincero—.

Igual no lo sabes, pero los dos nos conocíamos desde niños.

En cierta ocasión, mi padre, que era fanático del Sporting, me regaló un balón de fútbol reglamentario y Abel y yo lo rompimos a patadas.

Ese verano fuimos los más envidiados del pueblo —recordó con añoranza.

—No sabía que mi padre hubiera vivido en Llanes…

—Vivir, lo que se dice vivir, no. Vinieron a pasar algunos veranos.

Pero ya sabéis cómo es eso para un niño: los veranos parecen eternos hasta que un buen día terminan —afirmó sonriendo—.

Los recuerdos de esa época nunca se olvidan.

En fin, no quiero ponerme demasiado nostálgico —y, como volviendo al presente, agregó—, supongo que necesitarás alguna explicación para entender por qué soy el albacea del testamento de Abel…

—Necesitamos explicaciones para muchas cosas —terció Julio, que no se resignaba a quedar relegado a un segundo plano—. Por ejemplo, me gustaría saber por qué razón el palacete se encuentra en semejante estado de abandono. ¡Es vergonzoso!

—Por supuesto, señor Vallejo —aceptó el abogado, habituado a lidiar con todo tipo de clientes—.

Empecemos por ahí, si lo prefiere. A decir verdad, la Casa Azul lleva cerrada mucho más tiempo del que estuvo abierta.

Es una lástima, ¡claro que sí!, pero fue una decisión de la familia.

Tu bisabuela —dijo dirigiéndose de nuevo a Nuria— nunca quiso vivir allí y, cuando heredó, compró una casa en las inmediaciones de la playa del Sablón.

Vivir cerca de la arena y del mar le recordaba a su Cuba natal…

—¿Su Cuba natal? —preguntó Nuria confusa—. Sé que mi tatarabuelo era un indiano llanisco que hizo fortuna en Cuba, pero no sabía que su hija hubiera nacido en la isla.

Herrera, que parecía algo incómodo, se removió en la silla.

Durante unos segundos, perdió el aplomo que había mostrado desde el primer momento.

Se llevó la mano a la boca y se rascó el cuello con fruición.

Su silencio, unido a cada uno de sus gestos, avivó el interés de Nuria.

Solo la impaciencia de Julio, que pensaba que todo aquello era una pérdida de tiempo, salvó al letrado de dar más explicaciones.

—No creo que nada de eso tenga importancia —afirmó su marido molesto—. No es momento de ahondar en la historia familiar. Vayamos al grano.

—Sí, bueno…, en realidad, la historia es más compleja, pero su marido tiene razón. Deberíamos ocuparnos de los asuntos urgentes. Tengo un montón de papeles para revisar y firmar —dijo desplegando una hilera de documentos ante ellos.