Diario de Amara
D IARIO DE A MARA
La epidemia de cólera ha curtido mi piel y mi alma de enfermedad, angustia y dolor.
Con ella he aprendido que el sufrimiento puede ser infinito, eterno, que se extiende en oleadas que te sacuden una y otra vez hasta dejarte consumida por fuera y por dentro.
No sé cómo logré sobrevivir cuando había tanta muerte alrededor.
Solo los dioses lo saben. Me concentré en cuidar de los contagiados y en facilitarles el trance si no podía curarlos.
Apunté en las últimas páginas de este diario cada uno de los síntomas, los tiempos de la enfermedad y los remedios que aliviaban el sufrimiento de los enfermos; también los errores, los fracasos.
De esos hubo muchos. Al menos han servido para que la soberbia me abandone para siempre.
Confío en que algún día mis anotaciones también sirvan para salvar vidas.
No quiero ser pesimista, pero me temo que el cólera volverá a atormentarnos.
Tal vez sea el sino de esta isla llena de esclavos.
Enfrentarme a los terrores del mundo me ha vuelto más espiritual que antes.
Apenas he tenido tiempo para orar ante el altar de los santos ni para echar las conchas de cauri, que quedaron relegadas en un rincón de la humilde cabaña donde vivía.
Mi madre acertó al decir que es más importante curar que anticipar un futuro que llegará, tarde o temprano.
Aun así, rezaba cada día junto al lecho de los enfermos, mientras me esforzaba en bajarles la fiebre o en limpiar sus cuerpos de las inmundicias de esta enfermedad odiosa.
Ahora que ha pasado lo peor, voy a darme un tiempo para recuperarme: mi cuerpo y mi mente lo reclaman a gritos. Después seguiré mi viaje.
Iré a La Habana en busca de nuevos conocimientos, medicinas y hierbas; en busca de cualquier cosa que me ayude a avanzar en mi camino de curación.