30 El dije de plata
El dije de plata
«Dieciocho años», musitó al abrir los ojos.
El ramalazo de nostalgia que acompañó a dicho pensamiento la trastocó por completo.
Tenía que acostumbrarse a cumplir años sin la presencia de Amara o sería una desgraciada para el resto de sus días.
Deseaba lograrlo con todas sus fuerzas, pero añoraba a su madre y añoraba la isla, la arena y el sol con una intensidad abrumadora.
Aquella tierra asturiana, regada por la lluvia y sembrada de hierba y humedad, le resultaba tan ajena como la piel de otro.
También tendría que acostumbrarse a ella.
Se levantó de la cama, pisó la alfombra de yute con los pies descalzos y tensó cada músculo de su cuerpo para llenarlo de vida.
Pensó en Dimas y parte de su desazón se esfumó, diluida por los sentimientos de amistad que la unían a él.
«¿Amistad?, se preguntó. ¿Lo suyo solo era amistad?
». El hormigueo en la boca de su estómago decía lo contrario.
Desechó la idea como algo absurdo y se estiró un poco más para agarrar la bolsa de las conchas que reposaba al pie de la cama.
Aquel era un buen día para tratar de recuperar su conexión con ellas.
Se sentó en la esterilla, con las piernas cruzadas, y se concentró en sus dudas para formular la pregunta más adecuada.
Las preguntas eran tan importantes como las respuestas.
Su madre le había vaticinado que su futuro estaba en Llanes, al lado de Mario, pero Malena sospechaba que la visión de Amara había estado condicionada por la enfermedad y la proximidad de su muerte.
En el fondo, Mario era lo más parecido a un padre que le quedaba a Malena y el único que podía cuidarla.
Arrojó las caracolas, que quedaron desperdigadas por el suelo adoptando patrones, en apariencia, caprichosos.
Nada más lejos de la verdad. Le rezó a Orula para que le hablase con claridad a través de ellas.
Su silencio duraba ya demasiado. Al contemplarlas con atención, un estremecimiento la sacudió por dentro.
El miedo le recorrió las venas hasta alcanzarle la punta de los dedos.
Sus manos empezaron a temblar. Cerró los ojos para no ver y dispersó las conchas de cauri a ciegas.
Encerrada en la oscuridad, les rogó a sus Eggun que la protegiesen del mal que la acechaba. La tormenta se cernía sobre ella.
* * *
Salió al jardín en busca de luz y aire fresco.
Necesitaba disolver el nudo de angustia que la atenazaba por dentro.
El inicio de la primavera había cubierto los arriates de flores.
Sus radiantes colores, en contraste con el intenso verdor de la hierba, tuvieron la virtud de reconciliarla con el paisaje asturiano; la lluvia también tenía sus ventajas.
Se alejó del sendero de lajas que conducía hasta el panteón de Mario: aquel no era un día para seguir pensando en la muerte.
Caminó hacia el enrejado donde el jardinero había plantado unas rosas cuyas semillas provenían de Francia.
La abundancia de pétalos, el perfume embriagador y su color sonrosado habían atraído la atención de los amantes de las flores.
Muchos de ellos se acercaban a la finca para verlas y olerías. No le extrañaba.
—¡Holaaa! —Nel, el hermano de Dimas, asomó la cabeza por encima del enrejado. Luego desapareció durante un breve instante hasta que volvió a saltar de nuevo—. ¡Feliz cumpleaños, Malena! —gritó desde detrás de los macizos de rosas.
Sonrió como una niña. Si Nel sabía que celebraba su cumpleaños, tenía que ser porque su hermano se lo había contado. Volvió a notar un cosquilleo en el estómago.
—Acércate a la cancela y te abro para que puedas pasar —le dijo al chiquillo. Los dos caminaron en la misma dirección y se encontraron a un tiempo. La sonrisa de Nel resultaba contagiosa y se le pegó a la cara. El niño le mostró un paquete envuelto en papel dorado y adornado con un lazo escarlata.
—Te traigo un regalo de parte de Dimas —afirmó muy ufano—. Él no puede venir a verte porque está pescando con nuestro padre. ¡No quería que creyeses que se había olvidado de ti! —le explicó sujetando la risa.
Malena rio de nuevo y estiró la mano para coger el regalo.
—Tú no hablas mucho, ¿verdad? —le espetó Nel sin la menor vergüenza, mientras ella se afanaba en deshacer el envoltorio sin romperlo.
—Aquí no tengo mucha gente con la que hablar —le respondió, aunque sabía que el pequeño estaba en lo cierto.
—Me tienes a mí…, y a Dimas también —añadió pocos segundos después.
—Tienes razón. Tendrás que venir a verme más a menudo. A ver, a ver… ¿Qué tal si me cuentas algo sobre tu hermano?
—¡Ja! ¡Qué tramposa! Así me haces hablar a mí.
Pero vale, tú ganas. Será mi regalo de cumpleaños para ti —dijo con picardía—.
Mamá quiere que estudie. Es muy listo, ¿sabes?
, solo que en casa no tenemos suficiente dinero para pagarlo.
Por eso mi madre decidió volver a trabajar de cocinera.
Ella dice que hay que ahorrar para que Dimas pueda estudiar y convertirse en un hombre de provecho —explicó orgulloso.
Malena terminó de desenvolver el regalo. Era una cajita forrada de terciopelo negro. En su interior había un pequeño dije de plata con forma de pez. Las lágrimas se le agolparon en las pestañas. Trató de disimular la emoción, pero el esfuerzo fue completamente inútil.
—¡Te ha gustado! —exclamó Nel con satisfacción.
—Es precioso —reconoció Malena acariciando el dije con el índice—, pero no debió gastarse tanto dinero…
—Lo hizo porque le gustas mucho —sentenció el chiquillo antes de guiñarle el ojo con descaro.
* * *
Su pastel de cumpleaños era una impresionante tarta de tres pisos bañada en chocolate y recubierta de trocitos de avellanas y nueces.
Alba se había empleado a fondo y a Malena le conmovió su afán por agradar.
La joven contempló el pastel de cerca. El untoso olor del bizcocho y del cacao excitó sus jugos gástricos hasta hacerla salivar de gusto.
Partió un pedazo muy generoso, tan grande como su pasión por el dulce, y lo probó.
Los sabores y las diferentes texturas se fundieron en su boca formando una combinación deliciosa.
Cerró los ojos dejándose arrastrar por el placer.
—¿Te gusta?
La pregunta de Mario la obligó a regresar. La observaba con una sonrisa entre picara y complaciente. Seguro que había sido él quien encargó que le preparasen la tarta; al fin y al cabo, la conocía desde que vino al mundo.
—Hummm… está deliciosa —reconoció mordisqueando el bizcocho.
—Tu madre siempre decía que os corre azúcar por las venas —al recordar a Amara, la expresión de su rostro mudó de la alegría a la nostalgia—. Tengo un regalo para ti —dijo entregándole un paquete.
A regañadientes, la joven abandonó el plato de tarta sobre la mesa.
Apenas tardaría en recuperarlo. Con el pastel de cumpleaños habría sido suficiente, pero no quería despreciar el regalo de Mario.
Lo abrió con prisa: una joya —otra joya—, aunque no tan especial para ella como el dije de plata.
Eran unos pendientes de perlas, tan blancos como su atuendo y con aspecto de ser carísimos.
Malena supo reconocer el esfuerzo de Mario por cuidarla, por hacerla feliz.
Por lo menos lo intentaba. Tras la muerte de sus padres, Melgar quiso asumir la imposible tarea de sustituirlos, aun cuando él nunca podría ser Bruno ni Amara.
Por eso le resultaba tan fácil enfadarse con él: alguien tenía que cargar con la culpa.
La añoranza era un nudo que apretaba con saña y todavía apretaba más en días tan señalados como aquel. No la harían desaparecer con dulces y joyas.
En realidad, el regalo de Dimas, el humilde pececillo de plata, había sido lo único que consiguió calentar el corazón de Malena.