29 There’s a place
There’s a place
Cuanto había sucedido desde el fallecimiento de Abel Melgar guardaba demasiadas semejanzas con una pesadilla.
No parecía real, al menos no del todo, pero dejaba tras de sí un poso de sufrimiento que no se desvanecía ni un solo instante.
Nuria sufrió al tener que despedirse de su padre: el cuerpo sin vida le resultó extraño, ajeno a ella; aunque, al mismo tiempo, se consumió de tristeza al separarse de él.
Sufrió durante el funeral, con la iglesia abarrotada de gente, pues la muerte tiene la curiosa virtud de borrar los agravios inferidos en vida.
Sufrió el calvario del entierro: la crudeza del ataúd, la lobreguez de la tumba y lo definitivo del adiós.
Fue egoísta con sus emociones, no le importaba reconocerlo.
En realidad, no tenía a nadie con quien compartir la pena.
La muerte de Abel la dejaba sola, sin familia, y su matrimonio no le aportaba el menor consuelo.
Julio le concedió una tregua. Cuando estaban en público, su marido la apoyaba, la sostenía; representaba el papel de esposo con corrección, sin aspavientos.
No obstante, en privado se mantenía apartado de ella ajeno a su pérdida y al dolor que le causaba, y Nuria agradecía en silencio que le diera su espacio.
En aquella soledad encontraba las fuerzas para afrontar cada día.
No miraba más allá, no pensaba más lejos; la tristeza no le permitía hacerlo.
Unas semanas después del entierro, acudieron a una notaría de la calle Serrano para la apertura del testamento de Melgar.
Se sentaron alrededor de una mesa ovalada que parecía diseñada para mantener a las personas alejadas unas de otras.
El notario, que se presentó unos minutos más tarde, estrechó la mano de Julio, se sentó presidiendo la mesa y, con voz solemne y pausada, fue desgranando las estipulaciones del testamento de Abel Melgar.
Durante la tediosa lectura, Nuria tuvo la impresión de que el notario se esforzaba por ajustarse a lo que se esperaba de él, como si fuese un actor que no quisiera salirse de su papel.
—… y lega a su única hija y heredera la propiedad del inmueble denominado Casa Azul, sito en la villa de Llanes, provincia de Oviedo…
Nuria reparó en la mirada inquisitiva de Julio.
Imaginó que la curiosidad de su esposo guardaba relación con la inesperada referencia a la Casa Azul, el palacete de indiano que formaba parte de la herencia de los Melgar.
Comprendió su extrañeza: hasta ella misma se había olvidado de él.
Se trataba de un lugar que no había visitado jamás, pese a que pertenecía al patrimonio de su familia desde hacía un centenar de años.
—A mi padre no le gustaba nada el norte.
Siempre se quejaba de que allí llueve demasiado y de que los veranos son muy frescos —le explicó a su marido mientras tomaban café en una distinguida terraza del centro—.
Su madre era oriunda de Cádiz y, aunque él pasó toda su vida de adulto en Madrid, se sentía más andaluz que otra cosa —añadió encogiendo los hombros.
—Abel nunca supo sacar partido de su legado. Lo único que hizo fue dilapidarlo jugando. Tendría que haber vendido la mansión para pagar sus deudas —le reprochó Julio con excesiva acritud.
—No entiendo por qué no lo hizo… —murmuró pensativa, más bien para sí.
Apenas sabía nada sobre la situación de aquel inmueble asturiano.
Ignoraba cuál era su estado y su valor. Puede que solo fuera un caserón en ruinas.
Su padre había silenciado la existencia del palacete durante varias décadas, como si pretendiera borrarlo de la historia familiar.
Aun así, no se había desprendido de él. Cuando menos, resultaba intrigante.
La semilla de la curiosidad germinó en su interior.
¿Qué misterios escondía la Casa Azul para mantener a su padre tan alejado de ella?
* * *
Rebuscó entre las fotografías a sabiendas de que la herida, aún tan reciente, le haría sangrar de dolor.
Las imágenes de sus padres le recordaban, una y otra vez, su absoluta y definitiva orfandad.
Podía entender que ella no era precisamente Jane Eyre —el personaje de Charlotte Brontë— abandonada a su suerte en un orfanato brutal; pero estaba sola y amarrada a un matrimonio que no había elegido, al menos no del todo.
Y ahora que conocía a Julio más a fondo, su futuro no le parecía nada envidiable.
Encontró las viejas fotos de su padre: un chiquillo con pantalones cortos que posaba orgulloso en alguna playa del sur.
Volteó la instantánea de bordes dentados.
La elegante letra inclinada de su abuela desvelaba el pequeño misterio: Playa de la Victoria, Cádiz .
Una sonrisa radiante iluminaba el rostro del niño.
El fotógrafo había capturado ese instante para que Abel pudiese conservarlo toda la vida; un recuerdo constante de que ser feliz era una aspiración posible.
Siguió buscando entre decenas de fotografías, pero no halló ni rastro de la Casa Azul.
Le extrañó la ausencia y se preguntó si sería intencionada.
Entonces descubrió una fotografía suya con Sol, su tata.
Nuria estaba sentada en su falda y la mujer le peinaba un par de coletas altas.
Aún se acordaba de los muchos tirones que sufrió para desenredarle el cabello y dejárselas bien prietas.
La imagen había sido captada con la Leica M3 que tenía justo a su lado; una foto que había hecho su madre.
Inspiró muy hondo y la sujetó con ambas manos.
Añoraba a las dos mujeres que la cuidaron y que ya no estaban con ella.
Su pecho acusó el latigazo de la nostalgia.
Cerró los ojos para encajar el dolor y de pronto recordó la historia que, aquel mismo día, le había relatado Sol:
Érase una vez —no importaba lo que contase, siempre empezaba así— un llanisco llamado Melgar que emigró a Cuba…
—¿Qué es un llanisco?
—Vamos a ver, nenita… Si empezamos con las preguntas, no acabaremos nunca —la regañó, apretando una sonrisa—. Un llanisco es una persona de Llanes, el lugar donde nació tu abuelo Mateo. ¿Me dejas seguir? —Nuria asintió con vehemencia—. Bien, pues vamos allá…
El llanisco emigró a una isla del Caribe y, muchos años después, regresó a la villa que lo vio nacer con los bolsillos repletos de oro y acompañado de una hermosa mulata que se convirtió en la comidilla de toda la comarca.
Melgar ordenó construir una casa tan grande que parecía un castillo, y escondió a la mulata en la torre más alta.
Cada noche, la muchacha se asomaba al balcón para ver las estrellas y sus lágrimas caían al suelo, como el orbayu sobre Llanes.
Un joven del pueblo se enamoró de ella, pero Melgar quería a la mulata solo para él.
El joven se enfrentó al villano y tuvo que matarlo para liberar a su amada.
Los dos enamorados huyeron del castillo y jamás quisieron regresar allí.
Aquel lugar había sido una cárcel para ella…
—… Y vivieron felices y comieron perdices —añadió Sol, dando por finalizado su cuento al modo tradicional.
Nuria se planteó cuánto habría de cierto en la historia de Sol. La mujer era muy dada a mezclar partes de realidad y partes de ficción para que sus relatos tuviesen un toque especial, en particular, si iban dirigidos a ella. Tendría que separar la paja del grano, si pretendía conocer la verdad.
La curiosidad había dejado de ser solo una semilla. Nuria notó que brotaba con fuerza, transformándose en un estímulo para seguir adelante. El primero en mucho tiempo.
¡Cuánta falta le hacía!