El silencio de la casa azul Diario de Amara
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Diario de Amara

D IARIO DE A MARA

Soy una mujer libre. Libre. Esa palabra, que resuena en mi boca y hasta me produce un poco de vértigo, no refiere una cuestión baladí.

Hasta la libertad tiene un precio, si no es económico, es afectivo, y hay que estar dispuesta a pagarlo.

Necesitaba distanciarme de mis padres, separar mi vida de ellos y alejarme de sus mentiras y sus secretos.

No lo entendieron. Sebastián creyó que la libertad que nos concedía nos colmaría de gratitud y lealtad hacia él.

Eso sirvió para algunos, para los que no conocían otro mundo o no tenían el valor necesario para conocerlo.

Yo no estaba entre ellos. Ni siquiera el llanto de mi madre me disuadió de irme.

Preparé un hatillo con mis posesiones más valiosas y me fui.

No quise hacer promesas porque no sé si lograré perdonarlos algún día.

Solo el tiempo lo dirá. Sebastián me llenó de reproches, de advertencias amargas.

Ignoré sus palabras y me marché sin mirar atrás.

Durante algunos días viajé junto a un grupo de hombres y unas pocas mujeres de la Hacienda Alvarado.

Para mí, representaban un vínculo con el pasado que hacía menos abrupta la ruptura; para ellos, la tranquilidad de saber que contaban con los servicios de una sanadora.

Se dirigían a La Habana en busca de aventuras y un trabajo con el que ganarse el sustento, por ese orden de prioridad.

Eran unos soñadores: creían que la vida fuera de la plantación sería mucho más próspera, que las oportunidades aguardaban a la vuelta de la esquina.

De camino a La Habana, recalamos en algunos poblados de esclavos liberados y, poco a poco, se fue diluyendo ese optimismo que los había animado a dejar la hacienda.

Durante el trayecto descubrieron que la grandeza estaba reservada a unos pocos afortunados; que nunca había sido tan fácil de alcanzar como ellos pensaban.

La pobreza, el hambre y las enfermedades conformaban nuestro día a día y, por desgracia, unas expectativas más realistas sobre lo que sería la vida.

Nada de eso ha cambiado. Sin embargo, yo he encontrado un nuevo sentido a mi viaje, al tiempo que ellos lo perdían.

He decidido quedarme en el último pueblo que visitamos. Voy a socorrer a los contagiados por lo que parece ser una nueva epidemia de cólera.

Mis compañeros seguirán su camino.

Creo que lo único que lamentan es quedarse sin curandera.