El silencio de la casa azul 28 El hijo pródigo
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28 El hijo pródigo

El hijo pródigo

Alba los vio cuando regresaba del mercado con las cestas repletas de pan, berzas y huevos.

Tuvo la tentación de dejarlas caer, pero habría causado un destrozo, así que contuvo el impulso y se limitó a apoyarse en la pared.

Con los años había aprendido que en eso consistía la fuerza de la costumbre: en aguantar, ocurriese lo que ocurriese, siempre aguantar.

A veces se preguntaba si de verdad merecía la pena el esfuerzo.

Luego le dio por pensar en todas las cosas que no sabía; en todo lo que aún le resultaba desconocido, invisible a sus ojos, hasta que un buen día le saltase a la cara y ya no pudiese mirar hacia otro lado.

La relación entre Malena y su hijo le valía de ejemplo.

Era peligroso. Muy peligroso. No solo para Dimas que, junto a Nel y Colas, lo significaba todo para ella; también lo era para Malena.

Apenas la conocía, pero daba la impresión de ser buena chica.

Había sido muy fácil encariñarse con ella.

No obstante, el misterio que enredaba a la joven, y en particular su relación con Mario Melgar, la mantenía siempre en alerta.

Nada bueno podía venir de la mano de su peor enemigo.

Ni siquiera aquella muchacha tan dulce.

Al entrar en casa acarreando las cestas que cada vez le pesaban más, ya había resuelto hablar con Dimas.

Le buscó en su habitación, la misma que en el pasado habían compartido Mina y ella.

Tras la muerte de sus padres, Alba había querido formar allí su propia familia.

Ya no le quedaba nadie con quien compartir la herencia.

En realidad, no era exactamente así, pero también se había acostumbrado a los secretos.

De hecho, se había acostumbrado tanto, que los secretos y los silencios habían llegado a crear una segunda piel, casi un caparazón, bajo la cual se escondía.

Dimas no estaba en el cuarto, pero Alba se sintió atraída por la habitación.

Estaba convencida de que los recuerdos permanecían adheridos a las paredes, negándose a abandonarlas.

Volvió a ver a Mina tumbada en la cama, riéndose a carcajadas cuando las preocupaciones y los dramas aún les eran ajenos.

Apoyó la palma de la mano en la pared y la dejó descansar allí un instante, como si pretendiera absorber parte de aquella felicidad de antaño a través de la piel.

Fue un afán inútil y un tanto teatral, pero no se arrepintió de intentarlo. Cerró la puerta tras de sí.

Estaba preparando la cena cuando Dimas entró en la cocina.

Desde niño, le gustaba merodear alrededor de ella para sisarle algo de comer al menor descuido.

Apenas le importaba qué: lo mejor era el juego.

Alba quiso aprovechar que estaban solos para preguntarle por su relación con la protegida de Melgar.

—Es una chica estupenda, pero no creo que este sea su lugar —arguyó inquieta, sin saber disimular su nerviosismo—. Jamás encajará aquí; no dejarán que encaje… —afirmó poniendo voz a sus miedos.

—Está muy sola, Alba —Dimas nunca la llamaba mamá, ni siquiera madre, y ella jamás lo corregía—. Solo nos tiene a Nel y a mí para hacerle compañía. Somos sus únicos amigos.

—¿Te gusta? —le preguntó a bocajarro.

—¡¿Quééé?! ¡Pues claro que me gusta! Pero no es solo eso… ¿Cómo explicarlo? Malena es muy guapa, salta a la vista, pero también es inteligente, misteriosa…; tendría que gustarles a todos… y lo haría si no fuesen tan provincianos —su voz sonó molesta, casi enfadada.

—¿Provincianos? —preguntó la mujer alzando una ceja. A veces le parecía que Dimas se alejaba de ella para formar parte de un mundo que le era extraño, un mundo que no le pertenecía. ¡Le recordaba tanto a Mina!

—Me refiero a que no son capaces de ver más allá de sus narices… Les asusta lo diferente. Malena es vida. Ella trae el sol y la luz consigo —afirmó en un arrebato poético del que se arrepintió al instante. Sus mejillas se tiñeron de rubor y farfulló una excusa precipitada para abandonar la cocina.

Alba se quedó paralizada, con el cuchillo detenido a mitad de camino. Lo dejó sobre la mesa despacio, con mucho cuidado. Le temblaban las manos y se dejó caer en una silla. Se sintió abrumada por el peso de los secretos que llevaba a su espalda.

La muerte de su hermana había dado un vuelco a su existencia hasta ponerla del revés.

Las oscuras circunstancias que la rodearon le habían sellado la boca y la obligaban a guardar silencio.

Desde entonces, solo podía gritar en su interior, pero ni era suficiente ahora ni lo había sido nunca.

Estaba demasiado cansada y harta de los secretos, de las mentiras, de los pecados propios y ajenos.

Juntó las manos trémulas y le rezó a un Dios en el que ya no creía para no verse en la encrucijada de tener que acabar con todo.

Mina no habría querido eso para ella.

* * *

Había postergado la visita a conciencia.

No se sentía orgulloso de ello, pero después de tanto tiempo tenía miedo de lo que pudiera encontrarse allí.

A buen seguro, rencor, reproches y una considerable dosis de dolor…

; puede que más y peor. En su ausencia, él les había enviado dinero, generosas cantidades de dinero, pero todavía quedaban algunas cosas que no se podían comprar con él. Melgar lo sabía mejor que nadie.

A medida que se acercaba al hogar de sus padres, al que un día fue el suyo, una avalancha de emociones lo removió de arriba a abajo.

Abrumado por la intensidad de sus recuerdos, tuvo la impresión de que no habían transcurrido veinte años desde que salió de Llanes para emigrar a Cuba.

El tiempo se comprimió y se redujo a la nada, si bien, solo fue un espejismo fugaz que la realidad, poco dada a las componendas, disipó por completo.

La casa familiar había envejecido mal, al igual que el banco que había construido con su padre y su hermano.

Se dolió al verlos así, aunque no debía olvidar que también él era mucho más viejo; ni más ni menos que dos décadas de lucha y esfuerzos se interponían entre lo que albergaba su memoria y lo que tenía delante.

Golpeó el portón de madera y se sentó en el banco para contemplar el mar, como había hecho tantas veces en el pasado.

El nordeste le trajo un intenso aroma a salitre y le agitó los cabellos.

Mario le dejó hacer de las suyas. Oyó el ruido de la puerta al abrirse, cerró los ojos y suspiró hasta llenar los pulmones.

Le urgía reunir el valor para enfrentarse a Simón.

De hecho, acabó siendo su hermano quien se atrevió a romper el silencio.

Siempre tuvo más facilidad que él para expresar lo que sentía:

—¡Vaya, vaya! Por fin el hijo pródigo se digna a volver a su hogar. Demasiado tarde, hermano. Lamento decirte que tus padres están muertos… Aquí no hay nadie que vaya a celebrar tu regreso.

Mario acusó el golpe. Ya lo sabía, por supuesto. Había llorado su muerte en Cuba. Había llorado por no poder despedirse de ellos. Ese era un lamento que aún llevaba en el corazón. La hostilidad de Simón consiguió hacerle sentir culpable.

—Lamento no haber venido antes… —afirmó contrito.

—Siempre has tenido mucha facilidad para olvidarte de lo que no te interesa —le reprochó su hermano.

—No seas injusto conmigo, Simón. Jamás me olvidé de vosotros. Le escribí a nuestra madre hasta que murió y os envié dinero desde Cuba…

—¡Nos enviaste dinero! Gracias, hermano; mil gracias por tus limosnas…

—Aquellas palabras, cargadas de ironía, rascaban como el esparto.

Simón hizo un gesto en derredor, hacia las paredes tiznadas de humedad y la pintura devorada por el salitre.

El abismo entre sus vidas, la del humilde pescador llanisco y la del indiano opulento, resultaba más evidente tras el regreso de Mario a Asturias.

Melgar tenía muy claro que el dinero servía para comprar voluntades y despertar gratitudes, pero no lograría nada de eso con Simón. Con su hermano sería más difícil. Se resignó a aceptar que su relación era como un barco con una vía de agua: tarde o temprano, se hundiría sin remedio.

—Me gustaría preguntarte una cosa —dijo tratando de sacar algo en claro de la visita—.

¿Te acuerdas de Mina Lorenzo? Ella era… —Iba a darle más información, cuando vio que su hermano torcía el gesto.

Simón tomó aire y negó con la cabeza varias veces.

Luego le dio la espalda y avanzó un par de pasos en dirección al mar. Mario aguardaba expectante.

—Mina Lorenzo se suicidó —las palabras de Simón, tan rotundas como eran, le llegaron empujadas por el viento—. Sucedió unos meses después de irte. Se tiró por un acantilado cercano a la ermita de la Virgen de la Guía.

Mario no pudo hablar. Tampoco pudo evitar que su mente imaginase el aspecto de Mina bajo el agua: el cabello ondulante, esparcido en derredor como un halo de oscuridad; el semblante abotargado y los ojos muy abiertos, deseosos de escapar de las cuencas donde habitaban.

Los rostros de los ahogados formaban parte de sus peores pesadillas y, ahora, el de Mina se uniría a ellos para siempre.

No tuvo que preguntar por qué. No quiso preguntar por qué.

—¿Sabes si llegó a tener un hijo? —Eso fue lo único que consiguió decir.

Simón se dio la vuelta sorprendido. Aquella era una pregunta que, sin duda, no esperaba. Se tomó un tiempo antes de contestar, como si se estuviese esforzando en hacer memoria.

—Yo no sé nada de eso —afirmó sin despegar la mirada de su hermano.

Mario asintió varias veces, abrumado por el peso de las emociones.

La culpa y el remordimiento por la muerte de Mina le dolían como una herida fresca, pese a haber sucedido veinte años atrás.

De hecho, si se detenía a pensarlo, para él acababa de ocurrir ahora mismo.

Sin embargo, no podía arrepentirse de la decisión que había tomado en su día: de no haber emigrado a Cuba, la vida de su hermano habría sido la suya.

Abatido, se puso en pie y se despidió de Simón.

Ninguno de los dos quería alargar su encuentro y él tenía un misterio por resolver: necesitaba averiguar si Mina Lorenzo había tenido a su hijo antes de arrojarse por el acantilado.