27 I should have known better
I should have known better
La carretera que se extendía ante ellos atravesaba un páramo yermo y oscuro.
La semejanza del paisaje con su estado de ánimo la removió por dentro.
Se aguantó unas lágrimas que no serían bienvenidas y se concentró en descontar los kilómetros que quedaban para volver a casa.
«Pero ¿qué casa?», pensó derrotada por el cansancio.
Justo entonces, Julio pisó el acelerador a fondo y ella tuvo la certeza de que algo de su malestar había trascendido, pese a su esfuerzo por contenerlo.
No dijo nada. ¿Para qué? Durante el viaje de novios había aprendido que era mucho mejor callar.
Callar, asentir y sonreír formaban el triunvirato perfecto.
Aunque no funcionaba siempre. También lo había aprendido en el viaje.
La luna de miel se inició en el cortijo cordobés propiedad de la madre de Julio.
«No será una luna de miel al uso», le prometió su flamante esposo.
Y no lo fue: cumplió con su promesa. Nuria descubriría —más pronto que tarde— que Julio no iba a cumplir con el resto, sobre todo, con ninguna de las que le había hecho ante el altar.
Llegaron a la finca después de un largo trayecto y salió a recibirlos el matrimonio que cuidaba de la hacienda.
La bienvenida fue un tanto seca, desabrida incluso, pues los guardeses no acostumbraban a tratar con la gente.
El cortijo estaba razonablemente limpio y su habitación dispuesta, pero aquel era un lugar desangelado, decorado con muebles oscuros y cornamentas de animales colgadas por todas partes.
Nuria lo detestó desde el primer instante.
Allí, aislados del mundo, la intimidad con su marido le resultó de lo más reveladora.
Los días previos al enlace, Julio se había comportado con una amabilidad que tenía mucho de impostada.
Ella, que lo conocía desde siempre, sabía que esa gentileza era forzada y que no se alargaría en el tiempo.
No se equivocó; en la misma noche de bodas, el dulzor del novio fue diluyéndose, como los azucarillos en el café caliente, para revelar su verdadera cara:
Nuria sintió que la ansiedad y los nervios la consumían por dentro.
El vestido le oprimía el pecho y le costaba respirar.
Quiso quitárselo, arrancárselo de la piel, pero necesitaba la ayuda de alguien para hacerlo.
Se preguntó si, de estar viva su madre, las cosas serían de otro modo, más fáciles para ella.
No pudo hablar con nadie de lo que iba a suceder esa noche y buena parte de su angustia nacía de la incertidumbre.
Como tantas otras veces, supo que su orfandad volvía a dejarla coja para caminar por la vida.
El rencor hacia Inés, insidioso e injusto, vino a sumarse al resto de emociones que la abrumaban.
—Quítate el vestido —le dijo su flamante esposo. Su voz sonaba ronca, oscura.
—Necesito que me ayudes con los botones —respondió dándole la espalda.
Julio se acercó y ella percibió su aliento cálido en el cuello.
Algo la removió por dentro. Su marido desabrochó los botones, uno a uno, y Nuria sintió que ese «algo» crecía y se propagaba por su cuerpo como una tormenta eléctrica cuajada de rayos.
Se agarró al poste de la cama por no saber qué hacer con las manos, justo cuando Julio perdió la paciencia y le arrancó de un tirón el resto del vestido.
Ella se dio la vuelta y se enfrentó a su mirada borrosa, fruto del deseo y del alcohol.
Estaban tan cerca el uno del otro, que se vio reflejada en las pupilas de su marido, como si ella fuese un ser diminuto atrapado en su interior.
—Te he esperado mucho tiempo. Ya no lo haré nunca más…
—Julio la empujó sobre la cama y se montó sobre ella.
La besó con pasión. Fue un beso con dientes, lengua y saliva; con todo lo que ofrecía su boca, pero sin la menor ternura.
Las manos la recorrieron con avidez, apropiándose de su cuello, sus pechos, sus caderas…
A Nuria le faltaba el aire y el espacio.
Se sintió abrumada. La excitación inicial se transformó en rechazo y su cuerpo se tensó.
Cerró las piernas como en un espasmo y las apretó sin ser muy consciente de por qué lo hacía.
Julio se apoyó en su hombro, se incorporó un poco y la devoró con los ojos.
Luego sonrió. Le bajó las bragas de un tirón y, empujando con la fuerza de sus caderas, se abrió camino y la penetró.
El dolor la sacudió como un calambre que reverberó a lo largo de su espalda.
Sofocó un grito de protesta que se le quedó atrapado en la boca.
El primero de muchos. Julio confundió su reacción y, excitado, la embistió con fuerza.
Una y otra vez, una y otra vez, con una cadencia in crescendo hasta que por fin alcanzó el clímax.
Solo pensó en él, en su placer. Cuando terminó, se dejó caer a plomo sobre ella, que quedó prisionera bajo el peso del cuerpo abatido.
A partir de ese momento, se acabó la falsa delicadeza. Ya no era necesaria.
Durante algunas jornadas compartieron la soledad del cortijo y sus vastos espacios, pero era evidente que Julio se aburría alejado de Madrid, de sus amistades y los negocios.
Se pasaba los días cazando perdices y las noches ahogando el tedio en alcohol.
El primer fin de semana de su estancia allí, llegaron varios coches a la finca a mitad de mañana.
El grupo estaba formado por los padres de Julio y los amigos más cercanos, algunos de ellos acompañados por sus esposas.
El alborozo de los visitantes tuvo la virtud de sacarlos del letargo.
Desde que pusieron un pie en la casa, la rutina cambió: se organizaron cacerías, almuerzos al aire libre y fiestas nocturnas en las que todos bebían hasta perder el control. Todos menos Nuria.
Al principio, se sintió aliviada: Julio disfrutaba de la compañía de sus amigos y ella pasó a un segundo plano, un lugar donde se encontraba más cómoda y segura.
Sacó la Leica M3 del fondo del equipaje y retomó la costumbre de captar los momentos de felicidad de otros.
Por desgracia, el espejismo de paz duró un escaso lapso y luego se esfumó.
El alcohol, los excesos y la falta de sueño les empezaron a pasar factura.
Una noche, tras una fuerte discusión con su padre y bien cargado de whisky , Julio irrumpió en la habitación conyugal, donde Nuria leía alejada del alboroto.
Hacía más de media hora que se había retirado del salón cansada de tanta juerga.
Observó a su marido con interés y enseguida supo que tendría problemas: Julio estaba cabreado y borracho, una combinación peligrosa.
Con un gesto inconsciente y un tanto ridículo, se cubrió con la sábana hasta el cuello, como si tan endeble barrera pudiera protegerla de él.
Solo consiguió atraer su atención y su ira.
—¿Qué haces aquí leyendo? ¿No te han enseñado a cumplir con tus obligaciones de esposa?
Nuria no contestó. Esta era una de esas ocasiones en que resultaba mucho más seguro permanecer callada.
—¿No dices nada? —Reclamó acercándose a ella—. Una anfitriona jamás debe abandonar a sus invitados…
—No son mis invitados, Julio —respondió frustrada, olvidando su propio consejo—. Tu madre es la anfitriona aquí.
—¿Qué? ¿Cómo dices…? ¡Te atreves a contradecirme!
—le gritó y, antes de darse cuenta, lo tenía sobre ella.
La agarró del pelo y tiró con fuerza hacia atrás.
Lo peor de todo no fue el dolor, ni siquiera el miedo; lo peor de todo fue la humillación.
Con la mano que mantenía libre, Julio le apretó un seno hasta hacerle daño, un acto de deliberada maldad.
Luego se le acercó aún más y, exhalando su hálito de borracho, le explicó lo que esperaba de ella: sumisión total adornada con una hermosa sonrisa.
—Eso es lo único que puedes darme. Y lo harás —declaró antes de soltarla y dejar la habitación dando un portazo.
* * *
Su padre había representado el papel de «enemigo» durante mucho tiempo.
Abel Melgar había sido el culpable de tantas y tantas cosas que Nuria no sería capaz de enumerarlas: formarían una lista interminable.
Él los había llevado hasta el borde del precipicio, empeñado como estaba en huir del dolor tras la muerte de Inés.
Para evitar que se despeñasen, Abel la empujó a los brazos de Julio Vallejo, pero las cadenas del matrimonio —pese a ser nuevas y relucientes— resultaban ya demasiado pesadas.
Muy en el fondo, Nuria sabía que su padre estaba perdido y avanzaba a ciegas por la vida, acumulando cada error sobre su espalda.
Un vacuo consuelo para ella, que sufría el castigo por la equivocaciones de Abel.
La luna de miel, un término absurdo para describir lo que había sucedido entre Julio y ella, lo había cambiado todo.
Se sentía atrapada, sometida, como un pájaro al que le hubiesen cortado las alas y solo pudiera avanzar a pequeños saltitos.
Durante el viaje de regreso a Madrid, solo podía pensar en reunirse con su padre.
Ansiaba contarle lo ocurrido en el cortijo, descargar en él la conmoción que la anegaba por dentro y le envenenaba la sangre.
Había construido un dique de silencio y contención para protegerse de Julio, pero, al otro lado del muro, la superficie de las aguas embalsadas simulaba una tranquilidad engañosa: los monstruos se escondían en su interior.
Necesitaba liberarse del silencio, abrir las compuertas y dejar que fluyesen las palabras.
Puede que así lograse que los monstruos le parecieran más pequeños.
Llegaron a Madrid cansados, hartos del viaje, de la compañía y hasta de sí mismos.
Antes de estrenar su casa, condujeron hasta el antiguo hogar de Nuria en busca de algunos enseres: la ropa, los apuntes de la universidad, los recuerdos de su madre…
Toda una vida amontonada en varias maletas y cajas que la esperaban en el vestíbulo.
Podría haberlo dejado para el día siguiente o el otro.
En realidad no era más que una excusa para ver a su padre.
Iba a buscar sus efectos personales y se encontró con una ambulancia que barría la calle con sus luces anaranjadas.
Una pareja de sanitarios se llevaba a Abel Melgar en una camilla con ruedas.
Nuria se tiró del vehículo y dejó tras de sí a su marido y las puertas abiertas.
No le importó. Los sanitarios trasteaban con la camilla para introducirla en la ambulancia, cuando Nuria se arrojó sobre ella.
Abel yacía inconsciente. En su rostro, un acusado rictus de dolor.
Le llamó, le gritó, pero su cara no mudó de expresión. Su padre ya no estaba con ella.
—¿Está muerto? —preguntó desquiciada.
—No, señorita, pero está muy grave —le explicó el enfermero—. ¿Es familiar del enfermo?
Nuria le miró espantada, con los ojos muy abiertos.
Le picaban, le escocían y supo que iba a llorar; supo que el dique de contención que había construido con tanto esfuerzo estaba a punto de desmoronarse.
Trató de controlar sus emociones: el enfermero le había preguntado algo y aguardaba su respuesta.
—Su hija… Soy su hija —dijo con voz atragantada.
Acto seguido, se subió a la ambulancia y se aferró a la mano de su padre. Su calor le recordó que todavía estaba vivo.
Quiso amarrarse a la esperanza, aunque la experiencia le había demostrado que era una virtud muy ingrata.
* * *
Abel Melgar falleció a la mañana siguiente sin llegar a recuperar la consciencia.
Su corazón se detuvo por segunda vez y ya no quiso latir de nuevo.
Nuria no pudo despedirse de él; tampoco pudo contarle que la había encerrado en una jaula —de oro, pero jaula, al fin y al cabo— y que le había entregado la llave a Julio Vallejo.
Aquella muerte tenía tintes de abandono: ahora estaba completamente sola.
—Tranquila, Nuria; no estás sola —dijo su esposo invadiendo su mente sin permiso—. Te prometo que cuidaré de ti —añadió abrazándola con fuerza.
Sus palabras, pronunciadas con algo semejante al afecto, pretendían confortarla. Comprendió que su marido, magnánimo, le brindaba una tregua; un pequeño gesto de consideración por la muerte de Abel.
Sin embargo, no tardaría en descubrir que la promesa de cuidados de Julio estaba envenenada y contenía una amenaza en su interior.