Diario de Amara
D IARIO DE A MARA
Sebastián congregó a los esclavos de la Hacienda Alvarado: los criados de la casa grande y los braceros que trabajaban en la plantación.
Los reunió frente al porche y él se colocó al final de las escaleras, donde todos pudieran verlo, antes de comunicarles su decisión.
Aún no se había recuperado por completo y las secuelas de la enfermedad se dejaban ver en su rostro enjuto y macilento.
Las primeras palabras que pronunció sonaron en consonancia con su aspecto, pero, poco a poco, fueron ganando fuerza y determinación.
Nos contó que no volvería a haber esclavos en la hacienda.
Esa misma mañana había firmado las cartas de libertad que nos serían entregadas más tarde.
Eramos libres de irnos o de quedarnos. Si decidíamos quedarnos, nos pagaría un salario por el trabajo, además del alojamiento y la comida que habíamos recibido hasta entonces.
Al principio, apenas hubo reacción entre los hombres y las mujeres que le escuchaban.
Luego comenzaron a formar corrillos, hablando unos con otros mientras trataban de asimilar lo que acababan de oír.
Confusa, me alejé de ellos. Mi madre me llamó, pero fingí que no la oía.
Necesitaba pensar. Las palabras de Sebastián lo cambiaban todo.
Nací esclava porque un hombre así lo quiso. A partir de ese momento, sería libre porque el mismo hombre lo había decidido. No importaba que ese sujeto fuera mi propio padre… ¿O tal vez sí?
No creo que pueda perdonarle nunca que me ocultase mi origen; no creo que pueda olvidar que, pese a ser su hija, me concediera el mismo destino que al resto. Esa es la verdad. Así me sentía y así me siento.
Regresé a los barracones y busqué las conchas que ocultaba bajo el jergón.
Saqué la bolsa y, tratando de encontrar un rescoldo de serenidad en mi interior, las arrojé sobre la estera.
Les recé a los Eggun para no errar al interpretar su mensaje.
Al abrir los ojos, me sumergí entre los patrones que dibujaban los cauris.
Ellos me hablaron y confirmaron lo que pensaba.
Eso me aportó la confianza que necesitaba.
Fue en ese preciso instante cuando decidí que yo sería una de las que se iban de allí; que mi vida encontraría un nuevo propósito lejos de la Hacienda Alvarado.
«La libertad es un salto de fe», me dije; y yo estaba dispuesta a darlo.