El silencio de la casa azul 26 Los frutos del pasado
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26 Los frutos del pasado

Los frutos del pasado

Apenas contaba con una hora para recoger las hierbas que necesitaba para elaborar sus pócimas.

Tenía que estar de vuelta antes de las doce, pero era importante que las plantas se recolectasen de noche para que mantuviesen sus propiedades.

No debía olvidarse de llevar el chal de lana —tan blanco como el resto de su ropa—, porque en aquella población norteña la temperatura refrescaba tras la caída del sol, aunque todavía fuera verano.

No se molestó en ofrecer explicaciones de a dónde iba ni por qué.

Mario no se ocupaba de sus idas y venidas.

Mientras no se metiese en líos y fuese discreta, gozaba de libertad para organizar su vida a su albedrío.

En realidad, habría sido difícil determinar qué tipo de autoridad tenía sobre ella y ninguno quería enzarzarse en esa disputa.

Caminó por la villa tratando de evitar a la gente; no era conversación lo que pretendía encontrar esa noche.

Aún no estaba familiarizada con la geografía de Llanes, pero sabía que el mar bañaba la localidad por el norte.

Olfateó el aire como lo haría un sabueso buscando su presa.

El Cantábrico, poderoso en fragancias, olía a salitre y algas; aromas que le inundaban las fosas nasales y que, como un rastro infalible, marcaban el trayecto que debía seguir para encontrarse con él.

No se equivocó al hacerlo: apenas tardó en divisar el mar que, peleado con la costa, golpeaba con saña las paredes de roca.

Se mantuvo alejada del borde del acantilado, repasando las plantas que ofrecía el sendero.

Justo al final se encontraba la playa; donde crecían las flores que buscaba, plegadas sobre sí hasta que el nuevo día las inundase de luz y las devolviese a la vida.

Tenía que cortarlas en aquel preciso instante, cuando encerraban en su interior todo el poder y los jugos.

Apuró el paso y oyó voces que subían por el camino que ella debía descender.

Sonaban a risas, a fiesta y jarana, tal vez demasiada jarana.

Se detuvo como un animalillo pillado en falta.

No tenía donde esconderse. Habría sido más cauto que se alejase de los desconocidos, pero su atuendo relucía bajo la luna llena como la luz del faro que divisaba en la distancia.

Continuó avanzando, resignada a lo inevitable, cuando aparecieron tres jóvenes ebrios que copaban todo el sendero.

—¡Mirad quién viene por ahí! —dijo uno de ellos elevando la voz.

—¡Eh, sí! ¡Vaya sorpresa! La bastarda de Melgar —añadió otro, que aderezó su infamia con una carcajada.

—O su ramera, quién sabe… —Los tres estallaron en risas—. Algo malo será, si se empeñan tanto en guardar el secreto.

—¡Que nos lo cuente ella misma! —gritó el primero arrimándose a Malena. Ella quiso retroceder, tomar distancia, pero el acantilado estaba a su espalda. La tenían cercada.

—¡Vamos, Marcial! Arráncale ese pañuelo de la cabeza. Quiero saber qué se esconde ahí debajo.

Malena sintió que la rabia la consumía por dentro.

Quizás tendría que haber sido miedo, habría sido lo lógico, pero se parecía más a la ira.

Su madre le había enseñado que una mujer debía tener el valor de afrontar sus batallas, incluso aunque las creyera perdidas.

De lo contrario, estaría derrotada de antemano. La joven se preparó para luchar y…

… una voz les sorprendió.

—¡Dejadla en paz…! —La mano del hombre que se acercaba a Malena quedó suspendida en el aire. Ella achicó la mirada para distinguir la figura que ascendía por el camino de la playa, pero sus acosadores lo reconocieron antes.

—¿Nos hemos perdido algo, Sanjuán? Qué calladito te lo tenías… —Sus carcajadas cortaron la noche.

Dimas Sanjuán, el joven que había conocido en el homenaje a Mario, rodeó a los otros y, dándole la espalda a Malena, se colocó delante de ella para protegerla.

—Portaos bien y no tendremos problemas —les advirtió muy serio, pese a que su tono sonaba conciliador.

—¿Nos amenazas? ¡Qué miedo, Sanjuán! ¿Sabes contar? Nosotros somos tres, amigo.

—Pero estáis borrachos, Julián. Mejor os portáis como caballeros y os vais a dormir la mona. ¡Venga, iros ya!

Malena vio el destello de un cuchillo que asomaba por el puño de Dimas.

Los otros tres debieron advertirlo también.

A buen seguro pensaron que una puñalada extraviada no era la mejor manera de terminar una noche de juerga.

No merecía la pena. Se fueron entre risas, aunque Julián se encaró con Dimas antes de perderse en la noche.

Malena se desinfló como un fuelle. Le temblaban las rodillas, pero no vio ningún lugar donde poder apoyarse.

—¡¿Estás loca?! —le gritó Dimas enfadado.

La joven dio un respingo, le fallaron las piernas y acabó sentada en el suelo, sobre la hierba que alfombraba los lindes del camino.

Dimas le tendió la mano y aprovechó la cercanía para seguir cuestionando su cordura—.

¿A quién se le ocurre hacer algo así? No deberías salir a estas horas sin compañía.

—En Cuba podía salir cuando me daba la gana… —afirmó la muchacha con cierto resquemor en la voz. Él torció el gesto, como si no la creyera del todo. Tampoco importaba. Las palabras que pronunció a continuación vinieron a constatar la realidad más desoladora de todas:

—Pero ya no estás en Cuba…

Malena asintió lentamente y, como si hubiera activado un resorte, las lágrimas brotaron a borbotones y se le agolparon en las pestañas. Ella, que jamás lloraba en público, estaba gimoteando frente a alguien que era poco más que un desconocido.

—Lo siento… lo siento de veras —balbució ocultándose el rostro entre las manos.

Dimas se acercó más aún; tal vez demasiado.

Malena percibió una especie de energía que fluía entre los dos y que los atraía como polos de un imán.

Pensó en romper aquella atracción, pero le faltaban fuerzas.

Dimas le tendió un pañuelo para secar el llanto.

Pese a que llegaba de pescar, su pañuelo olía a limpio, a lavanda fresca.

—Yo también lo siento, Malena.

—¿Por qué? —preguntó extrañada—. Tú no tienes culpa de nada.

—Siento que estés tan triste —afirmó muy serio.

—Calla, no me conoces. No sabes nada de mí… —respondió algo incómoda. No estaba acostumbrada a tanta intimidad.

—Pero me gustaría saberlo —y alzó la mano para rozarle la mejilla. Malena se apartó de él y, con ese gesto, rompió el efímero vínculo que empezaba a establecerse entre ellos. Dimas suspiró. Había mucho de resignación en su suspiro—. Vamos; es tarde. Al menos, deja que te acompañe a casa.

* * *

El padre Ismael ya le había advertido que era el mismísimo diablo quien estaba tras su decisión de trabajar para Mario Melgar.

Y tenía que ser cosa del maligno, porque ni siquiera ella podía hallar otra explicación para una idea tan retorcida como aquella.

La tentación de compartir techo con el responsable de la muerte de Mina era demasiado fuerte para que pudiese vencerla.

Alba aún no sabía cómo materializar su venganza.

Entretanto, trataba de mantenerse alejada de él, aislada en las cocinas de la Casa Azul, pero tarde o temprano tendría que enfrentarse a Melgar.

—El señor desea hablar contigo —dijo el ama, que apareció de repente en sus dominios.

Sorprendida por su irrupción, Alba se cortó con el cuchillo que tenía entre manos.

Doña Trinidad lo vio: la sangre carmesí brotaba abundante del dedo índice de la cocinera, pero el rostro del ama apenas se inmutó.

Ella era así: rígida y antipática, a partes iguales—.

Te está esperando en el salón —añadió, dándole a entender que no debía perder el tiempo con naderías.

Alba contuvo la sangre con un trapo y trató de imitar la indiferencia del ama:

—¿No ves que estoy ocupada con el almuerzo? No puedo abandonar las cocinas ahora.

—No hay excusas, Lorenzo. Son órdenes del señor —doña Trinidad siempre la llamaba por el apellido—. Si te sirve de consuelo, no creo que te retenga por mucho tiempo.

—Pero ¿qué necesita de mí justo ahora? —objetó la mujer, que comenzaba a estar más irritada que cualquier otra cosa.

—¿Pretendes que le pregunte al señor de la casa qué quiere de un miembro del servicio? ¡No me hagas reír! —El ama le dirigió una mirada reprobadora—. Me limito a cumplir sus órdenes. Y tú deberías hacer lo mismo si quieres conservar este trabajo…

Alba guardó silencio. No iba a continuar con aquella lucha de voluntades.

Su enemiga no era el ama de llaves; su enemigo estaba más arriba, en el salón principal.

Apenas lo había visto desde que regresó a Llanes y, en su mente, se asemejaba a un fantasma de otra época; una época tan dolorosa que teñía los recuerdos de negro, del color del luto y de la añoranza por los muertos… de la añoranza por Mina.

Se armó de valor para reunirse con Mario Melgar. No necesitaba el valor porque lo temiese a él, lo necesitaba porque se temía a sí misma.

* * *

Tras regresar de Cuba para instalarse en Llanes, se sorprendió al descubrir que extrañaba algunas cosas de la isla donde había hecho fortuna.

Nunca llegó a sentirse como un verdadero isleño, ni siquiera al final, después de casi veinte años de sacrificio y lucha.

Siempre pensó en regresar a Asturias. Quería hacer fortuna y, tiempo después, volver a Llanes para que sus parientes pudieran constatar de primera mano el alcance de su éxito.

Parte del mismo residía en demostrarles a los demás cuán lejos había llegado.

Cumplió ese doble propósito —¡vaya si lo hizo!

—, pero echaba de menos la luz del Caribe y el azul intenso que bañaba los cielos y las costas de Cuba.

Animado por un impulso, se puso en pie y se acercó a los ventanales que daban acceso al jardín posterior.

Al otro lado del cristal, se extendía un formidable vergel alfombrado de hierba, gran variedad de flores y exóticas palmeras.

Mario deseaba que estas últimas hendieran sus raíces con fuerza.

Tenían que sobrevivir en una tierra que les era ajena, como también debía hacerlo la hija de Bruno y Amara.

Sabía que el suyo era un pensamiento absurdo, casi infantil, pero barruntaba que el éxito de las palmeras sería un buen augurio para ellos.

Regresaba a la butaca cuando alguien del servicio se adentró en el salón.

Melgar la miró; primero, con cierta indiferencia; después, con toda su atención.

El mundo se detuvo de repente y el corazón se le desbocó en el pecho.

«Mina Lorenzo… —pensó ofuscado—. Se parece tanto a ella…

, pero no lo es. Solo ha sido un espejismo», se obligó a decirse a sí mismo.

Parpadeó varias veces y trató de sobreponerse a sus emociones.

La mujer que tenía frente a él le recordaba a la joven que había abandonado para emigrar a Cuba.

Aunque observándola bien, ella era una versión más ajada y maltratada por la vida.

Prefería conservar la imagen que tenía de Mina, razón por la que no se había molestado en buscarla.

La memoria acostumbraba a ser mucho más generosa que la realidad.

Un latigazo de culpa le recordó que tal vez hubiera un hijo suyo en algún lugar del pueblo.

Lo desechó. Nadie se había presentado en la casa para reclamarle la paternidad y eso que la fortuna del indiano Mario Melgar representaba un incentivo muy poderoso.

—Usted es la jefa de cocina, ¿verdad? Me resulta extraño que trabaje para mí y no nos hayamos tratado antes…

—La mujer apretó la boca y guardó silencio.

Tenía el ceño fruncido y una arruga en mitad de la frente que crecía por momentos.

Mario decidió seguir hablando—. Bueno, no importa…

La he llamado porque deseo encargarle una tarta para el cumpleaños de la señorita Bastida.

No celebraremos una fiesta al uso. A Malena no le gusta demasiado la gente y tampoco conoce a nadie aquí, pero sí que quiero un pastel especial para ella. Es muy golosa, ¿sabe?

Alba asintió, aunque su cuello estaba tieso como una tabla.

Le temblaban las manos y las enlazó por la espalda para disimular el malestar.

Apretó los dedos hasta que su rigidez la obligó a rebajar la tensión.

Se preguntó si le sería posible retirarse sin llegar a cruzar una palabra con él. Lo deseó con todas sus fuerzas.

—Su cara me resulta familiar —dijo Mario—. ¿Nos conocimos antes de que emigrase a…?

—¡No! —replicó Alba ansiosa, un sonoro y tajante «no» que reverberó en las paredes del salón.

Mario acusó la hostilidad de la respuesta y se encogió como si le hubiesen arreado una bofetada en la cara. Se quedó desconcertado y, aprovechando su confusión, la cocinera se retiró del salón antes de que él pudiera indagar de dónde provenía su inquina.

De vuelta al ventanal y las palmeras, pensó una vez más en Mina Lorenzo y en la última conversación que mantuvieron antes de que él se fuera.

Había sido cruel y egoísta con ella. Cuando partió rumbo a Cuba, quiso dejar el lastre del pasado enterrado bien profundo en Llanes, pero era muy posible que, con su regreso, hubiese llegado el momento de desenterrarlo.