El silencio de la casa azul 25 Chains
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Se observó en el espejo sin un ápice de ilusión en la mirada.

Cerró los ojos y los apretó con fuerza. Cuando los abrió de nuevo, no había cambiado nada: ni en ella ni en su atuendo.

«Este vestido no es para mí», se recordó a sí misma con dureza.

El vestido, tan recargado y ostentoso, era para complacer a Julio y al mundillo elitista del que formaba parte.

Jamás había soñado con ser el tipo de novia que le mostraba el espejo, pero hasta el último de sus deseos se había escondido en algún lugar de su interior.

Habían enmudecido, los muy cobardes, plegándose a la voluntad de otros.

Abatida, se sentó en el butacón de terciopelo granate donde solía calzarse, apoyó la cabeza en el respaldo y notó que se hundía en el asiento.

Poco a poco, los contornos de la habitación se fueron difuminando a su alrededor y la realidad perdió nitidez hasta adquirir las hechuras de un sueño.

El pasado había venido a visitarla sin previo aviso y le traía de vuelta la sensación de humedad, el olor de la tierra pegada a las botas y la aspereza del tweed .

Los recuerdos de su niñez se precipitaron sobre ella.

La expectación del grupo de cazadores se esparcía por la finca como la niebla que se arrastraba a ras del suelo: lenta pero imparable.

Los colmaron de advertencias y los dejaron atrás, junto al hijo del guardés, un muchacho de su edad, de mirada inocente y con el rostro arrasado de pecas.

Julio desoyó las advertencias: las prohibiciones no iban con él; peor aún: siempre le causaban el efecto contrario.

Encontró una escopeta que alguien había olvidado en un rincón y se dedicó a fingir que él era el mayor y que estaba al mando del resto.

—Deberías dejarla donde estaba —le reprendió el hijo del guardés, pero sus palabras solo sirvieron para que Julio se creciera más todavía.

—¡Tú no puedes darme órdenes! —le gritó y, apuntándole con el arma, añadió—. No eres más que un criado.

Nuria, asustada por la actitud agresiva de Julio, dio un paso atrás y pensó en buscar a un adulto. Él la miró y la sujetó de la muñeca con fuerza. Demasiada fuerza.

—¡Ven conmigo! —le dijo, al tiempo que la arrastraba del brazo. El otro chiquillo se interpuso en su camino.

Julio se enfadó. Sus ojos ardieron como la yesca.

Soltó a Nuria de pronto y empujó al hijo del guardés que cayó hacia atrás desprevenido.

La cabeza del niño rebotó al golpear con la piedra.

Quedó tendido en el suelo, inmóvil, quién sabe si muerto.

El silencio se extendió como un manto de asfixia que no la dejaba respirar.

Nuria creyó que iba a ahogarse bajo su peso. Hasta que Julio lo rompió:

—¡Fue culpa suya! —chilló con una voz muy aguda—. Me atacó… Sí; eso es lo que vamos a hacer. ¡Tienes que decir que me atacó! —volvió a gritar desquiciado. Nuria comprobó que la furia de sus ojos se había transformado en miedo y el instinto le decía que ese miedo lo hacía más peligroso.

Cuando llegaron los adultos, alertados por sus gritos, se llevaron al hijo del guardés en parihuelas. El brazo del muchacho colgaba inerte, sin vida, y esa fue la última imagen que Nuria tuvo de él. Jamás podría olvidarlo.

Mintió. Nunca supo por qué. Tal vez por el miedo de Julio, tal vez por el suyo. Aún se avergonzaba de aquella mentira que había dejado una huella indeleble en ella. La cobardía siempre se cobraba un precio… y no era barato.

Irritada, se removió en su asiento. «¿Por qué me aferró a este recuerdo precisamente ahora?

—se preguntó molesta—. Julio no era más que un niño; nadie debería juzgarlo por eso».

Se puso en pie de pronto y se estiró el vestido con las manos, aunque la desazón siguió con ella y no parecía dispuesto a abandonarla.

—¡Qué dramatismo! —exclamó de vuelta al espejo—. Empiezo a parecerme a mi madre…

Apenas pronunciadas las palabras, se le erizó la piel y creyó notar un aliento frío en la nuca.

Se giró con brusquedad: no había nadie más allí.

Unos pétalos del enorme ramo de rosas que le había enviado Julio cayeron al suelo como arrastrados por un roce invisible.

Quiso pronunciar el nombre de su madre, pero se mordió la lengua hasta hacerse daño.

Las lágrimas rodaron por su rostro sin que pudiese evitarlo.

Sacó un pañuelo de seda que había escondido en la manga del vestido y se las secó con cuidado.

«¡Qué desastre!», pensó. Julio se enfadaría al verla con el maquillaje corrido.

Su futuro marido había organizado la boda sin reparar en gastos.

Lo más granado de la sociedad madrileña, la nobleza de rancio abolengo y los altos cargos afectos al régimen aguardaban en los Jerónimos su aparición.

La ansiedad por no estar a la altura de lo esperado hizo que le temblasen las manos y se le desbocara el corazón.

Oyó un golpe en la puerta. Su padre venía a buscarla. Ya era tarde para huir, tarde para arrepentirse; aun así, tuvo que controlar el impulso de hacerlo.

Su mirada se dirigió a la ventana, como si todavía pudiera escapar por ella. Después miró la puerta.

Se armó de valor. Cogió el ramo de novia y salió.

Los pétalos de rosa quedaron alfombrando el suelo.