El silencio de la casa azul Diario de Amara
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Diario de Amara

D IARIO DE A MARA

Sebastián se puso enfermo, muy enfermo, y en la plantación cundieron el pánico y el descontrol.

Aquello era como un reino sin rey. Alvarado llegó a tener una fiebre altísima que le hacía delirar.

Avisaron a su médico habitual. El doctor Megido descartó que se tratase del cólera y esa declaración nos permitió recuperar cierto sosiego.

Los esclavos temían, más que nada, los estragos de una nueva epidemia.

En la última habían muerto decenas de ellos.

Megido empleó con Sebastián sus mejores artes, pero fueron inútiles.

La fiebre no bajaba con nada y el enfermo no soportaba las terribles migrañas y la dolorosa rigidez del cuello.

Con las primeras convulsiones y la pérdida de la consciencia, el doctor buscó ayuda entre los galenos más reputados de la isla.

Una mañana de septiembre, arribó a la plantación un equipo de cuatro doctores procedentes de Santiago de Cuba.

Probaron en el amo todo tipo de remedios, desde los clásicos hasta los más avanzados.

Tampoco consiguieron ningún resultado, más allá de martirizar al enfermo.

Una semana después, viajaban de regreso a Santiago con las manos vacías y los bolsillos repletos.

Dejaron a Sebastián abandonado a su suerte.

Leonor, que no había podido acercarse a él hasta entonces, lo halló consumido por la fiebre y el dolor.

Parecía haber envejecido diez años. Mi madre volcó toda su sabiduría en él: lo que había aprendido en África y perfeccionado en Cuba.

Instaló su altar en la habitación de Alvarado y se entregó con fervor a preparar tisanas, emplastos y demás remedios.

El resto del tiempo rezaba a los Eggun para que lo mantuvieran con vida.

Yo le buscaba las hierbas, las recogía en el momento adecuado y la ayudaba con la decocción, el filtrado y la destilación de las pociones.

Viendo su desesperación por curar al enfermo, caí en la cuenta de la importancia de lo que hacía.

Pese a mi buena memoria, me acostumbré a apuntar cada detalle en las últimas páginas de este diario.

Una mañana de otoño en que la lluvia torturaba la techumbre del barracón con su golpeteo incesante, mi madre irrumpió en el cuarto que aún compartíamos.

Estaba empapada; el cabello mojado se le pegaba a la cara y sus ojos tenían un brillo febril.

«Se ha curado», me dijo antes de caer desplomada a mis pies.

La angustia se apoderó de mí. Creí que Sebastián le había contagiado su enfermedad y yo no podía asumir la responsabilidad de salvarla.

Me equivoqué.

Leonor estaba agotada y solo necesitaba dormir.

Cuando por fin se despertó, veinticuatro horas después, el propietario de la plantación —su amante, mi padre— ya había tomado una decisión que cambiaría nuestras vidas para siempre.