24 La fuerza del destino
La fuerza del destino
La gratitud es una deuda que hay que saldar tarde o temprano.
Don Lisardo lo sabía muy bien y necesitaba acallar su conciencia para poder disfrutar de su orejero, de un buen libro y de la calma del salón.
Su gabinete —le gustaba llamarlo así para darse importancia— se ocupó de remitir las invitaciones a los personajes más influyentes de la comarca y también encargó el anuncio del homenaje a Mario Melgar en la primera página del diario local, El Oriente de Asturias ; lo que hiciese falta para lograr que Llanes se volcase con Melgar y que el indiano siguiera gastando dinero a raudales en el concejo.
Los llaniscos no defraudaron a su alcalde y acudieron al reclamo.
Una muchedumbre bulliciosa estaba reunida en la plaza de Santa Ana, donde habían colocado un estrado para que todos los presentes pudiesen ver y disfrutar del reconocimiento al acaudalado hijo pródigo.
La banda municipal, convocada de nuevo, destrozaba las notas de una habanera que solo habían ensayado para aquella ocasión.
Algunas parejas, poco exigentes con la calidad de la música, se animaron a bailar para matar el tiempo.
La aparición del indiano causó gran expectación entre el público, debida en buena parte a que venía acompañado de la joven mulata cuya identidad mantenía intrigado a cada vecino de Llanes.
Las conjeturas y suposiciones al respecto eran muchas, sí; no obstante, nadie albergaba la menor certidumbre sobre el vínculo que la unía a Melgar.
Su singular apariencia —vestida de blanco inmaculado de la cabeza a los pies— contribuía a avivar los rumores de su origen ilícito o de un presente todavía peor.
Las apuestas más maliciosas se debatían entre amante o bastarda.
Melgar, ufano como un pavo real en pleno cortejo, se dedicó a repartir saludos y abrazos entre los asistentes, mientras Malena ocupaba un discreto lugar a su espalda.
De nada le sirvió. La joven se sintió abrumada por las miradas de la gente, tan inquisitivas que parecía que pretendían desnudar su alma.
La curiosidad de los lugareños resultaba muy chocante, ya que nadie se atrevía a hablar con ella, ni siquiera a cruzar palabra.
Aquella situación era culpa de Mario, claro estaba, empeñado en lucirla como una exótica perla cubana.
El indiano disfrutaba dando pábulo a las habladurías y los rumores, que luego desdeñaba sin el menor sonrojo.
Don Lisardo, que se había enfundado su traje de gala, hizo un gesto para detener la música de la banda —¡gracias a Dios!
— y le pidió a Melgar que subiera con él al estrado.
Malena rechazó acompañarlos y, durante unos instantes, se quedó al pie de la escalera para escuchar el discurso del alcalde.
Luego trató de encontrar un rincón más discreto, pues todo tenía un límite y ella no estaba dispuesta a ser el trofeo de nadie.
El regidor se enredó en una perorata sin fin que pretendía loar las virtudes de Mario Melgar.
El listado de obras benéficas y la prolija justificación del uso que habían dado a los fondos de Melgar ahuyentó a la joven, que se alejó para escapar del aburrimiento y de la morbosa curiosidad de la gente.
En la plaza de Santa Ana y en las calles aledañas olía a mar, pero Malena había descubierto que el Cantábrico también olía diferente al Caribe.
Aun así, se dejó guiar por su olfato en busca de los acantilados y las playas doradas que custodiaban la villa.
A punto de salir de la plaza, dejando atrás el gentío, se le aproximó un chiquillo de rizos bermejos, más valiente que el resto:
—¡Hola! Yo te conozco —afirmó con desparpajo interponiéndose en su camino. Malena le sonrió. Todo lo que vio de él le pareció encantador y eso no era algo habitual en ella.
—¿Me conoces? —preguntó divertida—. A ver, cuéntame.
—¡Claro que sí! Eres la cubana que vive en la torre de la Casa Azul…
—Entonces no me conoces, pillín. Sabes lo mismo que sabe el resto del pueblo —bromeó ella guiñándole un ojo.
—Mi hermano mayor dice que eres muy guapa —le contó el pequeño, y le devolvió el guiño con la picardía de un adulto. Malena se quedó fascinada: desde su llegada a Llanes, no había conocido a nadie tan franco ni tan abierto.
—¡Vaya! Pues dale las gracias a tu hermano. No sé cómo te llamas…
—Manuel, pero todos me llaman Nel. Espera, no te vayas todavía y podrás darle las gracias tú misma.
El chiquillo se alejó unos pasos y se detuvo ante un joven que, distraído, hablaba con otros. Nel le tiró de la manga para captar su atención y se puso a gesticular en dirección a Malena. Ella, algo avergonzada, les dio la espalda y siguió caminando hacia la playa.
—¡Espera! —gritó Nel volviendo a su lado—. ¿Adónde vas? Te dije que no te fueras —le reprochó alzando los brazos—. Este es Dimas, mi hermano.
El joven era alto, espigado, y le recordó a las cañas de azúcar de la hacienda donde había crecido. Tenía el cabello encrespado y del color del caramelo. Sonreía feliz, confiado. Al contrario que ella.
—Disculpa a mi hermano —le pidió mirándola a los ojos—. Es un entrometido —añadió removiendo los rizos de Nel. El niño le arreó un manotazo y se tomó su venganza:
—Sí, sí… Dile lo que me dices a mí, ¡so listo! ¿A que te parece muy guapa…?
Dimas le fulminó con la mirada. Carraspeó y, durante unos instantes, no supo cómo seguir. Malena aguardaba expectante, como si estuviera esperando que, en efecto, reconociese su belleza.
—Verás, solo… te conocemos de vista… —explicó, optando por un comienzo más convencional—. Nuestra madre trabaja en la Casa Azul. Se llama Alba Lorenzo.
—¡Vaya! ¡Qué me dices! —exclamó sorprendida—. Alba hace los mejores pasteles del mundo —y como no estaba dispuesta a soltar la pieza con tanta facilidad, añadió—. Así que piensas que soy muy guapa…
Dimas sonrió de nuevo. La suya era una sonrisa que calentaba el alma.
—Sí —reconoció con franqueza. Nel decía la verdad: la muchacha era tan hermosa que no podía dejar de pensar en ella.
Su sinceridad desarmó a Malena. No esperaba encontrar admiración y, mucho menos, atracción, en un lugar donde su piel decía «diferente» a gritos.
—Voy a dar un paseo —les dijo—, no sea que a la banda se le ocurra destrozar otra habanera…
—¿Podemos acompañarte? —propuso Nel. Ella les miró.
Los hermanos la observaban con actitud expectante, a medio camino entre la esperanza y la decepción.
Malena no quiso decepcionarlos. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía a gusto, tranquila.
Fue algo tan parecido a regresar a casa, que no pudo negarse.