El silencio de la casa azul 23 I want to hold your hand
31%

23 I want to hold your hand

I want to hold your hand

—¿Qué tal te fue con Julio? ¿Adónde te llevó? —preguntó su padre mientras untaba mantequilla en la tostada.

Nuria eludió la primera pregunta y respondió a la otra, bastante más fácil para ella.

—Fuimos a cenar al Lhardy…

—¡Anda! ¡Pero si es uno de los mejores restaurantes de Madrid…! —dijo Abel con la tostada suspendida a mitad de camino.

—Sí —respondió ella lacónica. No tenía muchas ganas de hablar del tema. La cita le había dejado una sensación agridulce, más agria que dulce.

—¿Volveréis a salir?

Nuria detectó cierta ansiedad en la voz de su padre. Arrugó el ceño extrañada: ¿acaso se estaba tramando algo a su espalda?

—No lo sé. Él quiere que volvamos a vernos, aunque puede que no sea buena idea.

Abel se mostró confundido. Se levantó de la silla y se acercó a la ventana. Las manos le temblaron al tratar de encender un cigarrillo.

—Creía que te gustaba Julio. Os conocéis desde niños…

—Sí, pero hace mucho que ya no somos niños. La verdad es que no sé si me gusta en ese sentido… —explicó lo más sincera que pudo—. Tampoco sé por qué estamos hablando de esto.

Abel parpadeó incómodo. Se le veía perdido. Nuria percibió su desconcierto y algo parecido a la decepción. ¿Qué narices estaba pasando?

—¿Qué ocurre, padre? —Antes nunca lo llamaba así, antes siempre había sido papá, pero cada error de Abel, cada tropiezo, aumentaba la distancia entre ellos. Apenas les quedaba margen para acabar convirtiéndose en Nuria y Abel, dos extraños obligados a convivir y a entenderse.

—Sabes que debemos mucho dinero…

Ella dio un respingo y se apoyó en el respaldo de la silla, tiesa como un gato a punto de atacar. Le molestó profundamente que la implicase en sus fracasos.

—… pero no sabes hasta qué punto estoy comprometido —se le llenaron los ojos de lágrimas y apagó el cigarrillo en un cenicero rebosante de colillas muertas.

Nuria se quedó paralizada en la silla. Se sintió tan distanciada de las emociones de su padre que ni siquiera pudo compartir su dolor.

De hecho, su llanto le provocaba un intenso rechazo.

Él tendría que haber cuidado de ella y no a la inversa.

Desde la muerte de Inés, no había vuelto a hacerlo; y no se había conformado con eso, sino que también la había puesto en riesgo.

Tuvo miedo de las palabras que vendrían a continuación. No quería escucharlas.

—Julio podría ser la solución a todos nuestros problemas —otra vez aquel plural odioso—. Con él tendrías… tendrás la vida que te mereces, hija. Podrás cenar cada noche en el Lhardy. Y nuestro apellido no caerá en desgracia. Ganaré tiempo para recuperar liquidez. Podría vender…

Nuria dejó de escuchar a su padre. Contempló las paredes del comedor, la pintura cuarteada, los rodetes de humedad, la penuria colándose por las rendijas y sintió que, como un titán desinflado, debía soportar el peso del mundo sobre su espalda.

Les acechaba la soledad del pobre, la peor de todas las soledades.

Tuvo miedo de no ser lo bastante fuerte para soportarlo.

Luego pensó en Vallejo: su rostro perfecto, su cuerpo fornido y la fascinación casi morbosa que despertaba en ella.

Pensó también en el reverso de Julio: su carácter autoritario, su dudosa moralidad y aquella sensación de peligro que, como una suerte de advertencia, se agazapaba en su interior. No debía ignorarla.

Supo que, si decidía aceptar la solución que le proponía su padre, sería como lanzar una moneda al aire y apostar todo su futuro a cara o cruz.