El silencio de la casa azul Diario de Amara
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Diario de Amara

D IARIO DE A MARA

A Sebastián de Alvarado no le quedaba familia en Cuba.

Su esposa, el amor de su vida, había fallecido durante la primera epidemia de cólera que asoló la isla.

Alvarado contrató a los mejores médicos que encontró, no escatimó en dinero ni en esfuerzos.

Fue inútil. No pudo salvarla y perdió la fe en todo.

Ya no creía, ni volvería a creer, en los milagros de la ciencia moderna.

Tampoco creía en un Dios que, como un padre desalmado, había ignorado sus plegarias.

Se quedó completamente solo, huérfano de amor y de convicciones, y para no volverse loco se centró en su negocio.

La plantación de caña de azúcar le consumía cada hora del día: vigilaba los cultivos, reformaba los barracones, viajaba a Santiago de Cuba cada dos por tres para comprar más esclavos…

Me cuestioné muchas veces cómo era posible que un hombre esencialmente bueno tuviese esclavos.

Nuestra voluntad sometida a la suya: amo y señor de cada uno de nosotros.

¿Por qué? No podía entenderlo. ¿Acaso no estábamos hechos de la misma carne, piel y huesos?

Los que llevaban toda una vida trabajando con él le respetaban; incluso podría decirse que lo veneraban.

Jamás era violento, ni abusador, ni avaro… ; pero seguía siendo un esclavista.

Transcurrieron los años, crecí y me acostumbré a pasar los días como una sombra de Alvarado.

Mientras él permanecía en la plantación, lo acompañaba a todas partes.

Al caer la tarde, nos encerrábamos en la biblioteca para leer un libro tras otro.

Me preguntaba mi opinión sobre ellos y escuchaba mis respuestas.

Jamás me sentí tan importante. Nunca cuestioné las razones de su interés por mí, tales eran mi candor y mi soberbia.

Hasta que un día, más tarde que temprano, la vida por fin me abrió los ojos.

¿Cómo pude estar tan ciega?

Se acercaba la noche de San Juan y Sebastián quiso celebrar la festividad por todo lo alto.

Alvarado jamás organizaba bailes, ni fiestas, ni nada similar en su casa; apenas algunas comidas y cenas con los amigos que venían de vez en cuando a visitarlo.

Los esclavos nos dejamos llevar por su entusiasmo y arrimamos el hombro para que la celebración fuera un éxito.

Al menos teníamos algo que hacer para escapar de la rutina.

Lo conseguimos. ¡Vaya que si lo hicimos! Los invitados hablarían durante varias semanas del magnífico baile de la Hacienda Alvarado.

Cuando el último de ellos se fue, Sebastián nos dio permiso para seguir con la fiesta un poco más, de modo que las tareas domésticas quedaron pospuestas a la jornada siguiente.

Los criados abandonaron la casa grande y se fueron en busca de las hogueras que ardían frente a los barracones.

Me habría ido también, pero antes quería encontrar a mi madre.

Y la encontré. Los vi besándose en el jardín, ocultos tras las palmeras.

Él la sujetaba por la cintura. Ella buscaba el hueco de su cuello.

Existía una familiaridad entre ellos, una complicidad entre los dos, que yo no podía entender.

De pronto, el rompecabezas encajó: los secretos de mi madre; el interés de Alvarado; el color de mi piel, más clara que el resto…

Las piezas estaban ahí, pero yo no había sabido juntarlas.

Mis padres mantenían una doble vida a mi espalda y me habían ocultado quién era.

Me sentí tan traicionada por ellos, que me faltó el aire, perdí el equilibrio y noté un dolor lacerante en el pecho.

«Así es como se sufre cuando te rompen el corazón», pensé.

Los cubanos tienen un nombre para las mujeres como yo, para la hija de un hombre blanco y una esclava negra:

Esa palabra es «mulata».