El silencio de la casa azul 22 El tiempo no cura
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22 El tiempo no cura

El tiempo no cura

Con el regreso de Mario a Llanes, el deseo de vengar la muerte de Mina se tornó tan pujante, tan perentorio, que empañó el resto de las cosas que formaban parte de su vida.

Todo lo demás pasó a un plano inferior, un plano casi invisible para ella.

Alba aún no sabía cómo ejecutar el castigo ni hasta dónde sería capaz de llegar, pero las fantasías de venganza y los planes para ejecutarlas colmaban sus pensamientos y saturaban sus vigilias.

Hubo un momento en que estaba tan obsesionada que necesitó liberarse de parte de la carga para poder avanzar.

Solo vio una salida: la confesión con un sacerdote de confianza.

El secretismo que llevaba aparejado el sacramento venció las pocas reticencias que le quedaban.

Dejó a sus hijos, Nel y Dimas, al cuidado de su esposo, aunque bien podría haber sido al revés: el bueno de Colas, agotado tras varias jornadas de pesca, dormitaba una plácida siesta de la que no se despertaría hasta bien entrada la tarde.

Alba aprovechó las horas muertas de la sobremesa para ir a la iglesia.

Tiempo atrás jamás se le habría ocurrido acudir a la capilla de San Roque, debido a la vieja rivalidad de los bandos, pero tras perder a su hermana nada de eso tenía la menor importancia.

Ninguna importancia. ¡Qué felices habían sido cuando solo les preocupaban esas naderías!

Su querido Ismael había «heredado» el puesto del padre Aquiles en el templo y ella solo se veía capaz de confesarse con él.

Abrir su corazón, después de mantenerlo tanto tiempo cerrado, suponía un esfuerzo titánico.

También le daba miedo lo que pudiera encontrar allí.

Cruzó la plaza deprisa y empujó la puerta enrejada que daba acceso a la capilla.

Se persignó ante el santo peregrino, aburrido en su hornacina, y avanzó por un lateral hasta llegar a la pequeña sacristía, donde encontró al padre Ismael.

Los veinte años transcurridos desde la muerte de Mina le habían dejado un poso de serenidad en el rostro y un racimo de canas en las sienes. La vocación le sentaba muy bien.

—¡Alba Lorenzo! —exclamó sorprendido. Ismael se puso en pie y le estrechó las manos con afecto sincero. Ambos compartían el drama de haber perdido a Mina.

—He venido a verte porque necesito confesar… —le dijo sin más preámbulo, deseosa de que sus palabras y sus oscuros secretos quedasen amarrados por el sagrado silencio del sacramento.

Ismael agrandó la mirada, inspiró cuanto le permitían sus pulmones y asintió resignado. Recibir el dolor de otros formaba parte de su trabajo.

—Ave María Purísima —dijo la mayor de las hermanas Lorenzo y, como si su garganta fuese un barril al que le hubiesen retirado la espita, se lo contó todo a Ismael: los errores del pasado, la crueldad de los hombres y las dolorosas ausencias.

Incluso le habló de su obsesiva necesidad de venganza.

Al terminar su monólogo, se quedó totalmente vacía, como un fuelle desinflado—.

No puedo soportar que la haya olvidado con tanta facilidad…

—Añadió poco después, y se frotó los ojos con rabia.

No quería llorar; detestaba sentirse tan débil—.

A mí me duele como si hubiera sucedido ayer.

Quiero que Mario sufra tanto como sufrimos nosotros.

—Alba…, no es bueno alimentar el rencor; es un veneno que te corroe por dentro. Deberías dejar el castigo de Mario en las manos de Dios… —respondió Ismael apartando los ojos de ella.

—¿Dios? ¿En serio, padre? Dios le ha premiado con prosperidad y riqueza —razonó rabiosa, olvidando el lugar donde estaba—. ¿Esta es la justicia divina que debo esperar? ¿Cómo puedes decirme algo así?

El sacerdote miró hacia el suelo y se ocultó el rostro entre las manos.

En realidad, miraba a un pasado en el que Mina era feliz; un pasado en el que aún podía alcanzar sus sueños, grandes sueños.

Se negó a llorar por ella: esa pena, profunda y devastadora, le pertenecía a Alba y al resto de su familia.

Ismael guardó silencio. Si algo había aprendido durante el desempeño de su vocación era que un simple sacerdote no tenía todas las respuestas.

Lo contrario hubiera sido un pecado de soberbia.

No obstante, se recordó a sí mismo que Mina habría querido que cuidase de los suyos.

Tenía que ayudar a Alba, protegerla de sus demonios.

Se conmovió al descubrir que esa responsabilidad no le parecía una carga, sino más bien un propósito, algo que daba sentido a lo que le quedaba de vida.

* * *

Malena no terminaba de acostumbrarse a los días tan grises y deprimentes ni a la fastidiosa lluvia que la mantenía recluida en la torre almenada.

Se asomó a la ventana de su cuarto y tuvo la sensación de que el firmamento estaba demasiado cerca, que la oprimía y apenas le dejaba espacio para respirar.

La nostalgia por su paraíso perdido la golpeó con saña.

Le faltaban los azules del cielo y del mar de Cuba rodeándola por todas partes.

Se sintió triste y abatida. Cerró el ventanal y dejó los nubarrones fuera, pero la humedad de la lluvia se coló en la habitación con ella y la entristeció aún más.

Solo un buen fuego lograría ahuyentarla.

Encendió los cirios del altar de los santos y la luz, vacilante y magnética, le devolvió buena parte del calor perdido.

Al menos, las velas calentaban su espíritu.

Cogió la bolsa de las conchas de adivinación y se sentó en el suelo.

La vació en las manos y acarició las redondeces de los caparazones de cauri, desgastados por el uso y el tiempo.

Las conchas habían sido la posesión más preciada de Amara —su herencia espiritual— y ahora le pertenecían.

No se atrevió a arrojarlas. No estaba lista.

A veces tenía la sensación de que los Eggun trataban de comunicarse con ella, sobre todo en sueños, pero la última vez que habían hablado aquellas conchas, fue Amara quien interpretó su mensaje.

Malena se limitó a creer lo que decía su madre.

O a fingir que la creía, aunque le partiese el corazón.

—Estoy en un país extraño, ajeno a mí y a mis raíces; entre gentes extrañas con las que ni siquiera comparto el color de la piel —les contó a los cauris invirtiendo el orden natural de las cosas—.

¿Por qué me abandonaste, mamá? —preguntó alzando la vista al altar.

Las velas titilaron con fuerza, nerviosas, como si los santos se enfadasen por lo irreverente de la pregunta.

Ellos se ocupaban de custodiar su destino. Debía confiar.

Cerró los ojos para tranquilizarse y, cuando volvió a abrirlos, las velas habían recuperado su oscilación pausada. No obstante, le pareció que la estampa de la Virgen de las Mercedes la contemplaba con desdén. No debía olvidar que Obbatalá [9] vigilaba cada uno de sus pensamientos.

Pensó en su madre, Amara Alvarado, la famosa curandera que había sanado a tantos y que fue incapaz de sanarse a sí misma.

Sus dones le permitieron anticipar el final y dejarlo todo bien amarrado.

Ese «todo» representaba, más que nada, el futuro de su hija, lo único que de verdad le importaba.

Mario la veló noche y día sin separarse de su lado.

Malena no podía reprocharle nada en ese sentido.

Durante años, Amara, Bruno y Mario formaron el triángulo perfecto: estable y triunfal.

Se creían invencibles, pero Ikú les demostró que era más todopoderoso que ellos y que podía arrebatarles la vida cuando quisiera.

Primero lo hizo con Bruno y después con Amara.

Su madre tuvo que resignarse al destino que le gritaban las conchas.

De nada servía ignorarlas. Al menos la muerte, tan prematura y tan cruel, la devolvería a los brazos de su amado esposo.

—Cuida de Malena. Cuida de ella como si fuera tu hija… —le había pedido a Mario cuando se acercaba el final—. No la abandones —insistió y, entre susurros y palabras a medias, le recordó las cuentas pendientes.

Melgar cumplió su promesa: no la abandonó. De hecho, la arrastró con él a una tierra desconocida y chocante. Demasiado lejos de Cuba, de la arena y del sol.

Solo le quedaba el altar, el diario de Amara y las conchas de cauri que aún conservaba en las manos.

Anheló, más que nunca, que las conchas le hablasen. Su mensaje sería como oír de nuevo la voz de su madre.