21 From me to you
From me to you
Nuria abrió las puertas del armario y revisó su ropa, moviendo las perchas de un lado al otro.
Resopló y frunció el ceño molesta. No tenía nada que ponerse.
Bueno, sí; tenía un montón de vaqueros, camisetas y vestidos informales que solo servían para ir a la universidad o a tomarse unas cervezas con la pandilla.
Pero allí no había nada adecuado para el lugar al que iba a llevarla Julio.
Se sentó en el borde de la cama y observó con intensidad el interior del armario, como si pudiese transmutar las prendas con la mera fuerza de su mirada.
No tardó en rendirse y se dejó caer sobre el colchón.
Cerró los ojos un instante. Pensó en lo fácil que sería quedarse dormida y olvidarse para siempre de la dichosa cita.
Una punzada de culpa la devolvió al dilema del atuendo.
Tuvo una idea y se levantó de la cama arrastrando con ella una mezcla de expectación y tristeza.
En el cuarto de Inés, todo seguía exactamente igual que antes de que muriese, salvo que parecía más sucio y más viejo.
Nuria se preguntó si pasaría lo mismo con los recuerdos; si, a medida que transcurriera el tiempo, se acabarían ajando como la habitación de su madre.
Quiso pensar que no, que solo dependía de ella conservar ese recuerdo intacto.
Se prometió que limpiaría a la mañana siguiente, aunque el cansancio la contradijo y supo que, cuando llegase el momento, no lo haría.
Se acercó al tocadiscos que reposaba ajeno a sus cuitas sobre una mesita alta y cuadrada en una esquina de la habitación.
Le quitó la funda que lo recubría para que no cogiera polvo.
Buscó un disco en la estantería donde aguardaban apretujados y lo puso en el aparato.
Era un álbum de los Beatles: A Hard Day’s Night [7] , el favorito de su madre.
Inés le había inoculado su pasión por la banda de Liverpool y Nuria estaba contagiada a conciencia.
Rememoró las acaloradas discusiones sobre si Lennon era mejor que Paul, algo en lo que nunca se habían puesto de acuerdo. Sonrió con tristeza.
Cuando logró reunir el valor necesario para enfrentarse al ropero de su madre, un armario enorme que se extendía de pared a pared, ya sonaban los primeros acordes de la canción que daba nombre al disco.
La música camuflaba las ausencias, los silencios, que iba rellenando poco a poco con su dulce cadencia, y la ayudaba a sentirme mejor, más valiente.
Aguantó la respiración y tiró de los pomos lacados en blanco, de los que colgaban sendas borlas de raso.
Los vestidos de Inés Mendoza, la mujer con más charme de la alta sociedad madrileña, estaban cubiertos con fundas y conservaban un vago olor a alcanfor y al perfume de Inés.
Bajó las cremalleras de las fundas hasta encontrar el espléndido Balenciaga de lentejuelas negras.
Aún podía evocar la silueta de su madre con el vestido puesto: tan alta, tan delgada, la viva imagen de la elegancia.
Jamás había conocido a una mujer más hermosa que Inés; tal vez por esa fragilidad que ya estaba presente en ella, como si la belleza buscase dónde hacerse fuerte.
Se acercó el vestido a la nariz. Olía a encierro, a humedad y, aun así, muy al fondo, permanecía un rastro del perfume de su madre.
«¿Me quedará bien?», se preguntó dudosa.
Se quitó la camiseta y, sin más protocolo, se probó el vestido encima de los vaqueros.
A buen seguro era una aberración, pero no le importó.
Se esforzó en subir la cremallera hasta donde pudo.
Apartó la sábana que cubría el espejo de cuerpo entero y comprobó que el azogue había empezado a desvanecerse por los extremos.
Contempló su piel atezada, el cabello oscuro, los ojos verdes…
Se recogió el pelo con las manos y alzó los talones para simular que llevaba zapatos de tacón.
Los recuerdos la golpearon sin piedad: por un momento creyó que estaba viendo a Inés en el reflejo.
Luego se acercó a la luna y la ilusión se disipó como una nube de humo.
Compuso una mueca triste, casi afligida, y supo que el vestido cumpliría con lo que Julio esperaba de ella.
Se disponía a apagar el tocadiscos, cuando sonó la voz de Lennon cantando Can’t buy me love [8] , una de sus melodías preferidas que siempre le arrancaba una sonrisa. Sintió un escalofrío y se le erizó la piel.
Quiso pensar que su amor, como en la canción, no estaba en venta y nunca lo estaría.
* * *
Consultó el reloj apenas un segundo, sin llegar a ver la hora.
Lo miró de nuevo —las ocho en punto— y se obligó a calmarse.
Su inquietud resultaba de lo más absurda y molesta.
Al fin y al cabo, Julio y ella se conocían desde niños.
Cogió la chaqueta —un bolero negro de terciopelo—, el bolso de noche y, poco después, los soltó de nuevo.
Le sudaban las palmas de las manos. Hizo amago de frotarlas en la falda del vestido, pero recordó que estaba cubierto de lentejuelas.
Su padre apareció de improviso. Sonreía como un bobo y Nuria lo detestó por aquella sonrisa.
Antes de que dijese nada —«¡gracias a Dios!
»—, sonó el timbre de la puerta principal.
—Voy yo —dijo Abel. Nuria le paró con un gesto imperioso; algo tan inusual en ella, que su padre, obediente, se quedó muy quieto.
—Ya voy yo. No quiero alargar la noche más de lo necesario —se resistía a llamar «cita» a su encuentro con Julio.
Melgar arrugó el gesto y su sonrisa bobalicona se esfumó.
—Pásalo bien —le dijo, pero ella ya se alejaba de él y de sus palabras. No hubo beso de despedida.
Avanzó por el largo pasillo que conducía al vestíbulo.
Las sombras devoraban las esquinas del recibidor y ayudaban a esconder el declive de los Melgar.
Descartó encender la luz para espantarlas.
Abrió la puerta y se detuvo bajo el dintel.
Contempló a su acompañante, que lucía un distinguido esmoquin con pajarita.
Su frondoso cabello, sometido por una ingente cantidad de gomina, encarnaba otra de las vanidades de Julio, que nunca racaneaba en soberbia.
Tenía todo el aspecto de un triunfador pagado de sí mismo.
Su mirada lobuna hizo que a Nuria le temblaran las piernas.
No fue consciente de su propia belleza, de lo hermosa que estaba bajo el arco de la puerta, con el rostro nimbado por la luz de los faroles que presidían la entrada.
Ella, al contrario que él, nunca era consciente de esas cosas.
Julio le plantó un beso en la mejilla mientras la sujetaba de la cintura. Sintió su mano caliente como si en lugar de la tela le tocase la piel.
—Mira lo que he traído para ti —le anunció Vallejo, y señaló un llamativo automóvil que gritaba «nuevo» por los cuatro costados.
—¡Vaya…! —acertó a decirle.
Él sonrió dichoso. Estaba muy satisfecho y se le notaba. En el fondo, seguía siendo aquel niño caprichoso y consentido que Nuria recordaba tan bien.
—¿Nos vamos? Tengo reserva para cenar en un sitio que te sorprenderá, pero antes pasaremos por el club a tomar una copa de champán —dijo empujándola con suavidad hacia el coche. Parecía dispuesto a quemar sus naves para conquistarla, y eso solo consiguió que ella se sintiese peor.
La cena fue exquisita y estuvo regada con vinos en consonancia.
El entusiasmo de Julio crecía tras cada copa, al igual que lo hacía el alcohol en su sangre.
Los ojos le brillaban y, por una vez, daba la impresión de estar relajado.
Quizás en exceso, pues no reparó en que bajaba la guardia y, con ello, revelaba su verdadera cara.
—Mi despacho ha firmado un contrato millonario para la construcción de una barriada a las afueras de Madrid —afirmó muy ufano—.
Es un proyecto del Ministerio de Vivienda para recuperar las zonas más devaluadas de la ciudad.
Nos haremos de oro a costa de edificar pisos para los pobres.
El margen es muy sustancioso. Ellos se conforman con poco, ya sabes… —Añadió con sorna.
Solo entonces fue consciente del gesto de rechazo de Nuria.
—¿Acaso te molesta? ¿Ahora te preocupan los pobres? —preguntó irritado—. No me seas tan mojigata, mujer. Si tu padre tuviera una pizca del coraje de los Vallejo, no viviríais así…
Nuria enmudeció por completo. Se sentía incapaz de pronunciar palabra, ni siquiera para defender el honor de su padre, el honor de los Melgar. Todas sus emociones —dolor, vergüenza y decepción— se amalgamaron formando una bola densa y pesada en la boca del estómago.
Y ya no pudo tragar nada más.
Julio le había arruinado la noche y la cena.