El silencio de la casa azul Diario de Amara
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Diario de Amara

D IARIO DE A MARA

Si echo la vista atrás y repaso cada acontecimiento de mi pasado, solo puedo concluir que mi futuro estaba esculpido en piedra.

Lo estaba incluso antes de nacer, como si fuese la suma del destino de mis padres, una mezcla de la fatalidad de ambos.

Aunque pueda sonar absurdo y un tanto dramático, no hay nada que tenga más sentido para mí.

Los yoruba —la tribu de mi madre— veneraban la naturaleza y ella se trajo esa devoción consigo.

Fue lo único que los negreros le dejaron traer a Cuba.

En África, mi abuela le enseñó a conocer las plantas y sus virtudes.

También la animó a experimentar con ellas y a probar nuevos remedios.

Leonor adquirió fama de curandera, de sanadora…

, lo que menos importaba era el nombre. Los esclavos de la plantación acudían a ella en busca de ayuda para curar sus males.

Con el tiempo, su fama trascendió los lindes de la Hacienda Alvarado y fueron llegando hombres y mujeres desde otros lugares.

Durante un tiempo, me obsesioné con ello.

Me sentaba sobre la alfombra de cáñamo ignorando el picor que traspasaba la fina tela del vestido y me irritaba la piel.

Apretaba las conchas entre mis manos. Percibía el frescor y la redondez de sus formas, el gustoso ruido que hacían al rozarse unas con otras.

Las arrojaba sobre la esterilla con los ojos cerrados y una pregunta en los labios.

Justo después de formularla, sentía que el futuro se precipitaba sobre mí como una avalancha.

Lo que estaba por suceder formaba una maraña imposible de descifrar hasta que abría los ojos de nuevo.

Entonces, las conchas me hablaban, me contaban sus secretos.

Fue demasiado fácil engancharse a ellas, a todas las posibilidades que me susurraban.

Leonor lo vio venir y le puso freno de inmediato.

Me explicó que tenía un don para ver el futuro, pero que el porvenir aún estaba por llegar y que obsesionarse con él podía resultar peligroso.

Curar el presente era mucho más importante.

Jamás olvidé esa lección.