El silencio de la casa azul 20 El país del azúcar
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20 El país del azúcar

El país del azúcar

Oyó el rugido de sus tripas quejosas. Tenía un hambre voraz y recordó que llevaba muchas horas sin comer.

En su aposento, situado en la planta superior de la casa, había un juego de campanillas para reclamar la presencia de los criados, otra de las extravagancias burguesas de Mario.

Las ignoró a sabiendas. La hija de Amara Alvarado no necesitaba que nadie le sirviera.

No lograría aprender nada por ese camino.

Se vistió, se colocó los collares de cuentas y escondió un rizo rebelde bajo el turbante de raso.

Descendió las escaleras con pasos discretos, silenciados por la mullida alfombra que cubría cada peldaño.

Entre su cuarto y las cocinas de la Casa Azul cabía todo un mundo y la posibilidad de perderse en él, aunque Malena se dejó guiar por el olor de la comida, tan denso y dulce que, en esta ocasión, el que gruñó con verdadera codicia fue su estómago.

Malena se adentró en las dependencias del servicio y a punto estuvo de tropezarse con una joven, poco más que una niña, que salía de la cocina.

La criada llevaba una cofia blanca, un vestido gris y, sobre él, un delantal tieso de almidón.

Se disculpó de manera precipitada, pero, al descubrir quién era, abrió los ojos de manera desmesurada con una jocosa mezcla de susto y miedo.

La joven salió corriendo, con las manos en la boca y volviendo la vista atrás de continuo.

—¿Qué estás haciendo aquí, chiquilla? —La pregunta, formulada a su espalda, la cogió por sorpresa.

Se dio la vuelta y se encontró frente a una mujer de mediana edad con el cabello dorado recogido en un moño y la frente tiznada de harina.

En su juventud debió de ser muy hermosa, a juzgar por la belleza que aún conservaba.

—Creo que la he asustado —dijo Malena sin responder a la pregunta que le hacía.

La mujer se limpió las manos con un paño que dejó sobre la mesa y avanzó un par de pasos hacia ella.

—A veces nos asusta lo diferente, lo desconocido…

—afirmó la mujer reflexiva—. Pero no te disgustes por eso: es más culpa de la ignorancia que del miedo.

¡Mírate! ¿Quién podría tenerte miedo con esa carita tan preciosa?

¿Hay algo que pueda hacer por ti? —Luego aguzó la mirada y añadió con una sonrisa— ¿Tienes hambre?

Malena asintió con vehemencia. La mujer sonrió más aún, cogió un plato de la alacena y se alejó hacia el fondo de la cocina.

Regresó con un par de pasteles de hojaldre cubiertos de azúcar que le ofreció a la joven.

Malena mordió el pastel y sintió una explosión de sabor en la boca: el hojaldre, tierno y untoso, los granos de azúcar y el suculento relleno de nueces formaban una combinación deliciosa.

Cerró los ojos un momento y paladeó a conciencia.

Desde niña, tenía verdadera debilidad por los dulces.

—¿Te gusta?

—Soy del país del azúcar —respondió con su primera sonrisa desde que había abandonado la isla—. Me llamo Malena —añadió antes de arrearle un nuevo mordisco a la casadiella.

—Yo soy la señora Lorenzo, jefa de cocinas de la Casa Azul, pero puedes llamarme Alba. Siéntate, chiquilla, que no hay que comer de pie —dijo haciéndole un guiño y, en cuanto la joven estuvo sentada, le preguntó—. Y dime, Malena, ¿qué haces tan lejos de tu hogar?

Malena la miró con sus grandes ojos oscuros y durante un breve instante sintió la pulsión de confesarse con ella, de explicarle qué la había llevado hasta Llanes.

«Es mejor que guarde silencio», se dijo por fin.

Aquella buena mujer, tan ajena a cuanto significaban sus creencias, jamás podría entender que fue Amara, su madre, quien selló su destino al echarle las conchas.

Cómo podría entenderlo, si ni siquiera ella llegaba a hacerlo del todo.

* * *

Mario no había querido regresar a España hasta que el arquitecto encargado de la construcción del palacete le dijo que las obras habían terminado.

No le apetecía soportar el desorden, los ruidos, la suciedad, ni las incomodidades que acarreaban.

Ese era otro de los lujos que podía permitirse, aunque con dicha decisión también pretendía avivar la expectación y la curiosidad antes de su llegada.

Impartió instrucciones precisas de cómo debían decorar cada rincón del inmueble y envió dinero a raudales.

Tan solo quedó una cuestión pendiente, algo que quería supervisar en persona y que se ocultaba de las miradas ajenas en el jardín trasero de la Casa Azul.

La lluvia se había derramado sin parar durante toda la mañana y Malena se aburría sin remedio recluida en su habitación.

Empleó gran parte de las horas muertas en orar ante el altar de los santos.

Le rezó a Oshun [4] para que le diera paciencia, le rezó a Nana Burukú [5] para que le mostrase el camino, y aún tuvo tiempo de rezar a los Eggun para que velaran por el alma de sus padres.

Su padre, Bruno Bastida, era español de pura cepa y católico por tradición.

Jamás llegó a comulgar con el culto lucumí, la fe de su esposa, pero su hija creía firmemente que no podía hacerle daño que sus ancestros cuidasen de él, allá donde estuviese.

Cuando terminó de rezar, y aunque todavía era temprano, pensó en bajar a las cocinas a recoger el almuerzo: de ser posible, prefería comer en su cuarto con la cuchara y el plato consagrados.

Alba le sirvió el guiso en la escudilla sin hacer preguntas.

La organización doméstica de la Casa Azul era, cuando menos, singular.

El propio Melgar llevaba una vida caótica entre homenajes, reuniones sociales y comidas de negocios.

—No es ninguna molestia —afirmó la cocinera con una sonrisa. La mujer parecía cansada y Malena no deseaba añadirle más trabajo al que ya tenía—. No te preocupes; no hay manera de hacer planes con el patrón y siempre sobra un montón de comida que nadie aprovecha.

Después del almuerzo, la lluvia cesó de pronto y el sol, que había permanecido oculto tras un manto de nubes grises, quiso reivindicarse mostrando todo su poderío.

Malena cogió la sombrilla de encaje y salió al jardín.

Necesitaba respirar aire fresco, pero la hierba aún tardaría un buen rato en secar y no quería mojarse los zapatos, así que decidió seguir el camino de lajas grises que conducía a la parte posterior de la finca.

Allí se topó de frente con el ruidoso ajetreo de los hombres que trabajaban en la construcción de un pequeño edificio de granito blanco.

—¡Malena, qué agradable sorpresa! —dijo Mario acercándose a ella con los brazos abiertos.

—No sabía que fueses a construir un cenador… —repuso la joven un tanto desconcertada.

—No es un cenador, querida —le explicó Melgar, que carraspeó antes de añadir—, es un panteón.

—¿Un panteón? —preguntó Malena sin poder evitar que un escalofrío le recorriera el cuerpo.

—Sí. Es un lugar para que los difuntos reposen y…

—Sé lo que es un panteón, Mario —La joven le interrumpió con un deje de fastidio en la voz—. Lo que no sé es para qué muertos lo construyes.

—No me resulta agradable hablar de eso —alegó un tanto incómodo—. Supongo que para los venideros…, quienesquiera que sean. La finalidad de un mausoleo es que los vivos recuerden a los que ya no están.

La muchacha desdeñó sus palabras con un gesto. La vida no estaba hecha para perder el tiempo ensalzando a los muertos.

—Hay que cuidar a los seres queridos cuando aún están vivos; después ya será demasiado tarde para ellos…, y puede que para nosotros también —dijo pensando en su madre y en el tiempo que habían perdido.

Melgar sonrió, pero la suya fue una sonrisa cargada de tristeza.

Apenas le quedaban vivos de los que ocuparse: la huérfana que tenía ante sí y los restos de una familia abandonada desde hacía mucho tiempo.

Demasiado, quizás. Se preguntó si su hermano Simón sería capaz de perdonarlo y aceptarlo de nuevo en su vida.

Seguro que no. La última carta que había recibido de él rezumaba rencor en cada una de sus frases.

Luego se resignó a aceptarse tal como era, sin ambages ni remiendos.

«Privilegios de la edad», rumió para sí.

—Es un panteón para que me recuerden a mí —confesó con cierto pundonor, apartando la vista de Malena.

Mario Melgar había tenido que ir muy lejos, en todos los sentidos, para conseguir su fortuna. No podía permitir que su triunfo, su gloria, cayese en el olvido. Ni siquiera después de su muerte.

Se lo había ganado con creces.