El silencio de la casa azul 19 The long and winding road
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19 The long and winding road

The long and winding road

No quería estar ahí…; no quería, pero lo estaba y no podía hacer nada para evitarlo.

Caminaba por un estrecho sendero de lajas grises al tiempo que la noche y sus sombras se abatían sobre ella.

El ocaso devoraba a bocados los exiguos restos de luz que le permitían intuir el camino.

Percibió una presencia a su espalda. Se dio la vuelta para comprobar si estaba en lo cierto, pero no llegó a ver nada.

Siguió avanzando y oyó una voz, un susurro inquietante que le exigía que se alejase del panteón.

Tuvo miedo de la voz y de la sombra que la acechaba.

Caminó más deprisa para escapar de la amenaza invisible.

Como ya le había ocurrido más veces, no supo interpretar las señales.

Comenzó a padecer los efectos de una angustia invasora que le oprimía el pecho y la consumía por dentro.

El temblor asomó a sus manos y ya no pudo controlarlas.

Quiso parar, detenerse a pensar. No pudo; sus piernas funcionaban por sí solas.

Entre tinieblas, divisó la silueta ahusada de un panteón: un mausoleo de granito blanco presidido por un ángel amenazante armado con una espada.

La necesidad de huir se tornó perentoria, respaldada por la voz que le decía y le repetía, una y otra vez, que se alejase de allí.

Era demasiado tarde para eso.

Subió los peldaños de piedra. Sus extremidades, ajenas a su voluntad, se negaban a obedecerla. La puerta entreabierta la esperaba.

—¡No quiero morir! ¡Ayúdame a escapar! —le gritó a la sombra, que respondiendo a su reclamo trató de detenerla. La sujetó del brazo y tiró de ella con brío, pero el panteón, con una fuerza ciclópea, la absorbió. La puerta se cerró a su espalda y el resto del mundo quedó afuera.

El nauseabundo olor de la muerte se adueñó de sus sentidos.

Percibió la humedad y la putrefacción que invadían cada esquina del mausoleo.

El silencio resultaba opresivo; no obstante, cuando al fin se quebró, el pánico le amarró los pies al suelo.

Algo siniestro y peligroso se arrastraba hacia ella, algo que quería dañarla, destruirla.

Lo único que pudo hacer para defenderse fue gritar, gritar hasta que el alma se le escapó por la boca.

Y entonces se despertó.

Nuria volvió a la realidad empapada en sudor. El corazón le saltaba en el pecho. Se sentó en la cama, se frotó los ojos con fuerza y se esforzó en olvidar el sueño. Pese a ello, el miedo continuó adherido a su piel.

La idea de que aquella pesadilla era una suerte de advertencia se adentró en su mente y ya no pudo liberarse de ella.

Esa noche no volvió a dormir.

* * *

La Complutense era el lugar más parecido a un zoo que había conocido nunca.

En la universidad se mezclaba gente de todo tipo de pelaje, dispuestos a exhibirse frente al resto para demostrar que ellos representaban lo más inteligente, lo más erudito y lo más vanguardista de la sociedad española.

La élite de la élite. No obstante, la sensación de libertad —esa palabra prohibida y, aun así, susurrada en cada esquina— tenía algo tan cautivador que se pegaba al alma y viajaba con ella de vuelta a casa.

Nuria necesitaba esa dosis de libre albedrío, aunque tuviese mucho de impostada, y la necesitaba más que nunca tras la noche anterior, plagada de sueños funestos.

Regresó de la facultad un poco antes de lo esperado para descubrir que su padre había invitado a Julio Vallejo a comer con ellos.

—Le encontré en el club. Ya sabes que siempre anda muy ocupado, pero tuvo el detalle de aceptar —le explicó su padre un tanto ufano.

—Habría sido mejor que comieseis en el club —arguyó la joven.

—Creo que quería verte y… —la expresión de su hija, que abrió unos ojos tan enormes como desconcertados, frenó en seco las palabras de Abel.

—¡Padre…!, pero ¿qué dices? —protestó Nuria molesta.

—Vale, vale. Ya me callo —dijo alzando las manos en son de paz y escondiendo una sonrisa—. Ven a saludarlo. Está tomando el vermú en la galería.

La galería era el único lugar de la casa —tan decadente como su menguante fortuna— que conservaba parte de su encanto.

Tal vez fuera por lo abigarrado de la decoración: una profusión de cojines de terciopelo, mesitas laqueadas, sillas de mimbre, jarrones con flores artificiales y velas a medio fundir repartidas sobre cualquier superficie que admitiese su presencia.

Los cristales de la galería, que la propia Nuria había limpiado el día antes, dejaban pasar una luz dotada de vida propia.

Solo el calor quedaba fuera de la estancia.

Julio Vallejo aguardaba sentado en una de las sillas de mimbre.

En realidad, con Julio siempre tenía la impresión, aunque pareciera un sinsentido, de que él no esperaba a nadie.

Había apartado los cojines, que ahora formaban una pequeña montaña en la silla de al lado, y se sentaba muy tieso con la vista perdida en los jardines.

Nuria intuyó por su expresión que Vallejo detestaba con todas sus fuerzas la maraña de naturaleza que se extendía al otro lado de las ventanas.

—¡Julio!, disculpa la tardanza. Estaba ultimando los preparativos del almuerzo —explicó Abel como si fueran a servir un banquete. Nada más lejos de la realidad.

—¡Nuria, cuánto tiempo sin verte! —El invitado se puso en pie y se acercó a ella. La joven dudó un instante, pero él, más resuelto, la sujetó del brazo y la besó en las mejillas. La energía de Julio recorrió su cuerpo como un latigazo—. ¿De dónde vienes? —preguntó interesado.

—De la universidad, tenía unas clases…

—Ya sabes que Nuria está estudiando Filología Inglesa en la Complutense —interrumpió el padre sin ocultar su orgullo.

Vallejo ignoró el comentario de Melgar y volvió a sentarse en la silla, que crujió renuente a recibirlo.

Tras rescatar algunos cojines de la montaña, Nuria se sentó a su lado.

Abel le sirvió a su única hija un mosto de color con mucho hielo y una buena cantidad de aceitunas.

No acostumbraba a beber alcohol y, menos aún, entre semana.

Agotadas las trivialidades, pasaron al comedor: una estancia tan alargada como austera que recordaba al refectorio de un convento.

El almuerzo que compartieron con el hijo del general Vallejo no disipó esa impresión: la comida era un quiero y no puedo mal cocinado y peor servido.

Julio se esforzó en mantener la compostura y el buen humor.

Cuando menos, el vino tinto, que el anfitrión servía con generosidad, hacía justicia al opulento pasado de los Melgar.

No tardó en apartar la comida con un gesto de desdén, para concentrar toda su atención en el Vega Sicilia y en el hermoso rostro de Nuria.

La joven levantó la vista del plato, donde las patatas cocidas transmutaban en puré después de pasearlas de un lado a otro, y se encontró con la mirada de Julio, tan intensa que tuvo que apartar la suya.

Se detuvo un instante en los desconchones de la pared, las manchas de humedad y los restos de polvo; la palmaria evidencia de la escasez de servicio doméstico.

Miró a su padre y, por una vez, lo vio con ojos ajenos: la chaqueta raída y con coderas, la corbata torcida, la mirada triste y ojerosa…

Eran los últimos vestigios de un dandi que iba perdiendo fuste a marchas forzadas.

Se sintió abandonada, sola e incapaz de tomar las riendas de su vida; se sintió más huérfana que nunca.

La añoranza de su madre se volvió tan intensa, tan acuciante, que tuvo que esforzarse para contener las lágrimas.

Antes de irse, Vallejo la invitó a salir.

—Tengo exámenes, Julio —le dijo hastiada de la lucha por mantener las apariencias.

—Una mujer tan preciosa no necesita perder el tiempo estudiando —replicó él con voz persuasiva, como si pretendiera convencerla de ello.

Nuria frunció el ceño molesta. Estudiar era lo único que le aportaba cierta cordura y Julio no tenía ningún derecho a opinar al respecto.

Iba a reiterar la negativa cuando su padre insistió.

El general Orlando Vallejo era el único valedor que les quedaba a los Melgar en Madrid.

Su reputación al completo pendía del hilo que sujetaba el militar.

Si decidía soltarlo, acabarían en la ruina más absoluta, mancillados y olvidados por todos.

Ella no pudo negarse. Simplemente, no podía hacerlo.