El silencio de la casa azul Diario de Amara
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Diario de Amara

D IARIO DE A MARA

Nací una noche de San Juan, cuando apenas daba comienzo el verano, pero ya se notaba la calima en el aire.

Durante mucho tiempo, ese dato fue una de las pocas cosas que supe de mi nacimiento.

Eso y que nací berreando a pleno pulmón, como si hubiese intuido desde el primer instante que la vida estaba llena de sufrimiento y me negase a afrontarlo.

Mi madre, que lo sabía todo de los misterios vitales, no quiso decirme quién era mi padre.

Esa laguna, que en el diminuto mundo de la plantación no parecía tener la menor relevancia, se convirtió en mi primera obsesión.

Sin padre o sin conocer su identidad, sentí que me faltaba la mitad de mí misma; un hueco que no podía rellenar con nada.

Ahora sé que si hubiera sido más lista, habría sufrido menos.

Mi madre siempre me animaba a observar la naturaleza: los ciclos de las plantas, los comportamientos de los animales…

Leonor me decía que todo lo que necesitaba saber estaba allí, al alcance de mis ojos.

Tendría que haberme centrado en observar a las personas.

Ellas, empeñadas en guardar sus secretos, los revelaban con cada uno de sus actos.

Había que estar muy ciego para no ver.

Excepto una niña tonta que no sabía dónde mirar, ni dónde buscar.

No sé cuántos años había cumplido cuando me llevaron a la casa grande por primera vez.

En la Hacienda Alvarado, esas cosas carecían de importancia: el tiempo se medía por tamaños; si se era lo bastante alto y despierto para hacer cierta cosa, tenías la edad adecuada.

Recuerdo que me sorprendió el silencio de la mansión en contraste con el jaleo que animaba los barracones, donde siempre había ruido.

Ni siquiera se oía el sonido de mis pasos sobre aquellas alfombras tan gruesas.

Me dejaron en una habitación, me ordenaron que aguardase sentada en una silla y que no tocase nada.

Mis pies, que colgaban sin llegar al suelo, adoptaron para mí un protagonismo inesperado: estaban limpios, casi relucientes.

Mi madre los había frotado una y otra vez hasta eliminar los restos de roña.

Solo los criados de la casa grande tenían zapatos, pero no los envidiábamos por ello: el resto caminábamos libres de ataduras. Al menos, nos sentíamos libres en algo.

Sebastián de Alvarado apareció mientras yo seguía contemplando mis pies.

Era un hombre muy alto, algo encorvado de espalda y muy atildado en el vestir.

Su espeso cabello clareaba en las sienes y su barba se había rendido al paso del tiempo.

A veces me pregunto si soy ecuánime al evocar su imagen, si el resto de los esclavos lo verían con los mismos ojos que yo.

Mi relación con él siempre fue diferente —nunca me trató como a los demás—, aunque en aquel momento no era consciente de ello.

Alvarado me enseñó a leer y a escribir. Se sentaba a mi lado y, con mucha paciencia, desgranaba frases en palabras, palabras en sílabas y sílabas en letras.

Leer era como jugar a las adivinanzas. El tiempo volaba; las horas semejaban minutos y me encontraban absorta en aprender a descifrar aquellos jeroglíficos tan fascinantes.

Las puertas del conocimiento se abrían ante mí, una tras otra, para descubrirme un mundo nuevo y alejado de la plantación.

Mi mente creció alimentada por la sabiduría de los libros.

Pasaron los años y, pese a que yo había nacido a estelado del océano, lejos de la desembocadura del Níger y de la madre África, escogí abrazar la fe de mis ancestros.

Para aquel entonces, Olofi y el resto ya estaban escondidos tras los santos católicos y mi madre me ayudó a montar el primer altar, mi altar de los santos.

Fue el primer paso, la primera decisión que me llevó a ser lo que soy ahora.