18 El misterio de la mulata
El misterio de la mulata
Malena observó el alegre bullicio de los lugareños a través de las ventanas de la diligencia.
La música de la banda municipal les llegaba amortiguada y, pese a ello, deseó con todas sus fuerzas que alguien detuviera el estrépito de los platillos.
La gente que esperaba en la plaza Mayor agitaba los banderines de colores y, al frente de todos ellos, una niñita preciosa sujetaba con esfuerzo un gran ramo de flores.
Su excesivo entusiasmo le resultó un tanto forzado; más aún, le provocó un rechazo que vino a sumarse a la incomodidad que ya sentía.
Justo lo contrario que a Mario, que parecía encantado.
—¡Qué diferente es mi regreso de mi partida! —afirmó tan ufano—. ¡Si mi madre lo viera! ¡Mira cómo me aplauden!
Malena no era precisamente locuaz, aunque, cuando se decidía a hablar, soltaba verdades como puños:
—Les has regalado mucho dinero…
Mario sonrió de oreja a oreja. Estaba acostumbrado a la aspereza de Malena.
Cada vez le recordaba más a Amara: sincera hasta el dolor.
Entonces sintió una punzada de remordimiento que lo pilló por sorpresa y le congeló la sonrisa.
«¿Tanto tiempo después?», se preguntó. Incómodo, se obligó a desecharla: no estaba dispuesto a que los recuerdos le amargasen la bienvenida.
Durante más de veinte años se había deslomado cada día para torcer su destino: había trabajado de sol a sol; había mentido y engañado siempre que había sido necesario y jamás le había temblado el pulso porque tenía un propósito, un fin.
Lo había conseguido y ahora llegaba el momento tan ansiado de disfrutarlo.
—Bueno…, por lo menos no son ingratos —respondió con un punto de humor—. Tal vez no haya otro motivo para quererme que no sea el dinero…
Malena guardó silencio: tampoco tenía muchas razones para contradecirlo. El rencor aún pesaba en ella y sentía que la hundía a plomo. Mario la había alejado de Cuba, su único hogar, y eso era algo que no podía perdonarle.
—Recuerda lo pactado —dijo Melgar antes de recoger el distinguido canotier y el bastón con empuñadura de carey para apearse de la diligencia.
—No me costará ningún esfuerzo —afirmó ella poniéndose en pie. «El silencio será mi aliado —pensó—; siempre lo ha sido».
Mario descendió con soltura el trío de peldaños que separaban el vehículo del suelo.
Estaba a punto de pisar de nuevo su tierra dos décadas después de la última vez que lo hizo.
En la plaza le esperaba una colección de llaniscos de lo más variopintos y, a la cabeza del grupo, el alcalde acompañado de su mujer.
La banda redobló su ímpetu al verlo aparecer.
Mario se irguió y saludó como si fuera el mismísimo Alfonso XIII , luego se hizo a un lado y le tendió la mano a Malena.
Su intención desde un principio era que todo el pueblo reparase en ella, un gesto innecesario, puesto que no podía ser de otro modo.
La joven se quedó en lo alto de la escalera.
Iba vestida de blanco impoluto de la cabeza a los pies.
Su piel sedosa, del color del caramelo, destacaba bajo el níveo atuendo.
Varias ristras de collares de cuentas y vivos colores le colgaban del cuello, y el turbante de criolla enmarcaba las facciones de un rostro tan bello que acaparaba el protagonismo al completo.
Su hermosura despertó un murmullo de admiración y sorpresa.
La banda se detuvo. El pueblo dejó de ondear los banderines a un tiempo; ni siquiera el alcalde se atrevió a moverse. La única excepción fueron Malena y Mario; los demás quedaron convertidos en estatuas de piedra. Si Melgar quería asombrarlos, lo había conseguido.
Malena se irguió más aún, orgullosa del legado de su madre.
* * *
Los demonios regresan tarde o temprano; siempre lo hacen.
Esa maldad que llevan a cuestas como un camafeo repleto de agravios les impide mantenerse alejados del lugar donde causaron dolor.
Mario Melgar no iba a ser la excepción a esa norma.
A ojos del pueblo, se presentaba como un hombre rico, ejemplar, un ciudadano de pro.
Pero Alba sabía, mejor que nadie, que tras aquella fachada de prosperidad y altruismo se escondía un ser despreciable.
Los había comprado con dinero y deslumbrado con sus lujos, como aquel palacete azul con ínfulas de castillo.
Tal vez se creyese el rey de Llanes, su soberano.
Los indianos eran así: retornaban a la tierra que los vio nacer para restregarles su éxito a los demás, para demostrarles cuán lejos habían llegado en su aventura.
Aunque Melgar era mucho peor que el resto.
«Hay pecados que arrastran condenas eternas», se dijo Alba, y por fin se acercaba la hora de que él pagase por los suyos. Las dos décadas de ausencia habían sido una tregua demasiado larga y piadosa.
Ella sería su memoria y su juez, ya que a Mario le había resultado tan fácil acallar y olvidar el pasado.
* * *
La Casa Azul aguardaba la llegada de su dueño silenciosa y vacía.
Daba igual cuánto dinero se hubiera gastado Melgar en él, porque aquel palacete tenía la atmósfera de los lugares abandonados, olvidados por todos.
O al menos esa fue la impresión que le dio a Malena.
Los zapatos de charol de la joven resonaron como un eco sobre los azulejos de alabastro del vestíbulo: un inmenso tablero de ajedrez en blanco y negro.
Tuvo que reprimir el impulso de saltar de una baldosa blanca a otra del mismo color, evitando tocar los bordes.
Se trataba de un juego de niñas y hacía mucho ya que ella había dejado de serlo.
Al fondo del vestíbulo, se alzaba una escalinata de grandes dimensiones tapizada con una refinada alfombra carmesí que invitaba a pisarla.
Sus zapatos se hundieron en la superficie mullida.
Malena se incomodó. La opulencia que Mario había plasmado en cada rincón del palacete cumplía con todas las vulgaridades y clichés propios del nuevo rico.
Saber que ella iba a beneficiarse de tanto fasto no aliviaba su malestar, sino al contrario, hacía que se sintiera más culpable.
—Te he reservado una habitación en la última planta —le dijo Melgar, como si hubiese intuido su necesidad de escapar de él—. La encontrarás al final de las escaleras. Les pediré a los criados que te suban el equipaje.
Malena miró hacia arriba y notó una repentina sensación de angustia en la boca del estómago.
El vértigo era una de las debilidades que se afanaba en ocultar: una huérfana no podía permitirse el lujo de ser tan frágil.
Se apoyó en la barandilla, de madera oscura, pulida y reluciente, y le echó un último vistazo a Mario antes de afrontar el ascenso.
Su petulante sonrisa fue como un empujón que la animó a dejarlo allí.
Tras rebasar el último peldaño, Malena se encontró frente a una puerta de doble hoja guarecida bajo una arcada de piedra blanca.
En la parte superior del arco habían instalado un par de angelotes esculpidos en mármol, tal vez con la intención de proteger la estancia.
La joven asió el tirador de bronce, tan reluciente que podía verse en él, y empujó la puerta con un punto de curiosidad en su ademán: nada la había preparado para la perfección que halló al otro lado.
Los aposentos, ubicados en una de las torres del palacete, estaban amueblados con cierto lujo, pero cumplían rigurosamente con las indicaciones que le había dado a Mario.
La ropa de cama era blanca; las cortinas, también.
Lo que parecía ser un espejo de cuerpo entero estaba cubierto por una sábana que conjuraba la tentación de contemplarse en él.
A ambos lados de una cama con dosel, sendas alfombras evitarían que sus pies descalzos tocasen el suelo al levantarse.
La santería era un viaje, y sus reglas, estrictas.
Cuando ella perdió a su madre, se agarró a esas reglas para no ahogarse de pena, como lo haría un náufrago con un salvavidas.
Hasta ahora, la habían mantenido a flote.
Dejó las conchas de adivinación y el altar de los santos, de los que nunca se separaba, encima de una mesa redonda.
Guardó las memorias de Amara en un cajón que rechinó al abrirlo por primera vez.
Antes de cerrarlo, posó una mano sobre el diario con tapas de cuero para recordarse que algo de su madre seguía allí.
Esbozó una sonrisa temblona y se encaminó hacia el formidable ventanal que aportaba luz a la estancia.
Lo abrió y se asomó con cuidado al balcón protegido por una balaustrada de mármol.
Las vistas a la villa de Llanes la dejaron sin aliento y por eso tardó unos segundos en asumir el lugar que ocupaba en la casa, el lugar que Mario había elegido para ella: un castillo de cuento erigido para lucir a una princesa mulata.
Desde el balcón los vería a todos, pero también la verían a ella. El vértigo, del que esta vez no tenía culpa la altura, la obligó a regresar al interior de su cuarto.
Fue la primera ocasión en que se sintió atrapada en la Casa Azul.
Después vendrían otras muchas.