17 Little child
Little child
Hacía lo menos media hora que Nuria Melgar tendría que haberse ido del parque, pero el sol de finales de septiembre le calentaba el cuerpo y el alma y…
¡necesitaba tanto ese calor! ¡Vaya si lo necesitaba!
Se removió para acomodarse al asiento de piedra y, magnánima con sus deseos, decidió que podía concederse más tiempo.
Con la Leica pegada a la cara, reparó de nuevo en las familias, las parejas de novios y los niños que aparentaban ser felices.
Pero «¿qué es la felicidad?», se preguntó pensativa, y lo más importante, «¿cómo podía ella apropiarse de su esencia?
». Lo necesitaba tanto como el calor, más aún, si no quería caer en las mismas redes que habían hundido a su madre.
Recordaba vagamente cuando todavía podían fingir que eran una familia normal.
En aquel entonces se parecían mucho a esas familias felices que tenía delante.
Luego vinieron la apatía, la tristeza y la ponzoña de la depresión, hasta que la enfermedad absorbió a la mujer por completo y decidió dejar de vivir.
«Suicidio» era una palabra tabú, repleta de silencios incómodos, secretos y reproches velados; como si desear la muerte fuese un pecado en lugar de una maldición ir rompible.
Incluso ella lo había sentido así, sobre todo al principio, hasta que pudo entender que no había culpa en su madre, que plegarse a la enfermedad fue la única concesión que se permitió, después de tanto dolor y tanto sufrimiento.
Pero a ella le dolía también. Sin hermanos, solo le quedaba su padre, y Abel nunca había sido suficiente.
El hombre se había entregado a una huida hacia adelante que, tarde o temprano, les pasaría factura a los dos.
Apretó los ojos para no llorar: los recuerdos le habían arruinado la tarde. Al final, el calor de finales de septiembre no había conseguido borrar la tortura de sus pensamientos.
* * *
Tuvieron que prescindir de parte del servicio.
En realidad, tuvieron que prescindir de casi todos.
De la querida Sol, que había llegado un buen día desde Asturias y llevaba más de veinte años cuidando de la familia Melgar.
Su tata la había sostenido en brazos cientos de veces —«Ven, guapina, que te cojo en cuello», como solía decirle con su entrañable acento asturiano—.
Fue ella quien la sostuvo cuando murió su madre.
No había llanto bastante que pudiera consolar a Nuria, y solo la mano de Sol, grande y firme, le había transmitido la fuerza necesaria para seguir en pie.
Nuria la vio partir una triste mañana de finales de otoño.
Se llevaba consigo, sin saberlo, la poca alegría que les quedaba.
Abel Melgar recibía a menudo unas llamadas broncas, hostiles, que le reclamaban la devolución de un dinero que no tenía.
De no haber sido tan orgulloso, habría conservado a Sol.
Con tal de no separarse de Nuria, su tata habría trabajado hasta por cuatro duros.
De hecho, alguna vez llegó a gastarse sus propios ahorros para que la niña pudiera comer buenos filetes.
Nuria iba a extrañarla cada día. Aquella era una nueva afrenta que nunca le perdonaría a su padre, empeñado como estaba en destruir el legado de los Melgar.
La crónica de sus ancestros se remontaba a Mario Melgar, un indiano de Llanes que había hecho fortuna en Cuba y regresó a su tierra años después.
Lo que Nuria sabía del pasado de Mario y sus descendientes formaba una especie de puzle a medio hacer: por un lado, los breves relatos de Abel, siempre remiso a hablar; por otro, las historias de Sol y su madre, fragmentos deslavazados, en parte, por una memoria que nadie se había esforzado en recomponer.
Hubo un tiempo, antes de la enfermedad de Inés, en que Abel vivía una vida feliz y despreocupada.
Nunca supo ganar dinero —no formaba parte de sus talentos—, aunque tampoco se desvivía en perderlo.
Gastaban más de lo que hubiera sido razonable en sus circunstancias, pero el patrimonio de los Melgar los mantenía a salvo.
El cabeza de familia estaba orgulloso de su apellido y jamás se paró a pensar que no había hecho nada por sí solo, que todo lo que tenía era heredado.
Esa idea, dañina y perniciosa, vino después, tras la muerte de su esposa.
«¡Maldita la hora!», se había dicho Nuria tantas veces. El dolor por la ausencia de su madre la había dejado exhausta y no le quedaban fuerzas para afrontar los demonios paternos. Ni siquiera pese a saber que, tarde o temprano, la arrastraría al fango con él.
El teléfono sonó de nuevo, de hecho, cada vez lo hacía con más frecuencia.
Nuria recordó de pronto que ya no estaba Sol para cogerlo y la añoranza le nubló el humor.
Intuyó las amenazas de cárcel y de violencia física al otro lado de la línea telefónica y lo dejó sonar hasta el final.
Las deudas crecían, los enemigos también.
Tan solo la amistad de su padre con el insigne general Orlando Vallejo los mantenía a salvo.
No obstante, ¿qué sucedería cuando el general se hartase del bochornoso espectáculo de la quiebra de Abel Melgar?
La ruina estrechaba su cerco sobre ellos y cada vez les resultaba más difícil mantenerse a flote.