El silencio de la casa azul Diario de Amara
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Diario de Amara

D IARIO DE A MARA

Mi nombre de esclava fue Concepción de Alvarado, pero ahora que he obtenido la libertad, quiero que todos me llamen Amara.

El amo, aunque ya no lo es, me enseñó a leer y a escribir cuando era niña.

También me regaló este diario. Mi madre, Leonor de Alvarado, me enseñó el resto de las cosas que deben saberse: a curar la enfermedad, a sanar el alma y a leer el futuro en las conchas de cauri.

Cuando bajó del barco, después de una travesía infinita, las piernas apenas la sostenían.

Ante sí, una tierra extraña donde hablaban un idioma desconocido.

Más tarde supo que era una isla llamada Cuba.

«Otra cárcel», pensó, y una premonición le dijo que de esa prisión no escaparía nunca.

La condujeron, junto al resto, hasta una especie de mercado donde, además de especias y tejidos, vendían hombres, mujeres y niños como si fuesen ganado.

Pujaron por ella: desnuda, hambrienta y desvalida; la vergüenza adherida a un cuerpo al que ya no le quedaban más que piel y huesos.

Su fortaleza y su coraje se habían perdido en África, o eso creyó en aquel momento.

Fue Sebastián de Alvarado quien la compró.

A ella y a un par de muchachos, poco más que unos niños.

Los subieron a una carreta guiada por otro de sus esclavos y los llevaron hasta la plantación de caña de azúcar propiedad de Alvarado.

Una vez allí, la dejaron en manos de otras mujeres que la asearon, le curaron las heridas del cuerpo y le dieron de comer: al principio, como un pajarillo; después, con la voracidad del que no tenía nada que perder más que el hambre.

Rendida, durmió hasta que las pesadillas la arrancaron del sueño.

Junto al jergón la aguardaba un vestido del color del marfil, doblado con primor.

Era sobrio, carente de adornos, aunque le agradó el tacto de la prenda y el contraste del tono con su piel.

Vino a buscarla una mujer mayor que hablaba su lengua y la condujo hasta la casa principal.

De camino a la mansión, quiso preguntarle decenas de cosas, pero no se atrevió.

Assiba guardó silencio para protegerse del mal: solo ella conocía su nombre y, si se lo ocultaba al resto, nadie podría robarle su espíritu. Toda precaución era poca.

Como si hubiera adivinado sus pensamientos, la anciana le contó que le darían un nuevo nombre.

A partir de entonces, todos la conocerían por él.

La acompañó hasta una habitación donde el amo esperaba sentado frente a un libro de gran tamaño.

Al verlas aparecer, cogió una pluma, la mojó en tinta y comenzó a escribir.

—Te llamarás Leonor de Alvarado —afirmó el propietario de la hacienda mientras apuntaba el nombre en el libro con una caligrafía esmerada.

Fue en ese preciso instante, sin que nadie le pidiera su opinión, cuando mi madre nació a la vida por segunda vez.