El silencio de la casa azul 16 El regreso del indiano
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16 El regreso del indiano

El regreso del indiano

Llanes, veinte años después

Ramiro le echó un vistazo al reloj de la basílica de Santa María de la Asunción.

Marcaba las once y veinte. El niño se sintió orgulloso de saber interpretar el baile de las agujas, la danza acompasada con la que atestiguaban el paso del tiempo.

Su padre, con infinita paciencia, le había enseñado a hacerlo.

También le había prometido que, cuando fuera mayor, le regalaría el reloj del abuelo Tista: la joya más preciada que podía heredar un hombre.

Solo de pensar en su abuelo, se le humedecían los ojos.

Recordaba su mirada franca, sus palabras sabias y cada uno de los momentos que habían compartido juntos.

Pero el abuelo Tista ya no estaba y Ramiro no volvería a cobijar sus pequeñas manos entre las suyas.

Según su padre, era ley de vida y no quedaba otra que resignarse a la pérdida.

A Ramiro, en cambio, le parecía que era ley de muerte, más bien, y no conseguía aceptarlo con la misma entereza.

Contempló el reloj de nuevo. Las agujas seguían danzando mientras él soñaba.

Faltaba poco para las once y media. Aún tenía que recoger el mandado de pasteles en la confitería, así que debía apurarse.

Podía permitirse correr a la ida, de vacío, pero a la vuelta más le valía llevar los dulces como una ofrenda al altar: su madre no le dejaría probarlos si aplastaba el merengue.

Llegó a la altura de la plaza del mercado y avanzó entre las calles que descendían en dirección al puerto.

Casi sin darse cuenta, se encontró frente a los escaparates de la tienda.

Se detuvo extasiado, maravillado por el derroche de manjares que entraban por los ojos y el olfato: pastelillos de crema, tartaletas de chantillí, chocolate por doquier…

Introdujo la mano en el bolsillo del chaleco para palpar los reales que le había confiado su madre.

Seguían allí y se sintió privilegiado al saber que, si no cometía ninguna pifia, le faltaba muy poco para catar los mejores milhojas de merengue de toda la comarca.

Con los hojaldres y su primorosa envoltura entre las manos, cruzó la plaza de San Roque y encaminó sus pasos hacia el paseo de Posada Herrera.

De regreso a la escuela, tras una larga convalecencia a causa de unas fiebres mal curadas, sus compañeros le contaron que por fin habían retirado el andamiaje que, como un esqueleto de madera y lienzo, recubría la Casa Azul: el palacete construido a capricho del indiano Mario Melgar.

Y cuando la gente hablaba de «capricho», el término encerraba mucho más de lo que la imaginación de cualquiera pudiese abarcar.

Ramiro tenía que dar un rodeo para pasar por delante de la Casa Azul, aunque, al decir de sus amigos, el esfuerzo merecía la pena.

Atravesó el parque que compartía nombre con el paseo y se detuvo a escasos metros del palacete.

Lo primero que vio al llegar fueron las torres almenadas que presidían las esquinas de la fachada principal.

Se acercó despacio, con la boca abierta y las manos tensas para no dejar caer el paquete de merengues.

Alzó la mirada y, deslumbrado por el lujo y la extravagancia que exudaba cada centímetro del lugar, se olvidó de pestañear.

El azul de los balcones, las paredes y los muros, una elección tan singular como el resto, relucía radiante bajo el sol de agosto.

—Melgar debe ser un tipo con suerte —afirmó un lugareño que pasaba por allí—; hasta el sol brilla para darle la bienvenida —añadió sin llegar a detenerse.

Ramiro, que seguía fascinado por las trazas del palacete, entendió lo que su paisano quería decir: en la villa de Llanes, esa luz era un privilegio que ni siquiera un indiano podía comprar.

* * *

Don Lisardo se ajustó el corbatín, algo desviado a la izquierda, y estiró con las manos los bajos de su distinguida levita con solapas de terciopelo.

Aquel gesto repetitivo solo era una forma de distraer el nerviosismo que le había amargado la mañana.

Junto a él, se hallaba Brígida, su esposa, que se había emperifollado como un pavo real.

Su mujer se había gastado sus buenos cuartos en las prendas que vestía y el alcalde había descubierto que, por desgracia, el dinero no compraba la distinción.

Inquieto, consultó la hora en el reloj de bolsillo que escondía en el chaleco.

La llegada de la diligencia procedente de Santander estaba prevista para las doce del mediodía, pero tal vez viniera con retraso.

De hecho, solía ser así. Sus pies protestaron: reclamaban a gritos ser liberados del opresivo encierro.

Cerró los ojos, hizo una inspiración tan honda que estuvo a punto de atragantarse y pensó en las viejas zapatillas y el mullido orejero que le esperaban en casa.

Se resignó, muy a su pesar: el estoicismo siempre le había parecido una filosofía vil que no estaba hecha para él.

—Soledá me ha dicho que el palacete de Melgar tiene cuatro baños. ¡Cuatro baños! ¿Quién vivirá con él? —Preguntó su mujer y, sin aguardar su respuesta, añadió—: No conozco a nadie que necesite tantos baños…

—Brígida, por favor, trata de ser discreta —le pidió agobiado—. No sabemos nada de su vida personal. Melgar ha donado una fortuna para el pueblo. Eso es lo único que sé y lo único que me interesa. Gracias a él, tenemos un colegio para niñas y pudimos ampliar el hospital.

—Ya, ya, ya… —contestó Brígida desechando el altruismo de Melgar como si se tratase de una bagatela—. ¿Tú crees que nos invitará a su casa? Me muero por contarle a Soledá que vamos a merendar allí…

Lisardo se encogió de hombros. Estaba demasiado agitado para soportar la cháchara de su esposa. El director de la banda municipal le hizo una seña y el hombre aprovechó la circunstancia para alejarse de ella.

—Señor alcalde, disculpe la molestia. Me parece que la gente se aburre de esperar. ¿Quiere que empecemos a tocar y así los tenemos entretenidos?

—Buena idea, don Claudio; no sea que les apriete el hambre y nos quedemos sin público para darle la bienvenida al indiano —arguyó Lisardo convencido.

Luego pensó que el estruendo de la banda municipal apagaría el parloteo de Brígida y regresó a su vera más aliviado. Hizo acopio de valor, resignación y paciencia, y se dispuso a esperar la inminente llegada de Mario Melgar, benefactor de Llanes y flamante propietario de la Casa Azul.