El silencio de la casa azul 15 Redención
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15 Redención

Redención

El llanto de Mina, que ella trataba de ocultar con un silencio obstinado, descendía por su rostro sin que la menor de las hermanas Lorenzo fuese capaz de ponerle freno.

Las lágrimas caían, una tras otra, y chocaban con la madera haciendo un ruido sordo y confuso, que recordaba a las primeras gotas que anuncian la lluvia.

Mina estaba ovillada en el suelo, sentada sobre los tablones pulidos que la habían visto jugar tantas veces y que ahora le hablaban de una vida y unas ilusiones que ya no existían y que ya no podría recuperar.

El camisón, arrugado y sin forma, le cubría las piernas.

Por debajo del dobladillo solo asomaban unos dedos fríos y tan encogidos como su alma.

Tampoco podía pensar con claridad: sus pensamientos formaban una madeja enmarañada sin orden ni concierto que ni siquiera ella podía desenredar.

Su mayor temor, después de todo lo ocurrido, era caer en las redes de la locura, si es que no había caído ya.

Alba, tendida en el lecho, trataba de incorporarse. El esfuerzo la dejó agotada y dolorida. Su cuerpo, violentado por el marqués, se resentía cada vez que intentaba moverse. Hasta el reflejo de respirar le suponía un suplicio.

Mina se levantó del suelo y desechó los restos de llanto con la manga del camisón.

Una fracción de su pesar quedó prendida en él.

Le ofreció un vaso de agua a Alba, pero ella lo rechazó.

Se acercó a la cómoda, abrió el primer cajón y cogió el bálsamo y unas vendas limpias para curar a su hermana.

No encontró consuelo en ese pequeño gesto, mas debía entretenerse en algo, sentirse útil, si no quería enloquecer por completo.

Alba la miró un instante. Sus ojos estaban secos, surcados de arañas enrojecidas.

Si se detenía a pensarlo, no había visto ni una sola lágrima en ellos.

Dolor, sí; todo el dolor del mundo. Un sufrimiento tan grande que, por momentos, conseguía que se olvidase del suyo, de todo lo que había perdido y ya no podría recuperar jamás.

No. Se engañaba a sí misma.

No se olvidaba de nada.

Era imposible hacerlo.

Sus vidas se habían convertido en una suma de traiciones, de abusos y engaños que amenazaban con engullirlas a ambas. La oscuridad, como el azogue de los espejos marchitos, abandonaba las esquinas para apropiarse de todo el dibujo.

—No debiste volver allí —musitó, y de inmediato se arrepintió de sus palabras.

Estaba siendo injusta con Alba. Cada acción de su hermana había estado condicionada por las suyas, por el cúmulo de errores que había cometido antes.

Sin ellos, Alba jamás habría regresado al palacio del marqués de Posada.

La deshonra que su infamia traería a la familia Lorenzo las obligaba a preservar a sus padres de lo ocurrido, y la responsabilidad de mantenerla a flote recayó sobre los hombros de su hermana mayor.

Pero ese era un peso excesivo para cualquiera: nadie podía salvar al que quería hundirse.

Alba continuó callada, embebida en su silencio, aunque Mina reparó en que apretaba tanto los puños que los huesos se le transparentaban a través de la piel. A pesar de su quietud, una marea de emociones la sacudía por dentro. Cuando habló, su voz sonó a derrota:

—Hemos perdido —asumió sin ambages—. Quisimos luchar, plantarle cara a la vida…, ignorantes de que no podíamos ganar. ¡Qué ilusas fuimos! Solo los hombres, los malditos hombres, saben cómo salir indemnes de todo lo que hacen, por terrible que sea. Las mujeres hemos nacido para perder…

—No digas eso, Alba; no debería ser así… —dijo Mina, al tiempo que negaba con la cabeza. No había ninguna convicción en su gesto. En el fondo, ella pensaba lo mismo.

—Pero lo es —declaró Alba exhausta.

El marqués de Posada había violentado su cuerpo y, con ello, le arrebató la vana ilusión de que le pertenecía y de que podía decidir qué hacer y qué no hacer con él.

Y no había sido lo peor. Lo peor era que también había quebrado su espíritu, su afán de lucha.

Don Íñigo la rompió en pedazos tan punzantes como los cristales de un espejo rajado de lado a lado.

Ahora que ya no tenía donde mirarse, no podía ni reconocerse a sí misma. No le quedaba nada.

—Nos iremos de Llanes… Tienes que recuperarte, Alba.

Te necesito a mi lado: no lo conseguiré sin ti —la proposición de Mina sonó desesperada y en el fondo lo era.

Su hermana no sabía hasta dónde llegaba su dolor.

Era como una piedra que anclaba su corazón y la arrastraba hacia la desolación más profunda.

No quería seguir pensando en todo lo que había perdido y lo que aún podía perder. Tenía mucho miedo.

Alba se limitó a asentir y volvió a refugiarse en su mutismo.

Las palabras nunca le habían parecido tan inútiles, tan hueras.

Le recordaban al globo aerostático que habían visto el verano pasado en el cielo de Llanes: aquel aparato parecía grandioso hasta que el aire escapaba de su interior y solo quedaba de él un pellejo triste y deshinchado.

Mina, desinflada como el globo, regresó a su rincón y a las lágrimas silentes.

La idea de que no podría soportar aquel suplicio por más tiempo se instaló en su corazón y ya no se marchó de allí.

Sabía que su hermana y ella, como un par de funambulistas circenses, caminaban por el borde de un precipicio agarradas de la mano y estaban perdiendo el equilibrio.

Aunque la inercia las empujaba a seguir luchando, resultaba agotador.

A veces, demasiadas veces tal vez, no lograba acallar la tentación de rendirse y dejarse caer.

* * *

Llanes, 1871

Alba corrió como no lo había hecho nunca, como no querría hacerlo nunca más.

Corría, tropezaba y caía… Corría, se ahogaba y tosía.

Su padre, rezagado, no podía seguirle el ritmo.

Le pedía, le gritaba que lo esperase, pero ella no le oía o no le quería oír: la angustia se la comía por dentro.

Avanzó desesperada hasta dejar atrás el faro y la punta de San Antón.

Cuando por fin llegó a la playa, sus piernas se tornaron lentas, pesadas y la arena se fue tragando sus pasos, como si pretendiera impedirle que viera a su hermana.

Los carabineros y un par de pescadores del pueblo rodeaban el cuerpo que alguien había tapado con una manta en señal de respeto.

La tela no la cubría por completo: el cabello de Mina formaba gruesas guedejas mojadas, salpicadas de arena y algas.

Alba esquivó a todos los presentes y se arrojó a los pies de su hermana.

Nadie hizo nada por apartarla. No se atrevieron.

El silencio era absoluto. Solo el mar, con su incesante oleaje, osaba quebrarlo.

Se abrazó al cadáver de Mina y notó que la humedad le empapaba la saya y el refajo.

¡Qué importaba! No quería deshacerse de ese abrazo incompleto, un abrazo que solo daba la mitad de sí misma, porque la otra mitad estaba muerta.

Mina estaba muerta. La pena ascendió por su cuerpo hasta desbordarse en el pecho.

No era nada en comparación con el dolor que vendría después, cuando tuviera que separarse definitivamente de ella.

—¿¡Por qué!? —gritó, pero nadie le respondió—.

¿¡Por qué!? —volvió a gritar de nuevo, cuando su padre se arrodilló a su lado—.

Él la separó de Mina —era el único que podía hacerlo— y la rodeó con su brazo.

Alba buscó refugio en el hombre que la había consolado tantas veces.

¿Cuántas preguntas tendría para ella? ¿Cuántos secretos les había ocultado a él y a su madre?

Había tratado de protegerlos, de mantenerlos ignorantes de la deshonra, pero ellas eran poco más que unas niñas. ¿Quién debía proteger a quién?

No le miró a los ojos. No se veía capaz de afrontar la agonía que hallaría en ellos. Derrotada, agarró la mano que le ofrecía y se dejó llevar por él.

Su último pensamiento antes de abandonar la playa fue para el culpable de la desgracia de su hermana: Mario Melgar.

A pesar de la devoción que le tenía a La Magdalena, Alba maldijo con cada partícula de su ser aquel 22 de julio en que Mario se había cruzado en sus vidas, y se prometió que algún día él también tendría que maldecirlo.