El silencio de la casa azul 14 Tiempo de lágrimas
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14 Tiempo de lágrimas

Tiempo de lágrimas

Ya no importaba que hubiera visto un instante de claridad entre las nubes prietas.

No importaba en absoluto, porque bastaba con que la vida lo decidiera así para borrar de un plumazo todo resto de esperanza.

Alba lo sabía con dolorosa certeza y cada noche se acostaba en su cama, pegada al cuerpo de Mina, temiendo que llegara el momento en que el destino —un compañero cruel— exhalase su último suspiro; aquel que derrumbaría su castillo de naipes.

En realidad, las hermanas Lorenzo habían dado muchos pasos —no siempre premeditados— hasta colocarse al borde del precipicio.

El embarazo de Mina fue el primero de ellos; la espantada de Mario Melgar, el segundo.

Alba se había visto obligada a dejar su trabajo en casa del buen doctor para ayudar a su hermana y, cuando quiso recuperarlo, la familia Argüelles lloraba amargamente la muerte del galeno.

La necesidad apretaba, Mina no estaba en condiciones de trabajar y Alba, pese a su empeño, iba encontrándose con todas las puertas cerradas.

Sospechaba que sus dos espantadas no le habían granjeado la mejor reputación en el pueblo y, además, ya no contaba con referencias.

Se vio forzada a regresar donde no habría querido hacerlo nunca: al palacio de Posada, bajo el yugo del marqués.

Ese sería el tercer paso hacia el abismo.

Transcurrió el tiempo —semanas, tal vez meses— y trajo consigo la equívoca impresión de que estaban a salvo.

Trabajaba de sol a sol por el mísero sueldo que le pagaba el marqués, pero cada minuto que debía pasar alejada de Mina acrecentaba su inquietud por ella.

Su hermana pequeña no era más que una sombra de lo que había sido.

No quedaba ni rastro de los sueños que antes animaban sus días.

Y fue esa preocupación por Mina lo que le hizo bajar la guardia.

Después de una primavera de lluvias desconsoladas, el comienzo del verano les otorgó una tregua que el ama del marqués quiso aprovechar para orear cada rincón del palacete.

Con la ayuda de tres mujeres del pueblo, se descolgaron las cortinas, se sacudieron las alfombras y se voltearon los colchones.

Toda la casa quedó sumida en una nube de partículas de polvo que flotaban en el aire hasta caer rendidas al suelo.

Alba se resentía de los pulmones y a veces le fallaba la respiración, pero pensaba en Mina y se esforzaba por encontrar fuerzas donde no había.

A los pies de los ventanales del gran salón, yacían los cortinajes estampados con flor de lis que habían retirado poco antes.

Una de las mujeres del pueblo la ayudaba a doblar las pesadas telas que entregarían a las lavanderas encargadas de su limpieza.

Acuclillada en el suelo, estiraba una esquina del brocado, cuando sintió el taconeo del ama adentrándose en la sala.

—¿Lorenzo…? —inquirió acercándose ataviada con sus habituales ropajes negros.

Alba nunca la había visto vestida de otro color.

La joven tuvo que reprimir el impulso de santiguarse: el ama era enteca y pálida como un espectro—.

¡Vamos, muchacha! Deja lo que estás haciendo y sube a retirar las alfombras de la alcoba principal —le ordenó sin mirarla.

Doña Amelia no lograba disimular su disgusto, y ese comportamiento debió despertar los recelos de Alba.

Si no lo hizo, fue porque estaba demasiado cansada.

—¡Venga, apúrate! —le exigió, como si le apremiara perderla de vista.

Alba abandonó el salón y subió las pétreas escaleras del palacio de Posada como si arrastrase un fardo consigo.

La fatiga le pesaba en las piernas y en la cabeza.

No solía ocuparse de la limpieza de las alcobas y, menos aún, de los aposentos del marqués.

De hecho, la parte alta del palacio era un territorio casi desconocido para ella.

Se adentró en el pasillo, un fúnebre corredor con las paredes cubiertas de los retratos de una caterva de antepasados, y se encontró de frente con el crespón de luto que presidía la puerta de la alcoba del anterior marqués de Posada.

Las malas lenguas decían que doña Tecla, su viuda, habría conservado el cadáver de su esposo entre aquellas cuatro paredes de no haberlo prohibido expresamente la Iglesia.

En su defecto, ordenó cerrar a cal y canto los aposentos del difunto, que quedaron santificados como una especie de mausoleo que solo ella podía visitar.

Don Íñigo, pese a ser un grande de España, tuvo que conformarse con la habitación que había ocupado hasta entonces y que, por no ahondar en el menosprecio a su título, pasó a llamarse la alcoba principal.

Todos sabían que no era él quien mandaba en palacio.

La puerta de los aposentos del marqués permanecía entreabierta y Alba la empujó con cuidado.

Aun así, la pesada madera y los goznes que la sostenían rechinaron delatando su presencia.

El lugar parecía ajeno al trajín purificante que consumía el resto de la casa.

El lecho del marqués, sepultado bajo una profusión de almohadas de raso y cojines de terciopelo, miraba hacia un balcón desde el que podía divisarse el tramo del río que se fundía en un abrazo con el mar.

Mientras se acercaba al ventanal, Alba se entretuvo en contar las alfombras que tapizaban el suelo.

«Cuatro», se dijo reprimiendo un suspiro exasperado.

No acababa de entender qué pretendía el ama de llaves enviándola sola allí arriba.

—La vieja Amelia se comporta como una santurrona, siempre con el rosario en las manos, pero no tiene vocación de mártir, ¿verdad? Te ha sacrificado sin que le tiemble el misal…

Alba se estremeció hasta el tuétano al oír al marqués tan cerca.

Todo su cuerpo se puso en guardia y retrocedió un par de pasos sin pensar de dónde provenía la voz de don Íñigo.

Notó la respiración del noble en el cuello y, aunque deseaba huir de allí como si acabara de desatarse un incendio, se quedó paralizada de miedo.

El aliento se transformó en caricia y la caricia en garra.

—Alba…, te llamas así, ¿verdad? —le susurró al oído—. Voy a contarte algo: un cazador jamás olvida a su presa… y menos aún si ya se le ha escapado antes… —Luego le estrujó el pecho con lascivia, le pegó la boca a la oreja y le preguntó— ¿Era esto lo que buscabas cuando volviste a palacio?

Dime que sí…

Don Íñigo la empujó con fuerza. Ella se tambaleó y, al no encontrar ningún lugar donde apoyarse, cayó hacia atrás y se golpeó con el borde de un arcón.

Dolorida, intentó levantarse, pero el marqués de Posada había ganado en nervio y maña como profanador de doncellas.

La agarró del pelo y tiró de ella hasta dejarla aturdida sobre el montón de cojines que sembraban la cama.

Se le echó encima y la aplastó con el peso de su cuerpo.

Ejerciendo presión con sus piernas, separó las de Alba e introdujo las manos bajo las capas de ropa interior de la joven, revelando un oscuro talento.

Los dedos de Trelles, ávidos de lujuria, la ultrajaron con violencia.

—¡Sé que te gusta…! Ya ves que no me equivocaba contigo —dijo apoyando su rostro en el de ella—. ¡Perra asquerosa! Ahora vas a pagar por todos tus pecados —y su voz se perdió entre jadeos.

Alba creyó morir: quería gritar, quería defenderse, pero la crueldad del marqués crecía a cada segundo alimentada por su rechazo.

Don Íñigo la sujetó del cuello con una mano hasta formar una presa asfixiante y se bajó los pantalones con la otra.

Lo único que ella pudo hacer fue apretar los ojos para alejarse del dolor y del miedo, para imaginar que aquello solo era una pesadilla de la que tarde o temprano despertaría.

No fue así. Cayeron sobre ella un sinfín de golpes, arañazos y mordiscos, la brutalidad que acompañaba cada embestida del marqués y con la que pretendía que fuera ella la que pagase por toda la inmundicia que lo pudría por dentro.