13 Adiós
Adiós
El bergantín Habana fondeaba en el muelle de Ribadesella mientras aguardaba, con cierta indiferencia, que llegase el momento de zarpar rumbo a Cuba.
La nave, que aún se resentía de los esfuerzos de su último trayecto, reposaba sobre las aguas mansas del interior del puerto.
Sin embargo, el enjambre de viajeros transatlánticos, acompañados de familiares y amigos que acudían a despedirlos, no compartía su desdén: el viaje a través del océano tenía todas las trazas de una aventura y la emoción se palpaba en el ambiente.
Pese a los reparos de Mario, su hermano se había empeñado en viajar a Ribadesella con él.
La jornada previa a su partida, arrendaron un cuartucho en una fonda del pueblo, cuya mayor ventaja consistía en disponer de una ventana con balcón y vistas al puerto.
Acodados en la barandilla, podían contemplar la arboladura y el velamen del buque.
—A esta distancia, me recuerda a un barco de juguete —comentó Simón, que nunca daba puntada sin hilo.
Mario torció el gesto y elevó la vista al cielo para armarse de paciencia. Esa y no otra era la razón por la que habría preferido despedirse de su hermano en Llanes. Iba a emigrar a Cuba —¡vive Dios!—, aunque Simón no cejase ni un instante en su empeño por disuadirlo.
—Debe de ser más grande, si aloja un pasaje de cientos de almas en su interior…
—¡¿Qué dices?! ¿Cientos de paisanos encerrados mes y medio en un barco? —gritó Simón, y de seguido se persignó como si hubiese mentado al diablo.
—Alguna moza habrá también… —le dijo Mario con picardía— y así ya no me importará que estemos tan apretados. ¿Por qué no te dejas de tonterías y acabas de vestirte? No quisiera pasar mi última noche en tierra de cháchara con mi hermano. Se me ocurren mil planes mejores…
—¡Tú verás! —dijo Simón encogiéndose de hombros—.
Ya oigo las habaneras que suenan en la Punta del Castillo.
Un trago de aguardiente entre baile y baile y, cuando al fin te despiertes, será demasiado tarde y el bergantín ya habrá zarpado —añadió con sorna.
Pese a la chanza, había una parte de verdad en sus palabras.
—¡Mira que llegas a ser cargante, hermano! No sé por qué te hice caso. Tendría que haberte dejado en Llanes…
* * *
Los bueyes de la plantilla del puerto de Ribadesella empezaron a remolcar la nave cuando aún no había esclarecido.
No se oían más sonidos que el bufar de los bueyes y los siniestros crujidos de la madera.
Quién podía saber si lo que pesaba en el ánimo de los viajeros era cosa de las tinieblas o la inminencia de la partida, pero un silencio opresivo se extendió por toda la cubierta.
Abajo, en tierra firme, iban menguando poco a poco los rostros de los parientes que habían acudido a despedirlos hasta hacerse irreconocibles.
Mario se asomó a la borda, aunque renunció a buscar a Simón entre el gentío.
Su hermano era un sensiblero, razón por la que nunca llegó a plantearse viajar a Cuba con él.
Los afectos y su sentido de la responsabilidad condicionaban cada paso que daba.
Si él hubiera sido así, jamás habría podido abandonar a una mujer encinta.
Ni siquiera había querido contárselo a Simón.
Adivinaba el reproche que contendría cada palabra que dijese, cada expresión de su rostro.
Pero lo único que de verdad le importaba era que él partía libre, sin ataduras, rumbo a las colonias, y que ya no miraría atrás.
No era posible vivir bajo el peso del remordimiento, así que lo mejor sería olvidar lo ocurrido en Llanes y empezar de nuevo.
La trainera del Gremio de Mareantes sustituyó a los bueyes que, con su esfuerzo titánico, habían arrastrado el bergantín hasta la barra.
Como si hubieran estado aguardando ese momento, los familiares y amigos congregados en el puerto estallaron en vítores y aplausos.
El arrebato de la muchedumbre, cargado de emoción, surcó el mar y se propagó por toda la cubierta.
Las manos se agitaban en señal de despedida.
Las lágrimas contaban con sobrada elocuencia lo que las gargantas no podían.
—Es conmovedor, ¿verdad?
Mario se giró hacia el pasajero que tenía justo al lado: un tipo joven y apuesto que podría haber sido él mismo.
Solo su atuendo delataba que provenía de una clase superior, más pudiente.
Había coraje y mucha determinación en su mirada, como si albergara la certeza de que ese viaje no era una despedida, sino un comienzo. Le gustó de inmediato.
—¿Tienes a alguien que haya venido a decirte adiós? —volvió a preguntar el joven.
—Mi hermano Simón, pero ya no soy capaz de distinguirlo entre la gente —respondió señalando hacia el puerto.
—Ya…, yo tampoco los distingo del resto —reconoció achinando los ojos—. Me resulta extraño pensar que no los veremos en mucho tiempo. Es como nacer de nuevo, ¿no crees?
Mario no supo disimular su asombro. Aquel desconocido había conseguido poner palabras a sus pensamientos más íntimos.
Cuba sería testigo de su segunda vida, una oportunidad de comenzar de cero.
Se prometió a sí mismo que no repetiría los errores del pasado.
Justo entonces, el bergantín Habana desplegó el velamen como un pájaro dispuesto a alzar el vuelo.
Los dos guardaron silencio mientras contemplaban la inmensidad de las velas ondeando al viento.
—Soy Bruno —dijo el pasajero retomando la conversación—, pero mis amigos me llaman Bastida —y le tendió la mano acompañada de una sonrisa amplia y sincera, que transmitía una seguridad contagiosa.
—A mí me llaman Melgar. Soy Mario Melgar —respondió estrechando la mano del primer amigo que esa segunda vida le ofrecía.