12 El lugar donde fui feliz
El lugar donde fui feliz
La primera vez que la vio le pareció una construcción frágil, endeble.
Le recordó a la choza de madera del cuento de los tres cerditos: el soplido del lobo habría bastado para derribarla.
Ahora, enfrentada a su propia fragilidad, supo que le gustaría contar con la fortaleza de aquellos tablones viejos y desconchados.
Supo además que no debía detenerse allí; de hacerlo, se vendría abajo deshecha en llanto y no quería llorar.
Necesitaba al menos un ápice de orgullo para enfrentarse a Mario; se exigía a sí misma una dignidad que, en ese preciso momento, resultaba tan volátil como los granos de arena que alfombraban la playa y aventaba el aire otoñal hasta acabar quién sabe dónde.
Se acercó hasta el mar para huir de la cabaña y de las intensas emociones que le provocaba.
Las olas batían la orilla con su pulso tranquilo.
Pensó en descalzarse, en meter los pies en el agua para dejarse contagiar por su paz, su pausado vaivén y pensó también si de verdad merecería la pena.
¿Cuánto tendría de engañosa esa calma? Seguro que aquella profundidad insondable guardaba más secretos que ella.
Cerró los ojos y trató de concentrarse en el sonido del oleaje: quería olvidarse de las palabras de Alba, del temor a que encerrasen una pizca de verdad…
—¿Mina…? —La súbita aparición de Mario la desubicó y emborronó sus ideas. Trató de recordar las preguntas que tenía preparadas para él, las explicaciones que tanto necesitaba. No lo logró. Se perdieron arrastradas por un cúmulo de nervios e indecisión.
—Recibí tu mensaje —dijo Mario mientras le mostraba el trozo de papel—. Me sorprendes, la verdad; no imaginaba que fueras tan atrevida… —bromeó con un punto de descaro en la voz.
Pese a sentirse confusa y asustada, Mina reconoció el amago de cortejo que Mario desplegaba para ella. No quiso seguir por ese camino; no tenían tiempo y había demasiado en juego.
—¿Te vas? —La pregunta, compuesta por un par de monosílabos, fue como arrancar una venda de cuajo: asumir el dolor, intenso e inmediato, para evitar prolongar la tortura.
Mario reculó un par de pasos. La gravedad que repentinamente había adoptado su expresión le resultó nueva a ella. Como en una revelación, supo que se había terminado el tiempo del placer y que, tras él, ya no quedaba nada. Nada. Ni siquiera la sombra de un espejismo.
—Tengo que labrarme un futuro —argumentó desganado—. En Llanes no hay oportunidades para la gente como yo.
—No lo entiendo, después de lo que ocurrió entre nosotros… Me dijiste que me querías. Creí que íbamos a casarnos —le reprochó, aunque apenas le quedaban fuerzas para indignarse.
—¿Casarme? Si no tengo nada que ofrecerte…
—Pero sí que puedes quitármelo todo, ¿verdad?
Eso no te importa. ¿Te ha importado alguna vez?
—Mina se hundió bajo el peso de la tristeza y la decepción y, por encima del resto de emociones, la engulló una desesperación que sacó a la luz todo aquello de lo que no quería hablar.
Las palabras estallaron en su boca y ya no fue posible volver atrás.
Hay cosas que, una vez dichas, no pueden borrarse ni olvidarse—.
Estoy embarazada. Voy a tener un hijo tuyo.
Enfrentado a la realidad, Mario guardó silencio.
El silencio y la indiferencia pueden resultar brutales cuando lo que se necesita es todo lo contrario.
No hace falta nada más. Durante un instante pensó en quedarse, en asumir la responsabilidad, criar al niño…
Se asustó: renunciar al viaje, a su aventura, sería como asomarse al borde de un precipicio.
Lo mejor era endurecerse, liberarse de la culpa y de los remordimientos que tan solo servían para debilitarse.
Recobró el aplomo que había estado a punto de perder.
—No me quedaré. Fue demasiado fácil… Ni siquiera sé si es mío —dijo a sabiendas de que a ella le dolería su crueldad.
El mundo de Mina se derrumbó y no encontraba nada a lo que agarrarse.
—¡Vete! —le gritó destrozada, rota en mil pedazos que se le clavaban en la piel como esquirlas puntiagudas. Ni podía abrazarse a sí misma sin hacerse daño.
—Lo siento —se disculpó y se dio media vuelta.
—¡Vete y no vuelvas nunca, malnacido! —le chilló a la espalda, antes de rendirse definitivamente y dejarse caer al suelo.
Ahora lo sabía.
Mario se equivocaba.
El placer siempre se cobra un precio y el suyo habría de ser muy alto.