11 Desolación
Desolación
El otoño, abocado a un prematuro final, apretaba los dientes con saña y mostraba la peor de sus caras. El nordeste soplaba furioso y dejaba tras de sí una sensación desapacible que solo se podía combatir bajo capas y capas de abrigo.
Al ama del doctor Argüelles no le gustaba nada el frío y, desde primera hora de la mañana, daba orden de encender todas las chimeneas de la casa, que se unían al fuego que ardía en los fogones de la cocina.
Alba, encargada de preparar el desayuno que se servía a la familia del médico y al resto del servicio, no habría abandonado el calor de la lumbre de no haber sido por el empeño de la cocinera en que acudiera al mercado.
El carnicero sacrificaba sus mejores capones para venderlos cada martes en la plaza Mayor.
Si el suculento guiso de pollo se ausentaba los miércoles de la mesa del doctor, tendrían que rendirle cuentas al galeno: un hombre de un talante tan apacible y magnánimo que nadie quería defraudarlo.
Alba se embozó bajo un pañolón de cuadros que le había confeccionado Mina.
Su hermana se había dejado los ojos y las horas muertas en desflecar la tupida tela de lana que combinaba los dos colores favoritos de Alba: verde y carmesí.
Era la prenda más bonita y valiosa —al menos, para ella— que había lucido nunca.
La joven se dirigió con premura a la plaza, situada en el corazón de la villa.
A pesar del frío y del viento, se animó al encontrarse con los puestos repletos de viandas y otras mercaderías.
El alegre bullicio de los comerciantes y los parroquianos le permitió alejarse un momento de las preocupaciones que la consumían por dentro.
Trasteó entre los puestos entoldados con lienzos blancos, admiró el intenso colorido de los tenderetes de hortalizas y verduras, olisqueó el delicioso aroma de las empanadas calientes y se dejó llevar hasta la confitería que adornaba sus escaparates con una muestra de los más delicados pasteles.
Allí, se detuvo a fantasear con cuál de ellos engañaría el hambre y, entretenida en descartar unos en favor de otros, reparó en la conversación que un par de hombres mantenían a su espalda.
—¡Melgar! ¡Cuánto tiempo sin verte, amigo! Ya nos contó tu hermano que te vas de Llanes para hacer las Américas.
—Pues sí, Román; me marcho a Cuba. Simón no sabe callarse ni una… —señaló algo molesto—. Por eso mismo no aparezco ya por la taberna: los preparativos del viaje no me dejan tiempo ni para respirar y, además, tengo que hacer economías. Necesito hasta el último céntimo que pueda ahorrar.
—No sé si tendría tu valor, amigo. La travesía debe de ser un infierno…
—Un infierno sería seguir viviendo aquí, sin la menor esperanza de labrarse un futuro. Al menos, en Cuba tendré una oportunidad de prosperar.
Alba se quedó inmóvil, paralizada por la sorpresa; mirando el cristal sin verlo, mientras el interior del escaparate se emborronaba y se alejaba de la realidad.
Había reconocido la voz, había reconocido el apellido, pero las palabras de Mario Melgar no tenían ningún sentido para ella.
¡Su hermana estaba encinta de un hombre que planeaba marcharse a Cuba!
El muy canalla no albergaba la menor intención de casarse con Mina; ni siquiera la tenía en mente.
Y estaba segura de que ella no lo sabía.
La rabia más devastadora se fundió con el dolor y prendió un fuego ardiente que le quemó las venas.
Si le hubiese quedado algo de prudencia, habría huido para perderse entre los callejones y darse tiempo de asumir lo ocurrido.
Por desgracia, ya no le quedaba nada de eso.
Se dio la vuelta y vio que Mario se despedía de su amigo y se alejaba en dirección al puerto.
Apuró el paso para alcanzarlo, aguardó hasta que se apartaron de la gente y lo agarró del brazo con fuerza.
La sorpresa de él y su gesto de extrañeza, como si no la reconociera, solo acrecentaron su indignación.
—¿Te vas a Cuba? ¿Cómo te atreves a abandonar a Mina?
Melgar dio un paso atrás y se deshizo del agarrón de Alba. Su expresión de desconcierto mudó en una sonrisa de desdén.
—En unos días cogeré la diligencia a Ribadesella. Desde allí, zarpará un bergantín con destino a Cuba. Dile a tu hermana que, si tanto me extraña, puede venir a despedirme al puerto. Le lanzaré un beso desde la borda.
—¡Serás canalla! Le dijiste que la querías…
Mario alzó las manos como si se rindiera frente a la recriminación de Alba, aunque su ademán tenía mucho de chanza.
La muchacha no podía soportar semejante escarnio por más tiempo.
Dolía demasiado. Retrocedió y notó que las piernas le fallaban.
Ella sabía mejor que nadie lo que era el miedo, lo había sufrido en sus propias carnes, pero esta vez tenía miedo por su hermana, la persona que más amaba en el mundo.
Mina merecía ser feliz y, por culpa de aquel patán, ya no lo sería.
Derrotada, se fue sin despedirse ni volver la vista atrás.
Ajena al nordeste, que para aquel entonces ya era un vendaval de viento y frío, la mayor de las hermanas Lorenzo se alejó, arrastrando su pañolón de cuadros por un suelo tapizado de hojas vencidas.